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Un colosal Víctor Hernández atrapa el alma de Madrid: la viva imagen de José Tomás en los 90 | El Mundo

Corta una oreja que no da una idea de su talla de gigante con un par de toros desabridos, afilados de peligros; David Galván pasea un dos vueltas al ruedo tras petición con el mejor lote

Natural de Víctor Hernández al tercero de la tarde
Natural de Víctor Hernández al tercero de la tarde. Alfredo ArévaloPlaza 1

Madrid

Se recordará esta fecha por su nombre, por la tarde que ofreció, por su verdad y el silencio de Madrid con el alma atrapada: Victor Hernández expuso sobre el tapete del ruedo su vida y un concepto del toreo impagable. Y eso con dos toros desabridos, agrios, afilados de peligros. Una sola oreja no da una idea de lo que transmitió este tío. Luego David Galván paseó un par de vueltas al ruedo en buena lid con el mejor lote de la tarde, casi una cosa menor al lado de la talla de gigante de VH.

Su imagen era de la José Tomás del trieno cabal del 97-98-99, esa colocación. El modo de ofrecerse, el medio pecho, las femorales expuestas, la izquierda trazando imposibles con aquel cabrón. Víctor Hernández ponía en pie un monumento a JT en este año 25 del siglo XXI. El curso de los naturales que morían detrás de la cadera, la pureza donde nace el toreo. Colosal VH apostando todo con Busca-oro, que buscaba las zapatillas, o los muslos, en definitiva su sangre. Fino, bajo, escurrido, el trapío en su afilada cabeza y, sobre todo, en el genio montaraz. Cabeceó, tiró con saña, lo desarmó dos veces. Nada importó. Víctor volvía a pisar el sitio de la verdad, una y otra vez. La penúltima y última tanda aquilataron todo el peso del toreo su izquierda. Cazó una estocada honda, en sitio de muerte infalible. Cayó en el terreno de la obra, en la frontera del «7» y del «8», entre las rayas, a refugio del viento. Y la recompensa del trofeo adquirió el sentido de lo auténtico.

La ventosa tarde se puso fría en su coda, y ya con la noche encima devolvieron el último. Un sobrero de Villamarta, a 20 días de los seis años, ensillado de lámina, corraleado de siglos. De esos que Florito saca de cuevas extrañas. Fue una cosita, tan rebrincado, con tantas aristas. Víctor Hernández se puso otra vez con una verdad desnuda. Consintió todo. Aquello pasaba por allí sin ninguna entrega. Hacía años que no se seguía en Madrid una faena tan en silencio. Se colocaba y trazaba el toreo como si el bicho fuera bueno. Hubo un par de cambios de mano brutales, un susto que enseñó lo que escondía el toro. Las bernadinas finales pusieron definitivamente el corazón en un puño. Había un pálpito que se encasquilló con la espada. Nada borra todo lo conquistado, el alma de Madrid.

Una armonía cierta envolvía las hechuras del buen toro que le tocó a David Galván. Que construyó una faena inteligente, pausada, torera. Contaba el animal con una virtud magnífica para contrarrestar la inseguridad del viento: la fijeza. Y sobre ella Galván armó lo suyo. El toro se iba calentando en las series, ligadas y bien plantadas, que desembocaban en soberbios pases de pecho. Y luego la pausa, la dosificación del tiempo y también del toro. La penúltima ronda de naturales fue muy notable, el molinete zurdo. En mi opinión, sobró la siguiente tanda, ya desentendido el ejemplar de El Pilar. No hace falta llevar las faenas al filo del aviso, se lo debería decir la experiencia. Cerró por manoletinas, y cayó el recado presidencial cuando se perfilaba. Otro ya con la estocada de lento efecto dentro. Pidió la oreja la gente con más fervor del manifestado hasta entonces. La vuelta al ruedo fue de justicia.

Y otra dio con el sobrero de Castilejo de Huerta también tras petición. La vuelta antiguamente era un premio importante en Madrid. No hacía pedir o dar oreja. De haberse concedido -las mayorías tampoco fueron incontestables-, ahora tendríamos a David Galván por la Puerta Grande y tampoco aquello dio para eso. El sobrero de innegable porte Murube fue bondadoso, pajuno, un punto andarín y carente de brío y empuje. Galván consiguió buenos pasajes y, sobre todo, lo mató muy bien y en hora.

«¡Uy, qué bonito!», dijo la vecina de localidad con deje de la Terromoto de Alcorcón al ver salir el primero de El Pilar. En verdad, tan alto, largo, agalgado y armado, que si le pones el hierro de Miura en su piel colorada, chorreada en verdugo, tragas. Plantado el gigante ante Diego Urdiales, el contraste de escalas se hacía abismal. Los viajes de Gulliver. El viento enredó a la hora de pararlo con el capote, cuando ya apuntaba la ausencia de poder que se daría. Las manos por delante, la cabeza por la esclavina, el desplazamiento escaso. Sonó el estribo en el peto -mala señal-, donde lo midieron mucho. No hubo caso: se pegó un costalazo en el principio de faena, condenándola. A su altura lo intentó en vano, la testa por el palillo, la única fuerza en el cuello. Abrevió.


A Diego le adorna, además del clasicismo, un aura de mal bajío deprimente. Saltó el cuarto con todo su tremendo trapío a cerrar un lote infumable. Como un tigre de Bengala. Si querías más intriga, Eolo desató en esos momentos toda su furia. Y más allí fuera. Imposible. Pidió la espada -yo la hubiera llevado montada ya- y acabó con el sufrimiento.

Ficha

MONUMENTAL DE LAS VENTAS. Sábado, 10 demayo de 2025. Segunda de feria. Casi lleno (20.000 espectadores. Toros de El Pilar, tres cinqueños; un sobrero de Castillejo de Huebra (5º bis), con los cinco también; y otro de Villamarta (6º bis), casi con seis; serios con diferentes remates y tipos; juego muy dispar y faltoS de poder; los mejores 2º y 5º bis.

DIEGO URDIALES, DE AZUL MARINO Y ORO . Pinchazo, estocada que hace guardia y un descabello (silencio); estocada delantera (silencio).

DAVID GALVÁN, DE MALVA Y ORO. Estocada ligera travesía. Dos avisos (petición y vuelta); estocada (petición y vuelta).

VÍCTOR HERNÁNDEZ, DE GROSELLA Y ORO. Estocada honda rinconera (oreja); en el sexto, tres pinchazos y estocada. Aviso (silencio).

Fuente: https://www.elmundo.es/cultura/toros/2025/05/10/681f0631e9cf4ac3468b4573.html

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