La nueva edición de uno de los libros de historia del conocimiento más importantes del siglo XX es una oportunidad para adentrarnos en la obra de su autora, la incomparable erudita Frances Yates, y para reflexionar acerca de cómo el olvido se expande en los tiempos de la IA

Daniel Arjona / PAPEL
Patricia Bolinches Ilustración
Madrid
Aquella fiesta empezó con un desplante y terminó en tragedia. Durante un banquete en Tesalia, el poeta Simónides de Ceos recitó unos versos en honor a Cástor y Pólux. El anfitrión, un avaro aristócrata llamado Scopas, le pagó sólo la mitad del precio pactado, sugiriendo que reclamase el resto a los dioses gemelos. Poco después, dos jóvenes pidieron ver al poeta. Simónides salió, no encontró a nadie y en ese instante el techo del salón se desplomó, matando a todos los invitados. Gracias a su prodigiosa memoria, el poeta identificó los cadáveres irreconocibles. Así, los dioses le habrían salvado la vida y, de paso, inspirado el arte de la memoria, del que Simónides es considerado inventor.
La historia la recoge Cicerón en su tratado sobre la oratoria y estimuló a una de las más fascinantes eruditas del siglo XX para desandar el hilo de Ariadna de la memoria de los antiguos. ¿Cómo eran capaces de recordar tantas cosas? ¿Cuáles eran sus armas mnemotécnicas labradas con imaginación y esfuerzo? ¿A qué poderes oscuros creían obedecer al empuñarlas? ¿Es posible hoy, en nuestras cada vez más desmemoriadas sociedades, aprender a recordar siguiendo sus pasos? La nueva edición de El arte de la memoria (Capitán Swing), uno de los libros de historia del conocimiento más célebres del siglo XX, nos invita a adentrarnos en la obra de su autora, la incomparable Frances A. Yates, y a reflexionar sobre cómo resistir a la amnesia que parece devorarlo todo en los tiempos de la IA.
¿Cuáles eran los principios generales de semejante talento? Como la leyenda del bueno de Simónides permite intuir, los antiguos maestros del arte de la memoria partían del convencimiento de que la vista es el más poderoso de los sentidos.
¿Desean ustedes memorizar un discurso completo? Atiendan. Recuerden un edificio tan amplio y variado como sean capaces: entrada, sala de estar, dormitorios y otras estancias, sin olvidar muebles y adornos que decoren e individualicen las habitaciones. Depositen las ideas de su discurso en cada uno de estos loci o lugares. De esta forma, cuando toque su turno y salgan al estrado, despójense de nervios y chuletas y recorran en orden el edificio extrayendo de cada uno de los lugares las ideas en ellos depositadas.
Para saber más

Cómo salvar a una generación de ‘cretinos digitales’. «Darle un libro a un adolescente que nunca ha leído es como mandar a un tetrapléjico a escalar el Everest»
- Redacción:RODRIGO TERRASA Madrid
- Redacción: ILUSTRACIÓN: PATRICIA BOLINCHES

Las lecciones del ‘Doctor Memoria’ que estudia por qué recordamos. «Los humanos estamos programados para olvidar»
- Redacción:LOURDES LEBLEBIDJIAN Madrid
Las mejores historias, crónicas y reportajes en profundidad. Para entender la realidad sin límite de espacio y tiempo.Correo electrónico introducido:losperiodistas.com.mx@gmail.comCambiarApuntarme
José María Ruiz-Vargas, catedrático emérito de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid y autor del prólogo a esta reedición de El arte de la memoria, de Yates, recuerda que la ciencia actual de la memoria confirmó experimentalmente en los años 70 las intuiciones de griegos y romanos. «Muestran el papel facilitador de las imágenes en el proceso de recordar, para concluir con posterioridad que las imágenes visuales son condiciones sine qua non en la construcción de todo recuerdo», afirma.
Existe, por cierto, una impresionante demostración moderna del «método de los loci«. ¿Recuerdan Funes el memorioso, el relato de Jorge Luis Borges sobre el compadrito de Fray Bentos al que un golpe al caerse del caballo sin domar le había otorgado el don de una memoria prodigiosa mediante la cual «no sólo recordaba cada hoja de cada árbol de cada monte sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado». Pues en el siglo XX existió un Funes real, un tal Solomón V. Shereshevski, ruso a quién el psicólogo Alexander R. Luria, que estudió su caso, «catalogó como el hombre con la memoria más potente jamás descrita».
El método que usaba Shereshevski, según el relato de Luria, consistía justamente en memorizar gigantescas listas de palabras asociando a cada una de ellas una imagen visual: «S. distribuía las imágenes a lo largo de algún camino. A veces era una calle de su ciudad natal o el patio de su casa, que había quedado vivamente impreso en su memoria desde los días de su niñez. En otras ocasiones se trataba de alguna calle de Moscú que solía recorrer con frecuencia. Avanzaba despacio calle abajo y colocaba las imágenes junto a las casas, los portales y los escaparates de las tiendas«. Pero, al igual que el Funes borgeano acabó aplastado bajo el peso de una memoria tan gigantesca que le impedía pensar, el final de Shereshevski fue también oscuro. Incapaz de olvidar, acabó atrapado en un presente absoluto. «Mi cerebro es como un vertedero de basura», se lamentaba en sus últimos días.
La memoria ha tenido valedores poderosos. Platón despreciaba la escritura como un sucedáneo de la oralidad y en el Fedro narra una fábula egipcia contra la palabra escrita, cuyo hábito descuida el ejercicio de la memoria, y afirma que los libros son como figuras pintadas «que parecen vivas pero no contestan a las preguntas que les hacen». Hoy, la ubicuidad infinita de las pantallas, la evaporación de la atención que tumba los resultados académicos de los escolares por todo el planeta y el machetazo final de la IA que amenaza con eliminar todo estímulo perdurable para la memoria y el esfuerzo intelectual vuelven a encender el debate entre apocalípticos e integrados.
Y, sin embargo, el arte de la memoria, como describe Yates en su libro, no sólo no desapareció con la invención de la imprenta a finales del siglo XV que permitió a los seres humanos liberar gran parte de sus recuerdos, sino que creció y halló caminos extraños y apasionantes entre los sabios del Renacimiento y del nacimiento de la ciencia moderna.

¿Quién fue esta fascinante historiadora del prestigioso Instituto Warburg especialista en los aspectos más esotéricos y ocultos de la época renacentista?Frances Yates (1899-1981) revolucionó el campo de la historia de las ideas al rescatar del olvido prácticas, creencias y saberes que habían sido marginados por la historiografía tradicional. Su obra reveló que la magia, la alquimia y el hermetismo no eran simples vestigios de superstición, sino elementos activos en la formación del pensamiento moderno. Gracias a estudios como El arte de la memoria (1966) o Giordano Bruno y la tradición hermética (1964), Yates puso de manifiesto que el Renacimiento no puede entenderse sin reconocer esa compleja intersección entre ciencia, mística y magia.
Nacida en Portsmouth y formada en el University College de Londres, Yates desarrolló toda su carrera académica en el Warburg Institute, el célebre centro de estudios renacentistas fundado por Aby Warburg. De carácter reservado y rigurosamente autodidacta en muchos aspectos, no publicó su primer libro hasta los 50 años. Su mirada original, capaz de detectar conexiones invisibles entre mundos aparentemente opuestos, se convirtió en su sello distintivo. Su profunda investigación sobre la tradición hermética no solo iluminó aspectos olvidados del Renacimiento, sino que también introdujo una visión matizada sobre los orígenes de la ciencia moderna, desafiando las narrativas de progreso lineal y ruptura absoluta que dominaban hasta entonces.
Una de las aportaciones más audaces de Yates fue su tesis de que el hermetismo -ese conjunto de creencias esotéricas basadas en los escritos atribuidos a Hermes Trismegisto- no fue un residuo medieval a superar, sino un motor oculto de la transformación cultural que desembocaría en la ciencia moderna. Frente a la visión clásica que presentaba el Renacimiento como una recuperación limpia del espíritu crítico grecorromano, Yates argumentó que figuras como Giordano Bruno, John Dee o incluso Johannes Kepler obraban bajo la influencia de una cosmología mágica, convencidos de que el universo estaba animado por fuerzas ocultas que podían ser investigadas y comprendidas.
En esta lectura, la obsesión hermética por descubrir los secretos de la naturaleza no obstaculizó el avance científico, sino que lo estimuló al alimentar una nueva actitud hacia la experimentación y el conocimiento empírico. Para Yates, la ciencia no nació de una ruptura tajante con el pensamiento mágico, sino que emergió gradualmente de su interior, en un proceso de evolución más complejo y contradictorio de lo que la historiografía positivista había querido admitir. Esta perspectiva, que relativizaba la pureza del «desencantamiento» moderno, provocó intensos debates en el mundo académico y abrió nuevas vías para la historia cultural de la ciencia.
Sin embargo, no tardaron en surgir voces críticas. A partir de los años 80, historiadores como Brian Vickers, Francesca Rigotti o Paolo Rossi cuestionaron la magnitud de la influencia hermética que Yates atribuía al nacimiento de la ciencia moderna. Según ellos, aunque las ideas mágicas pudieron estimular algunas búsquedas iniciales, el auténtico método científico se desarrolló en ruptura progresiva con esos supuestos. Hoy, la posición más aceptada reconoce que Yates iluminó un terreno olvidado, pero que su lectura fue en parte idealista: el hermetismo actuó tanto como un estímulo como un obstáculo en el camino hacia la ciencia moderna.
Yates brilla hoy, con todo, como una figura intelectual ciclópea que ha llegado incluso a colarse en la cultura pop y a protagonizar como detective una serie de novelas de misterio de la escritora estadounidense Marjorie G. Jones, autora también de una biografía suya aún no traducida al español: Frances Yates and the Hermetic Tradition (2005).
Cuando preguntamos por correo electrónico a Jones por las razones de la persistente fascinación de la figura de Yates, responde con entusiasmo: «Es un placer saber que la erudición de Dame Frances sigue siendo relevante e influyente. El hecho de que revelara y articulara la cosmovisión universal y no religiosa de Bruno, que trascendía fronteras nacionales y tradiciones religiosas arraigadas, es, en mi opinión, lo que hizo que su cosmovisión, y la de Bruno, sean únicas y relevantes aún hoy en día. Al propiciar una mentalidad abierta, explicó la amenaza que Bruno supuso para la Iglesia y su martirio, así como de qué manera la ciencia moderna pudo prosperar al margen de las limitaciones del orden mundial establecido, en el que las monarquías absolutas y la Iglesia basaban su poder. Para mí, la Tradición Hermética se define con las siglas MGM: Misticismo/Gnosticismo/Magia (en el sentido de transformación espiritual). ¿No es esto, en efecto, lo que representa el ritual de la Eucaristía?»
La reedición de El arte de la memoria ofrece la oportunidad a los lectores de redescubrir no sólo una de las obras más influyentes del siglo XX en el campo de la historia cultural, sino también de acercarse a la singular mirada de Frances Yates: una historiadora que supo ver en los márgenes olvidados del saber occidental -en la mnemotecnia, la magia, el simbolismo hermético- una fuerza activa en la construcción del pensamiento moderno. Lejos de ofrecer respuestas cerradas, su trabajo sigue invitando a explorar las complejas y a menudo paradójicas raíces de nuestra cultura intelectual.
El arte de la memoria: Un talento en peligro de extinción
Frances A. Yates
Capitán Swing. 480 páginas. 27 euros. Puede comprarlo aquí
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/05/02/6814a106fdddfffa938b4596.html