‘El arte de la guerra’ es el libro de cabecera de militares, políticos, inversores y ‘criptobros’. Ahora, Carlos Bassas del Rey publica ‘Invencible’ una biografía novelada sobre su enigmático autor

Fernando Palmero / La Lectura
Patricia Bolinches / Ilustración
Cada año se venden en todo el mundo y en diferentes idiomas cientos de miles de ejemplares de un ensayo de estrategia militar escrito, probablemente, hace unos 2.500 años en una remota región de China por un autor completamente desconocido. Para muchos miembros del Ejército, filósofos, historiadores y hasta ejecutivos de grandes empresas (sobre todo desde que en 1987, Oliver Stone dirigiese a Michael Douglas en Wall Street), los 13 capítulos canónicos (luego aparecieron más) de El arte de la guerra suponen uno de los textos más relevantes de la historia de la Humanidad. Y, en el caso de aquellos yuppies de los años 90, o en el de los teóricos actuales del management, no dudan en calificarlo de libro de cabecera.
Y sin embargo, no son pocos los investigadores que apuntan la posibilidad de que su autor, Sun Tzu, no hubiera existido nunca y que el texto fuese producto del conocimiento colectivo recogido por la tradición oriental del arte bélico.
Fernando Puell de la Villa, ex militar, historiador castrense, biógrafo de Manuel Gutiérrez Mellado (con quien trabajó en el Ministerio de Defensa) y editor de la primera traducción directa del libro del chino al español (Biblioteca Nueva, 2000), advierte de que «en el siglo II se destruyeron en China todas las obras que no eran, digamos, ortodoxas y se elaboraron una serie de textos canónicos que son los que transmitió la tradición china». Y explica el contexto del posible origen del texto. «Durante el periodo conocido como Primavera y Otoño (722-481 a.C.) un centenar de pequeños reinos autónomos habían mantenido cruentas campañas en las que los llamados Estados Centrales (sobre una docena) se impusieron al resto. En la última centuria del periodo, la lucha por la hegemonía se intensificó, la crueldad se generalizó y los muertos se contaron por cientos de miles».
«Sea o no ‘El arte de la guerra’ obra de un único autor, el libro seguirá siendo siempre el tratado más universal e intemporal de la literatura militar» Fernando Puell de la Villa
Todo esto provocó la aparición de un gran número de pensadores itinerantes que ofrecían asesoramiento y consejo a los reyezuelos rivales. «Parece que el más afamado de los que se especializaron en la temática castrense fue un contemporáneo de Confucio [que vivió entre el 551 y el 479 a.C.] llamado Chang-quing, que utilizó el apodo de Sun-wu (Sun el militar) y a quienes sus seguidores, apelaron después Sun-zi (Sun el maestro)», relata Puell de la Villa. «Aceptando que Sun-wu fuese un personaje real, que destacase como prestigioso estratega, no se debe decantar la formación de un cuerpo doctrinal en torno a su ideario, que quedó avalado por su nombre y dignificado con el título de maestro. Sea o no El arte de la guerra obra de un único autor, el libro atribuido a Sun-zi seguirá siendo considerado siempre como el tratado más universal e intemporal de la literatura militar».
En el Prefacio a la reciente edición de El arte de la guerra (Penguin Clásicos, 2024), David Sevillano López, orientalista y profesor Asociado del Área de Asia Oriental de la Universidad Complutense, apunta que «herederos de la tendencia expansionista de los grandes Estados de la época anterior [Primavera y Otoño], los reinos del periodo siguiente, conocido como el de los Reinos Combatientes, pugnaron entre sí desde un principio, hasta que finalmente sólo uno de ellos unificó China (…) La frecuencia de conflictos bélicos fue asombrosa, pues se registraron 358 guerras entre el 535 y el 286 a.C.».
En cuanto a la primera referencia explícita a la figura del legendario militar y tratadista, tanto Sevillano como Puell coinciden en situarla en la obra de Sima Qiau (145-91 a.C.)Las Crónicas Históricas, publicada casi 400 años después de la supuesta muerte Sun Tzu (o Sun zi, dependiendo de las traducciones). En sus páginas, Sima Qiau ofrece una pequeña biografía del «maestro Sun, de sobrenombre Wu», en la que destaca una anécdota, que no se sabe si es histórica o legendaria. Precedido por su fama de gran estratega, Sun-wu, que había nacido en la ciudad de Loan, entonces en el reino de Qi (la actual Hui-nin, junto al delta del río Amarillo), fue llamado por Ho-lu, rey del vecino Estado de Wu, para encomendarle la dirección de su Ejército. Ho-lu le preguntó si podría hacer una demostración de sus teorías recogidas en los trece capítulos de su obra, con una tropa formada sólo por mujeres. El maestro Sun le dijo que sí, y el rey le ofreció 180 mujeres de su palacio. Sun las dividió en dos compañías y comenzó a instruirlas para que desfilaran de manera ordenada. Como estas no parecían tomarse en serio sus indicaciones, el maestro Sun dijo: «Cuando las voces de mando no están claras y las tropas no están habituadas a recibir órdenes, su jefe debe cargar con la responsabilidad de los fallos».
«Decidí convertir el hecho de la falta de documentación en una virtud, utilizando sus propias palabras y su propio texto para tratar de construir su figura y su forma de pensar» Carlos Bassas del Rey
Y mandó decapitar a las dos mujeres que había puesto al mando de cada uno de los grupos. El rey Ho-lu le pidió que no lo hiciera, porque ambas eran sus concubinas preferidas, pero Sun no dudó en hacerlo para que sirviese de ejemplo. A partir de ahí, el resto obedeció. Ante la incomodidad que la situación le produjo a Ho-lu, el maestro Sun dijo: «El rey sólo se entretiene teorizando, pero no tiene agallas para aplicar la teoría a la práctica«. Por supuesto, Ho-lu lo puso al frente de su Ejército. «Debido en buena medida al genio militar del maestro Sun», cierra su relato Sima Qiau, «el Estado de Wu aniquiló al poderoso Estado de Chu, situado al oeste, y ocupó su capital Ying, intimidó a los Estados de Qi y Ji, situados al norte, y destacó entre los demás».
Con esta anécdota, aunque edulcorada, arranca la novela Invencible, del escritor Carlos Bassas del Rey, que la editorial Grijalbo acaba de poner a la venta. El autor, ganador del prestigios premio Dashiell Hammet, que otorga la Semana Negra de Gijón, confiesa que fue precisamente la falta de fuentes historiográficas sobre la vida de Sun Tzu lo que le llevó a afrontar el reto de hacer una biografía novelada sobre su vida. «Efectivamente», explica el autor, «hay muy poca documentación, ni siquiera se sabe el año en el que nació ni el Estado, pero es lo suficientemente atractiva como para construir una ficción a su alrededor, porque tiene el elemento bélico, el político y el de las conspiraciones. Y decidí convertir el hecho de la falta de documentación en una virtud, utilizando sus propias palabras y su propio texto para tratar de construir su figura y su forma de pensar, es decir, tratar de descubrir al hombre que hay detrás del tratado militar».
Pero aparte de su vertiente castrense, Sun Tzu está considerado también un filósofo: «Sí, justo en esa misma época está el gran filósofo chino de la antigüedad que es el maestro Kong (Confucio), que se ocupa más de la organización política, igual que Sun Tzu se dedicaba más al tema bélico. Lo que ocurre es que en ese tiempo no se puede desligar la guerra de la política y muchos generales eran a la vez ministros. Tuve la tentación de hacerlos coincidir en la novela, porque hay datos de que Confucio hizo un viaje y pasó cerca de donde estaba Sun Tzu, pero no está lo suficientemente acreditado».
«La doctrina de Sun Tzu era clara y sencilla: Eludir la batalla si no existía garantía de vencer, evitar riesgos, tratar de amedrentar al enemigo con medios psicológicos y recurrir al tiempo más que a la fuerza para desgastar al contrario» Fernando Puell de la Villa
Además, Sun Tzu tenía algo de ingeniero capaz de poner todas las innovaciones del momento al servicio del nuevo arte de la guerra, porque todo estaba cambiando y aquel que tuviera la capacidad de adaptarse y conocer las innovaciones conseguiría una ventaja táctica. Bassas del Rey pone algunos ejemplos: «Los grandes generales en esa época tenían que tener un conocimiento global de todo, desde los materiales de los que estaban hechas las armas, hasta la forma en la que aprovechar la mejora en la cría de la raza de caballos, que entonces eran pequeños caballos mongoles. Pero si empiezas a criar y a mezclar distintas razas para obtener caballos cada vez más fuertes, podrán tirar de carros más grandes y podrás formar nuevas unidades de caballería que te ayuden en determinados terrenos en los cuales los carros no pueden entrar. En el tratamiento de la metalurgia, por ejemplo, los chinos no forjaban sino que fundían, por lo cual podían obtener un tipo de material u hoja mucho más rápido de producir pero mucho menos resistente. O dada la importancia que supuso la aparición de la ballesta frente al arco, con una mayor capacidad de penetración, hubo que estudiar nuevas armaduras, más resistente y que no fueran sólo cuero tratado y doblado varias veces».
Los principios básicos de la doctrina de Sun Tzu, explica Fernando Puell de la Villa, eran «simples y claros»: «Eludir la batalla si no existía garantía de vencer, evitar riesgos, tratar de amedrentar al enemigo con medios psicológicos y recurrir al tiempo más que a la fuerza para desgastar al contrario». No obstante, matiza Bassas del Rey, no hay que caer en el error de confundir esos principios con algo parecido al pacifismo. Hay, eso sí, elementos aparentemente «contradictorios. Las primeras líneas de El arte de la guerra hablan de que esta es un elemento esencial y capital para el Estado, es decir, algo fundamental que hay que tener siempre presente, atenderlo y formarse», continúa. «Pero lo lógico como general es que cuantas menos pérdidas humanas y materiales haya mejor para tu Estado, porque como dice el propio Sun Tzu, la guerra cuesta mucho dinero, y ese dinero hay que sacarlo de la gente y de su comida. Por eso, y porque como todo general era a la vez un político procurará por todos los medio posibles que la gente no lo pase mal, y que el ideal sea el de vencer sin luchar, sólo con la amenaza al enemigo. Pero eso no significa que fuera pacifista, como lo entendemos hoy. De lo que sí era consciente Sun Tzu es de que la guerra suponía el gran fracaso de la humanidad en cierto sentido, porque cuando tienes que recurrir a ella, estás reconociendo que todo lo demás ha fracasado».
Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/02/18/67aba519e9cf4a3f498b45b3.html