DIPLOMACIA

Xavier Mas de Xaxàs / La Vanguardia
Mariann Budde ha pedido a Donald Trump que se apiade de la gente que le tiene miedo, como los inmigrantes sin papeles y el colectivo LGTBIQ+, personas en riesgo de ser expulsadas del país y la sociedad.
Budde es la obispo de la diócesis episcopaliana de Washington y hablaba desde el púlpito de la catedral durante una ceremonia para celebrar el regreso de Trump a la Casa Blanca. El presidente estaba en primera fila y ella le miraba a los ojos cuando le aconsejaba que tuviera con los homosexuales, transexuales y migrantes la misma compasión que ha demostrado al liberar a los patriotas encarcelados por asaltar el Capitolio y a los antiabortistas también entre rejas por atacar clínicas ginecológicas.
Budde pedía amor y compasión a un hombre que intenta reescribir la historia, precisamente, desde una altura moral. Afirma, por ejemplo, que el 6 de enero del 2021, a pesar de los muertos y los heridos durante el allanamiento del Parlamento, fue “un día de amor”.
Si fue así, no hay duda de que el mal amor se impuso al buen amor. La ira y los celos de Trump por no haber ganado las elecciones, las emociones más irracionales del falso amor, condujeron a un falso bien. Platón demostró la relación entre el bien y el amor, y también cómo el amor puede ser fuente de graves errores.

Trump no admite ninguno y hoy, en el papel de renacido y elegido de Dios, se ha rodeado de sacerdotes y predicadores cristianos para que bendigan su nuevo reinado. Uno de ellos, Lorenzo Swell, predicador en Detroit, sostiene que la Biblia, desde las primeras páginas del Génesis, “es un libro político”. Colocar a Dios por encima del hombre, a la justicia divina sobre la humana, supone renunciar a los principios de la democracia liberal, al orden social basado en la justicia y el bien común, y abrazar el fundamentalismo religioso, el mesianismo que surge de la oscuridad, la ignorancia y la barbarie.
Cómo se organiza la libertad y la igualdad es la tarea principal de cualquier forma de gobierno. El hombre contemporáneo ha intentado varios sistemas y la democracia liberal es el que ha ido más lejos en aunar el interés privado con el bien común. El logro radica en haber construido un sistema capaz no solo de proteger los derechos fundamentales, sino también de incluir la discrepancia.
Una sociedad con instituciones independientes acoge con naturalidad las opiniones divergentes sobre la concepción del mundo. El pluralismo, el respeto mutuo, la tolerancia y la cooperación nos igualan, mientras que la justicia nos ordena en el marco de un contrato social, que también nos obliga a la comprensión.
Trump, como todo narcisista, quiere que lo amen y, como todo megalómano, que lo teman
La compasión que Budde pide a Trump exige comprensión, una cualidad que no abunda en la política contemporánea. La comprensión es necesaria para establecer la justicia equitativa que teorizó John Rawls. La sociedad que garantiza los derechos y las libertades básicas y, al mismo tiempo, proporciona oportunidades iguales para todos, es una sociedad de hombres libres y comprometidos porque sus necesidades han sido atendidas.
Sin embargo, la sociedad se desordena cuando no es capaz de ofrecer igualad y soluciones. En este caso, los ciudadanos consideran que las normas establecidas y los principios de justicia van en su contra. En este desorden cabe todo, sobre todo un líder autoritario.
Trump firma decretos presidenciales con la ambición de ser legislador y juez. El Parlamento elabora las leyes y la judicatura las interpreta. El presidente, sin embargo, no se contenta con ejecutarlas. Quiere un poder absoluto. Cuenta con mayoría en el Congreso y en el Tribunal Supremo. Trabaja para tenerla también en los tribunales federales, un circuito que forman un millar de magistrados. A 250 los nombró en su primer mandato. Este millar de jueces forman el dique que frena la avalancha antidemocrática de su gobierno.
La masa trumpista se agolpa para derribarla. Como cualquier masa, siente una atracción psicopática hacia el líder autoritario. Se enamora de su fuerza viril y lo ama como si fuera un familiar.
Trump, como todo narcisista, quiere que lo amen. Quiere ser más amado que temido. Al mismo tiempo, sin embargo, es un megalómano. Quiere ser más temido que amado, como lo han sido los “grandes hombres de la historia”.
Quiere a sus seguidores y odia a sus detractores, sobre todo a la obispo Budde, a la que coloca en la izquierda radical y anti patriótica. Esta tensión entre el mal y el bien, entre la falsa justicia y la justicia verdadera, prepara a la sociedad para la confrontación civil.
La pasión amorosa por el líder es una gran contradicción de la evolución humana. A pesar de la tecnología que nos conecta con todo y con todos, conservamos la fe en la magia, los símbolos, los mitos y las supersticiones. “Dios me salvó para que haga América grande de nuevo”, dice Trump a sus fieles y juntos cantan Justicia para todos , una canción del coro presidiario J6, formado por varios condenados por los hechos del 6 de enero.
El reverendo Swell, preferido de Trump, afirma que la Biblia es un “libro político”
Los himnos y los coros, la sangre y la raza, el falso heroísmo y el falso amor, pomposo y kitsch, envuelven a Trump.
Lo envuelven las sombras de la caverna de Platón. Por eso, el verdadero amor, esa cosa extraña que mueve el mundo porque tiende al bien, algún día lo derrotará. Puede ser muy pronto si la oligarquía tecnológica de Silicon Valley regresa a la luz y abre los ojos a una sociedad víctima del oscurantismo.

Xavier Mas de Xaxàs
Corresponsal diplomático de La Vanguardia. Ha cubierto los principales acontecimientos internacionales desde la caída del muro de Berlín y numerosos conflictos en especial en Oriente Próximo. Como corresponsal en EE.UU. fue testigo del 11-S
Fuente: https://www.lavanguardia.com/internacional/20250125/10318303/amor-compasion-trump.html