El pensador alemán Arthur Schopenhauer hizo del sufrimiento una de las claves de su filosofía. Sus reflexiones sobre el amor, la libertad y la soledad siguen vigentes en una sociedad que idealiza las relaciones y teme enfrentarse a sí misma

Enrique Díaz / Voz Pópuli
Arthur Schopenhauer (1788-1860), uno de los filósofos más influyentes del siglo XIX, dedicó buena parte de su pensamiento a analizar las contradicciones de la existencia humana. Su filosofía, marcada por el pesimismo, parte de una idea fundamental: el deseo nos conduce al sufrimiento, porque siempre queremos aquello que no tenemos y, cuando lo conseguimos, la satisfacción no suele durar demasiado. En su obra El mundo como voluntad y representación, el pensador alemán desarrolló esta visión de la vida, en la que el amor, la felicidad y la libertad tampoco escapan a las contradicciones humanas.
Schopenhauer resumió esa paradoja en una reflexión que sigue circulando en la actualidad: “Amar es sufrir. Para evitar sufrir, uno no debe amar; pero entonces sufre por no amar”. Una frase que invita a plantearse una de las grandes preguntas de la filosofía: ¿Qué es la felicidad? O, mejor dicho, ¿Cómo se alcanza ese estado sin renunciar a aquello que nos hace sentir vivos?
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El amor idealizado de los jóvenes
Los jóvenes de hoy en día viven en una burbuja romántica y maquillada por aquello efímero, instantáneo e irreal. Podríamos echarle la culpa a las películas, cuyos guiones presentan relaciones idealizadas; sin embargo, nuestros abuelos también vieron películas. Podríamos culpar a los libros románticos y destructivos, que tantas veces hacen creer que el querer y el amor van ligados a la perfección; sin embargo, esos libros siempre han existido.
La cuestión, por tanto, no reside únicamente en las historias que consumimos, sino también en las expectativas que construimos a partir de ellas. La sociedad presenta el amor como una experiencia que debería conducir a la felicidad, pero rara vez enseña a convivir con el rechazo, la pérdida o la incertidumbre.
Schopenhauer compartía algunas de sus preocupaciones sobre la existencia con otros pensadores, aunque sus planteamientos fueran diferentes. El escritor y filósofo francés Albert Camus, por ejemplo, reflexionó sobre el absurdo de la vida y la capacidad del ser humano para continuar a pesar de las dificultades. A él se atribuye la frase: “En ciertos casos continuar, tan solo continuar, es algo sobrehumano”.
“Querer es sufrir; por tanto, uno no debe querer, pero entonces sufre por no querer”. Una contradicción que permanece presente en miles de vidas. Si no, pregúntenle a aquella persona que ha tenido varias parejas y nunca ha conseguido que funcione una relación; pregúntenle a una niña pequeña que acaba de perder a su abuelo. Cualquiera es capaz de comprender lo que plantea Schopenhauer, pero nadie tiene el remedio.
El sufrimiento de amar y el miedo a perder
Schopenhauer apreciaba, pero temía, el término valentía, y más aún cuando el dolor podía estar de por medio. Y, claro, en un nido de serpientes no cualquier valiente salta.
Es complejo descifrar cómo querer y amar pueden ser aquello que mantiene con vida al ser humano y, al mismo tiempo, aquello que puede arrebatársela a otras personas, aunque no sea físicamente. El amor puede convertirse en una fuente de alegría, pero también de angustia cuando se transforma en dependencia, miedo al abandono o incapacidad para aceptar una pérdida.
La contradicción reside precisamente en que aquello que nos permite construir vínculos y encontrar sentido a nuestra existencia también puede hacernos sufrir. Evitar cualquier posibilidad de dolor implicaría, en cierto modo, renunciar a una parte fundamental de la experiencia humana.
Schopenhauer y la soledad como camino hacia la libertad
Schopenhauer encontró una respuesta que la sociedad no siempre está dispuesta a aceptar: la soledad. En sus reflexiones sobre la sabiduría de la vida defendió la importancia de la independencia personal y de aprender a disfrutar de la propia compañía. Para el filósofo alemán, la capacidad de estar consigo mismo constituía una de las diferencias fundamentales entre quienes dependen constantemente del exterior y quienes encuentran satisfacción en su mundo interior.
Decía que: “la mayoría de las personas no temen estar equivocadas, sino pensar y vivir por ellas mismas y descubrir que vivían engañadas”.
Schopenhauer anticipó una cuestión que continúa presente en la actualidad: el sentimiento de soledad y la tendencia a vivir como uno no quiere por miedo u obligación. Hoy, muchos adolescentes e incluso niños encuentran dificultades para comprender la importancia de estar consigo mismos. El ser humano necesita aprender qué significa la soledad, aunque no siempre esté dispuesto a enfrentarse a ella.
La soledad no se aprende con ningún libro; se aprende con la experiencia. Ojalá pudiésemos conocerla todos y saber apreciarla. No me refiero a estar solo ni a sentirse solo, sino a poder conocerse y realizarse uno mismo en función de sus pensamientos y conocimientos. Es decir, a descubrirse por completo y conectar con uno mismo hasta llegar a la conclusión de que nuestra cabeza es una bendición y un lugar donde sentirse como en casa.
Como decía Schopenhauer: “Un hombre puede ser él mismo solo; y si no ama la soledad, no amará la libertad; porque sólo cuando está solo es realmente libre”.
El miedo a estar con uno mismo
A veces, lo pequeño es lo más bonito, aunque sea un agujero en el que sientes el ácido bajando por la garganta, aunque tengamos que brindar por romper todo lo que tocamos.
Imaginemos todo lo que no nos dicen y analicemos aquello que nos dicen, pues, de manera directa o indirecta, podrá servir de ruta para enfrentarnos a nuestro miedo a la soledad y comprender, a partir de los silencios, aquello que decimos y aquello que imaginamos decir.
Vivimos con miedo, dando pasos en falso y limitando nuestras capacidades por temor a perder o fallar. Pero ¿por qué tendríamos que tener miedo a la soledad? ¿Será por puro ego o por miedo a perder la razón, como sugiere esta reflexión atribuida a Schopenhauer: “Las personas buscan estar acompañadas porque no se encuentran bien consigo mismas, necesitan compañía para salir del aburrimiento, se preocupan mucho por lo que hacen los demás y por lo que opinan de ellos”.
La necesidad constante de compañía puede ocultar, en ocasiones, una dificultad para enfrentarse a los propios pensamientos. Cuando dependemos de la aprobación ajena, corremos el riesgo de construir una vida que responda más a las expectativas de los demás que a nuestros propios deseos.
Sin embargo, aprender a estar solo no significa renunciar al amor, rechazar las relaciones personales o vivir aislado. Significa comprender que la compañía de los demás puede enriquecer nuestra vida, pero no debería convertirse en la única fuente de nuestra felicidad.
La soledad, el precio de la libertad
Schopenhauer encontró una posible respuesta para aquellos que añoran el amor y la libertad: “La soledad es el precio que se paga por la búsqueda de la verdad”. Para conseguirla, sin embargo, exigía afrontar una realidad que no todo el mundo está dispuesto a aceptar: conocerse a uno mismo implica abandonar algunas de las ideas que nos hemos construido para evitar el sufrimiento.
El filósofo alemán no ofrecía una fórmula sencilla para alcanzar la felicidad. Su pensamiento invitaba a cuestionar nuestros deseos, nuestras expectativas y la dependencia que desarrollamos respecto a aquello que sucede a nuestro alrededor. La soledad, entendida como independencia interior, podía convertirse así en una forma de libertad.
Es por ello que una de las frases que se le atribuyen resume esta visión: «La soledad es el destino de todos los espíritus excelentes».
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