El pensador reflexiona sobre cómo las personas que nos rodean y las conversaciones cotidianas pueden potenciar nuestra capacidad de razonar o, por el contrario, limitarla considerablemente

Por ACyV
La inteligencia no depende únicamente de las capacidades individuales. El ambiente, las conversaciones que mantenemos y las personas con las que nos relacionamos también pueden influir en nuestra forma de pensar. Esa es una de las ideas que defiende el filósofo y pedagogo José Antonio Marina, quien pone el foco en algo que a menudo pasa inadvertido: la capacidad de un grupo para mejorar —o empobrecer— el pensamiento de quienes lo forman. «En un entorno tonto, es muy difícil ser inteligente, y en un entorno inteligente es bastante más fácil ser inteligente», sostiene Marina.
A partir de esta reflexión, el filósofo explica que comenzó a interesarse por lo que denomina «inteligencia compartida», una idea que utiliza para describir aquellas situaciones en las que la interacción entre varias personas produce un resultado que va más allá de lo que cada una habría conseguido por separado. Marina recurre a un ejemplo cotidiano para explicar su planteamiento: una conversación. Lejos de entenderla simplemente como un intercambio de opiniones o información, considera que un buen diálogo puede convertirse en una herramienta para desarrollar nuevas ideas.
«Si la conversación ha sido inteligente, tú y yo hemos salido más inteligentes que entramos», asegura. Durante un diálogo de estas características, una observación puede provocar una reflexión inesperada en el interlocutor y esa respuesta, a su vez, generar otra idea en quien inició la conversación. De esta forma se establece una especie de cadena. Una persona aporta algo que la otra no había contemplado, recibe una respuesta que modifica o amplía su perspectiva y ambas terminan el intercambio con nuevos elementos sobre los que pensar.
Marina habla en este punto de un «fenómeno emergente». Es decir, el resultado de la conversación no pertenece exclusivamente a ninguno de los participantes, sino que surge de la interacción entre ambos. «Parte de lo que has dicho tú me ha hecho que yo piense en otras cosas», explica el filósofo. Una conversación puede servir para reafirmar lo que ya se piensa, pero también para poner a prueba las propias ideas, descubrir perspectivas distintas y construir razonamientos que probablemente no habrían aparecido de forma individual.
El proceso, sin embargo, también puede funcionar en sentido contrario. Marina establece una diferencia clara entre aquellas conversaciones que ayudan a pensar y las que terminan encerrando a sus participantes en dinámicas de enfado, crítica permanente o pesimismo. «Cuando una conversación es estúpida, los dos vamos a salir más tontos», afirma. Con ello se refiere a esos intercambios que acaban convertidos en una sucesión de reproches o comentarios negativos sin que aparezcan argumentos, preguntas o ideas nuevas.
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El filósofo recrea precisamente una situación reconocible: una charla que comienza a girar alrededor de las críticas, aumenta el enfado de quienes participan y termina con la sensación de que todo funciona mal. El problema, desde su perspectiva, no está necesariamente en abordar cuestiones negativas, sino en que el diálogo no haya servido para comprenderlas mejor.