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La bola negra’: estética e hipersensible | El País

Milo Quifes, en el centro, en ‘La bola negra’.

Carlos Boyero / El País

Pocas veces he constatado un grado tan alto de expectación no ya entre la cinefilia, sino también en gente de la calle que quiere saber mi opinión sobre una película titulada La bola negra. Viene avalada por premios lujosos en festivales, en la tantas veces falsa suposición de que esos galardones han sido bendecidos por la infalible gracia de Dios, y por una espectacular campaña de marketing cultural y apoteosis de lo woke. Y uno es proclive a las manías y a los prejuicios. Pero estoy dispuesto a creerme la excelencia cinematográfica de Javier Ambrossi y de Javier Calvo (el público y los profesionales deberían prescindir de ese colegueo tan moderno de identificarlos todo el rato como Los Javis), después de haber quedado fascinado con su talento visual y expresivo, con su capacidad para inventarse un universo tan siniestro como mágico, con su poder para transmitir una atmósfera entre misteriosa y lírica como hicieron en su admirable serie La Mesías.

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Y en La bola negra confirman que aquellas virtudes no eran casuales, que son dueños de un brillante sentido del cine, de reflejar múltiples sentimientos, incluidos la pena, el deseo y el sufrimiento, de crear una atmósfera muy especial, de hacer muy reales y creíbles a personajes que viven en la zozobra, la indefensión y el miedo, y de reivindicar a personajes que siempre lo tuvieron muy duro debido a su sexualidad.

Cuentan y entrecruzan varias historias que se suceden a lo largo de un siglo. Y esto es arriesgado. El espectador corre el peligro de hacerse un lío, de perderse en ellas. Al menos, a mí me cuesta a veces seguir el hilo narrativo. Aunque también existen momentos y situaciones con capacidad para conmover a las piedras. Encuentro tan estético como hermoso el arranque narrando la vida callejera en un pueblo andaluz. Y es terrorífico el fusilamiento de esos presos republicanos antes de que amanezca. Son momentos que me incitarían al espontáneo aplauso si los viviera en soledad en mi casa. En una sala de cine sería más problemático. Pero es la evidencia de que lo que ves y escuchas te ha tocado el corazón.

Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau, en ‘La bola negra’.Movistar Plus

Y el venerado, sufrido, masacrado Federico García Lorca solo aparece al final, pero lo que cuenta y el tono en que lo expresa tienen poder de comunicación. También hay imágenes que me sobran, excesivamente alegóricas, y también me temo que, siendo un legitimado canto a los amores homosexuales, y al terrible precio que tuvieron que pagar por ello sus practicantes durante tanto tiempo, sus cantores fueran demasiado explícitos retratando ese universo. No lo hacen. Hay secuencias de desnudos múltiples y de sexo explícito, pero nunca regodeo ni exhibicionismo gratuito.

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Casi todo suena a verdad en esta película. Pero, sobre todo, posee clima y sentimiento. Y también apuestan por actores jóvenes que desconocía, a los que agregan actrices consagradas en papeles breves, en las que imaginas que la propuesta ha salido de ellas, deseosas de estar presentes en una película que promete muchas cosas buenas. Las tiene. Penélope Cruz, interpretando a una cupletista realista, sexy, superviviente, de vuelta de tantas cosas, imprime carácter a su personaje, aunque este sea muy breve. Y esa actriz admirable que es Glenn Close parece estar encantada de interpretar a una hispanista woke. Lola Dueñas resulta modélica como ese volcán repleto de amargura. Y entre los tíos, me seduce especialmente la ira y la tristeza que aporta Miguel Bernardeau. Es previsible el éxito a todos los niveles que va a alcanzar La bola negra. Me alegro. Se lo merece. No es perfecta, pero posee algo conmovedor.

Fuente: https://elpais.com/cultura/2026-09-25/la-bola-negra-estetica-e-hipersensible.html

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