Errar para aprender. El célebre orador romano nos dejó una cita atemporal en sus «Filípicas»: equivocarse es inherente a la naturaleza humana, pero negarse a rectificar es el verdadero fracaso de la inteligencia.

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Sarah Romero / Historia National Geographic
odos hemos tropezado alguna vez con la misma piedra, pero hace más de dos milenios, una de las mentes más brillantes de la Antigüedad ya nos advirtió sobre el peligro de encariñarnos demasiado con esa piedra. Marco Tulio Cicerón, el gran estadista, abogado y filósofo romano, escribió: «Cuiusvis hominis est errare: nullius nisi insipientis, in errore perseverare», en latín, cuya traducción es: «Cualquier hombre puede equivocarse; pero nadie, salvo el necio, persevera en el error». Errar es de humanos, decimos hoy día, y esta famosa cita nos da una lección sobre la psicología del aprendizaje y la evolución personal.
Nos encontramos en la Roma del año 43 a.C. Cicerón (106 a.C. – 43 a.C.), que nació en una pequeña localidad rural llamada Arpino, había subido los peldaños del poder romano gracias a su inigualable talento oratorio y su intelecto. Había salvado a la República de la conjura de Catilina y había sobrevivido al exilio.

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Tras el asesinato de Julio César, Roma estaba lejos de ser un lugar tranquilo. Y, Cicerón, en un intento desesperado por salvar la República, pronunció una serie de hasta catorce discursos demoledores contra Marco Antonio, conocidos como las Filípicas. Es precisamente en la Filípica XII (XII, 5) donde el orador lanza esta advertencia al Senado romano. Cicerón les estaba diciendo, en esencia: «Nos equivocamos al confiar en Marco Antonio en el pasado; somos humanos. Pero si volvemos a confiar en él ahora, seremos unos completos idiotas».
La frase era un dardo político, pero su sustrato filosófico es atemporal. Siglos más tarde, esta idea mutaría gracias a pensadores como San Agustín hasta convertirse en el famoso proverbio «Errare humanum est, perseverare autem diabolicum» (Errar es humano, perseverar es diabólico). Pero este filósofo romano no apelaba al diablo, sino a la estupidez humana (insipientis).
La ciencia de equivocarse: por qué nos cuesta tanto rectificar
Desde la perspectiva de la psicología moderna, Cicerón dio en el clavo. El cerebro humano es una máquina predictiva que aprende mediante el ensayo y el error. Cuando nos equivocamos, se genera una señal de «error de predicción» que nos ayuda a ajustar nuestros modelos mentales. Equivocarse es, literalmente, el mecanismo biológico del aprendizaje.
Sin embargo, seguimos cayendo en esa misma piedra o error; a veces, en numerosas ocasiones. Aquí entra en juego lo que Cicerón llamaba «necedad» y que hoy conocemos como sesgos cognitivos. El sesgo de confirmación, la disonancia cognitiva o la falacia del costo hundido nos empujan a justificar nuestras malas decisiones para proteger nuestro ego. Admitir un error requiere flexibilidad cognitiva y humildad intelectual que, como bien señalaba el filósofo romano, escasean entre los «necios».
El error como peldaño, no como lugar al que aferrarse
En la sociedad actual, solemos ver mal, o incluso penalizar el fracaso, olvidando que los grandes avances científicos, tecnológicos y humanísticos se han construido a base de una montaña de fallos.
El problema no es caer o tener deslices, sino montar una tienda de campaña en el lugar en el que nos caemos y asentar nuestro campamento psicológico allí. Aprender implica observar nuestros desaciertos, diseccionarlos y ajustar el rumbo en consecuencia para no volver a repetir ese error.
Como nos recuerda la historia del propio Cicerón, con su carácter lleno de debilidades (pero también de fortalezas), la vida está llena de decisiones complejas. Él mismo cometió errores de cálculo político que finalmente le costaron la vida a manos de los sicarios de Marco Antonio. Asumir que «de hombres es equivocarse» nos libera de la presión de la infalibilidad, pero la segunda parte de esa cita histórica filosófica nos obliga a ser responsables de nuestra propia evolución. La próxima vez que te encuentres frente a esa piedra familiar en tu camino, recuerda a Cicerón: salúdala, analízala y da un rodeo. Tu cerebro te lo agradecerá.