Antes del mindfulness hubo monasterios. Eso sostiene el historiador Peter Jones en su obra ‘Autoayuda medieval’, un ensayo sobre cómo nuestros religiosos se enfrentaron hace mil años a los mismos dilemas que nos inquietan hoy

Jorge Benítez / PAPEL
El primer síntoma de la gentrificación de un barrio es la apertura de un local de café de especialidad, negocio de gran éxito gracias al público creciente que huye del torrefacto chamuscado en vaso de bar. La materia prima codiciada puede provenir de Colombia, Nicaragua o Etiopía, nacer de un cultivo ecológico y contar con un empaquetado sofisticado que rivaliza con el de un perfume. Su calidad no sólo se mide en sabor, sino en otros factores que realmente nadie entiende salvo que ejerzas esa profesión nueva que es la de sumiller cafetero, en la que se habla de trazabilidad y de los grados de acidez como quien recita endecasílabos o más bien con la precisión del médico que te practica una colonoscopia. Otra de las características más representativas de esta moda es que un vaso de este néctar con cafeína te lo cobran a precio de caviar iraní.
Resulta que, para un monje medieval, el consumidor del café premium, el morro fino del pijerío contemporáneo que tanto prolifera en nuestras ciudades como señal de prosperidad, está más cerca de la gula que aquel que se come un cocido sin pestañear por orden de vuelcos o repite sin parar en un bufé chino. La gula no es lo que creemos, ni como nos la enseñó David Fincher en Seven durante el primer crimen de la película que representaba un obeso obligado a comer hasta reventar. En la Edad Media pocos privilegiados podían permitirse el exceso de grasa y la pobreza cotidiana era el mejor Ozempic.
Sólo una de las cinco definiciones de la gula recogida por los sabios de este tiempo se refiere a lo que entenderíamos hoy como glotonería. Las otras cuatro se dirigen a censurar a quienes comen muy rápido; a los que lo hacen en momentos inadecuados; a los que desprecian determinados alimentos y, por último, al obseso de las comidas exóticas, como le sucedió al rey Enrique I de Inglaterra, víctima mortal de un antojo de lamprea. Sepa entonces que para Gregorio Magno, Alain de Lille y Hugo de San Víctor el chungo pecador es el que entra en una cafetería cuqui y pide un café de Burundi aderezado con notas de frutos rojos, cítricos y matices florales.
La culpa de traducir estos pecados a la vibra contemporánea es de Peter Jones. Este historiador medievalista inglés publica Autoayuda medieval (Ed. Reservoir Books), ensayo trufado con literatura de viajes, memorias y, sobre todo, mucha investigación, en el que defiende el siguiente postulado: antes del mindfulness, hubo monasterios.
«Sentí la magia de estos textos sobre mí en una época muy difícil; revisitar y descubrir todas estas obras me hizo encontrar muchas respuestas», dice Jones, defensor de un periodo de la historia que injustamente es etiquetado como oscuro y culturalmente irrelevante por la cultura popular, cuando en él nacieron las universidades y se revolucionó la arquitectura, el urbanismo y el comercio.
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El encuentro con Jones es en el barrio de Chamberí de Madrid, ciudad en la que vive con su familia desde que es becario Marie Curie de la Universidad Complutense. Entiende y habla muy bien el español, pero ruega que la entrevista sea en inglés.
Este autor explora siglos de conocimiento práctico sobre la depresión, el miedo, el duelo, el narcisismo y, entre otros latigazos de la salud mental, la ansiedad. Sin olvidar las tentaciones, claro. Las fuentes que ha consultado Jones en Roma, Londres, Oxford, Cambridge, París y Dublín incluyen mapas, tratados de medicina, vidas de santos y poemas. En su investigación dio con consejos y reflexiones para salir adelante en el devenir de la vida rescatando saberes perdidos que nada tiene que ver con la moral inflexible que atribuimos a un benedictino del siglo XII o a un aspirante normando a la santidad. Lo que se desprende de la obra es que sus protagonistas, como sus lectores, eran fieramente humanos. Se cuenta con detalle cómo la teología de élite llegaba a las clases populares mediante el relato oral en forma de cuentos u homilías y la devoción de nuestros ancestros por las listas para simplificar conceptos complejos. Tanta que describieron la soberbia en 12 pasos, al estilo de Alcohólicos Anónimos; catalogaron las lágrimas en cinco tipos y hasta recopilaron seis señales de la envidia venenosa.
Autoayuda medieval se forjó en un lugar muy frío, en el que durante el invierno se alcanzan los -25 bajo cero. La historia de esta adaptación de la tinta gótica al teclado del ordenador empieza a 6.000 kilómetros de Madrid, en Tiumén, cuando Jones aceptó una plaza de profesor en la universidad de esta ciudad siberiana a la que se mudó con su mujer y su hijo de tres meses. La experiencia fue positiva en sus inicios. «Nos encantaban Siberia y Rusia», reconoce Jones. Sin embargo, una mejor oportunidad laboral hizo que ella, irlandesa, decidiera instalarse en su país acompañada por su hijo. Parecía el momento del regreso familiar, pero Jones eligió quedarse. «Amaba ser académico de Historia y temía que, si renunciaba, nunca más obtuviera una plaza en una universidad. Fue una decisión egoísta, que tomé por seguir mi pasión de forma desaforada, que es la Historia medieval. Perseguimos lo que amamos y, un día, nos damos cuenta de que nuestra obsesión, en realidad, nos ha hecho infelices».
Fue el estudio en profundidad de los siete pecados -soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, lujuria y la mencionada gula- lo que conformó un curso para atraer a sus alumnos hacia su amor por la Edad Media lo que terminaría de sacarle del pozo de la depresión.
«En la actualidad, cuando se mencionan los pecados capitales, se tiene la sensación de que reflejan algo puritano y prohibitivo», explica Jones. «Suenan a algo así como un sistema de castigo diseñado para impedir que nos divirtamos, pero en la Edad Media no era así. Esta lista se impuso como una forma de reflejar la personalidad humana, una herramienta, un espejo para comprender quiénes somos».
Esta categorización que gustaba tanto a los monjes la utiliza Jones, por ejemplo, para relacionar este código de conducta con el culto pagano a la tecnología. El propio Reid Hoffman, cofundador de LinkedIn, propuso interpretar el papel de muchas de las redes sociales como mecanismos que activan impulsos psicológicos ancestrales.
Así que, según el canon de santos e intelectuales que convivieron con el feudalismo, Instagram representa la soberbia; Facebook, la envidia y el X de Musk heredero de Twitter, la ira. De pereza nos contamina el algoritmo de Netflix cuando elige qué serie ver; LinkedIn, la avaricia, y Yelp, la plataforma que permite valorar negocios y restaurantes, nos comunica con la gula. No es difícil imaginar que Tinder plasma la lujuria.
«Nuestros antepasados medievales si viajaran hasta la actualidad valorarían la tecnología como una forma de amplificar nuestro potencial y también para llevar estos pecados a los extremos», cuenta Jones. «Creo que la lección de los siete pecados no consiste en erradicarlos. No se trata de vivir sin orgullo, sin ira ni envidia. Se trata de encauzarlos, de encontrar la manera de que funcionen a nuestro favor. En la Edad Media nadie abogaba por deshacerse completamente del ego. El propio Tomás de Aquino consideraba que su supresión total, nos hacía pusilánimes, débiles de espíritu».
«La lección de los siete pecados no consiste en erradicarlos. Se trata de encauzarlos, de encontrar la manera de que funcionen a nuestro favor» Peter Jones, historiador
La autoayuda en el siglo XXI importada del pasado ha estado en manos de los estoicos gracias a la publicidad de los magnates de Silicon Valley y de los influencers. Su personificación más exitosa ha sido el emperador Marco Aurelio, que pasó de salir en Gladiator a superestrella del mindfulness dos mil años después de su muerte. La explotación pop de sus Meditaciones en reediciones, pódcasts y memes son pruebas de ello. ¿Tiene Marco Aurelio un sucesor en el Medievo con las cualidades para convertirse en el pensador de moda?
«No hay duda: Dante», opina Jones. «Nadie mejor que él entendió que no se puede ser perfecto ni que nadie lo es. En la Divina comedia él es todos nosotros cuando llegamos a un punto en el que nos preguntamos cuál es el sentido de la vida. Marco Aurelio es divertido, pero no creo que su lectura te cure y te haga sentirte espiritualmente realizado. Creo que sin embargo Dante es el autor que mejor ha escrito sobre cómo salir de una crisis. La autoayuda medieval no consistía en leer un libro y sentirse mejor, se trata de leer un libro y encontrar un camino que pueda ayudarte, de forma progresiva, a mejorar».
Por las páginas de Autoayuda medieval aparecen personajes fascinantes como Margery Kempe, que tuvo 14 hijos y sufrió una crisis terrorífica de la que sólo se recuperó viajando y con una vida de devoción extrema; Evagrio Póntico, el religioso popular por sus enseñanzas sobre la vida espiritual que encontró el camino tras arruinar una prometedora carrera política por un escándalo sexual y, entre otros, la mística Isabel de Schönau, que vivió un periodo de su vida presa de la depresión como resultado de su ascetismo e ideó una terapia para reconectarse con la religiosidad.
Conviene recalcar que aunque Jones dialogue con el presente con estos personajes la lucha contra el pecado de aquella era dejó tanto comportamientos sofisticadísimos como otros muy disparatados. Eso se debe a ese gen medieval que a veces recurría a desahogos que podrían definirse a nuestro juicio como extremos. Tenemos el caso de Catalina de Siena, dominica que elevó el ayuno al límite como forma de devoción y control espiritual -se alimentaba de hierbas y del pus de los enfermos de peste que cuidaba- y que en 2026 habría estado más cerca de una clínica para tratar la anorexia que de la canonización. O el abad Bernardo de Claraval, también santo, que cuando tuvo un pensamiento lujurioso hacia una señorita decidió que lo mejor para rebajar el calentón era tirarse a un lago helado en Borgoña, lo que casi le cuesta la vida.
-¿Cuál es el pecado capital que mejor le representa?
-El orgullo. Soy terco y cerrado de mente. Hago lo mío y no siempre escucho a quienes me rodean…
Jones prosigue y hace un sincero examen de conciencia revisando la lista. Pecadillos, más bien, que, como pecadores que todos somos, protegemos amparándole en la inviolabilidad del secreto de confesión.
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2026/09/10/6aa18fa2e9cf4a57768b4581.html