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La obsesión nazi con el Himalaya: la expedición para hallar el origen de la raza aria | ABC

En abril de 1938, un equipo de las SS liderado por Ernst Schaeffer se trasladó al Tibet para realizar mediciones corporales y fotografías de los naturales

Ernst Schaeffer, junto a sus hombres. (ABC)

Manuel P. Villatoro / ABC

Fue en 1938 cuando la ‘Ahnenerbe‘, el instituto científico fundado en 1935 para demostrar la superioridad de la raza aria, se propuso dar un paso de gigante y organizar un viaje a un territorio tan lejano como el Himalaya. Al frente de aquella insólita expedición estuvo Ernst Schaeffer, un zoólogo alemán con fama de aguerrido explorador. Su objetivo principal era llegar al Tíbet acompañado por 5 investigadores y 20 miembros de las SS para estudiar la fauna, la geografía y las poblaciones de una de las regiones más inaccesibles del planeta. Pero, tras aquellas órdenes se escondía también el interés por encontrar respuestas que encajaran con sus delirantes teorías sobre el origen de los pueblos, la raza y las antiguas civilizaciones.

Schaeffer no era un tipo cualquiera, sino el gran aventurero de la época. En ‘La Orden Negra’, Óscar Herradón señala que había estudiado zoología y biología en la Universidad de Göttingen y que fue allí donde abrazó la causa nazi. Poco después, a los 21 años, participó con un joven norteamericano en una expedición desde Hannover; aquello cambió su vida. A partir de entonces atesoró una infinidad de logros: fue el primer occidental en matar un oso panda y en viajar hasta el Himalaya. Para acabar de completar su currículum, a una corta edad se afilió a las SS, cuerpo del que ya era oficial cuando se le encargó dirigir el viaje hasta el Tibet.

La expedición, afirma Herradón, contaba también entre sus filas con Bruno Beger, un joven y aplaudido antropólogo que también buscaba los orígenes de la ‘raza superior’. «Junto a estos partirían también hacia el Tibet el geofísico Karl Wienert, y Ernst Krause, entomólogo y fotógrafo. El experto en técnica y organización era Edmund Geer», completa el autor.

Raros objetivos

Según explica el periodista José Lesta en el ensayo ‘El enigma nazi. El secreto esotérico del III Reich’, la misión guardaba un interés arqueológico y antropológico, pero también mitológico. «Sin duda estaban interesados en los mitos y las leyendas de la región, uno de los objetivos de la organización», añade el experto.

Expedición al Tibet
Expedición al Tibet. (Bundesarchiv)

Cuadra, pues el artífice último de la expedición era Heinrich Himmler. el archiconocido líder de las SS. El hampón estaba convencido de que el origen de la raza aria se hallaba en el Tibet. «Himmler me habló de su creencia de que la raza nórdica no había evolucionado, sino que había descendido directamente del cielo para asentarse en el continente desaparecido (Atlántida), y que antiguos emigrantes de ese continente habían fundado una gran civilización en Asia Central. Creía que algunos tibetanos eran descendientes directos de esta civilización y que los arios provenían de esta etnia», dejó escrito el mismo Schaeffer en un documento de la organización.

Además, Schaeffer recibió órdenes de hallar pruebas que demostraran la rocambolesca teoría de que la Tierra estaba hueca; una leyenda que había cuajado en la cúpula nazi y que establecía que dentro de la corteza terrestre existían una infinidad de galerías que conectaban los países entre sí. Y su epicentro, o eso creían, era el Tibet. Por último, Himmler también solicitó a su lugarteniente que buscara la ciudad perdida de Shambhala, un misterioso lugar cuya ubicación era desconocida pero del que se hablaba en la tradición tibetana.

Camino al Tibet

Tras llevar a cabo todos los preparativos, en abril de 1938 comenzó la esperada expedición. Una de sus primeras paradas, ya en Asia, fue el territorio de Sikkim, la puerta natural para entrar en el Tibet. Allí, Beger llevó a cabo todo tipo de mediciones y experimentos con la población local. Entre ellos, hizo minuciosos análisis de los rasgos físicos de los lugareños y siniestras ‘mediciones craneales’ –como él mismo las denominó– para corroborar que los nórdicos, considerados por el Reich como la raza superior, se distinguían por una frente ancha y un rostro alargado. «Estudió la longitud, anchura, y circunferencia de sus cabezas, de su boca, nariz…», determina el experto.

Beger no tuvo piedad y, en nombre de la ciencia, utilizó productos peligrosos como máscaras faciales de yeso, material que provocaba a los sujetos ahogamientos, escozor, e incluso quemaba su piel. Después de esta parada, la expedición atravesó el último tramo del trayecto, el que les llevaría hasta la ciudad sagrada de Lhasa. «Durante el viaje, Schaeffer se entregaba de forma enfermiza a la caza para conseguir exóticos especímenes para los museos del Reich», añade Herradón.

Expedicionarios en Calcuta, en 1938. De izquierda a derecha, Karl Wienert, Ernst Schäfer, Bruno Beger, Ernst Krause y Edmund Geer.
Expedicionarios en Calcuta, en 1938. De izquierda a derecha, Karl Wienert, Ernst Schäfer, Bruno Beger, Ernst Krause y Edmund Geer. (Bundesarchiv)

En 1939, pocos meses antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, la expedición llegó a las puertas de la ciudad, hogar del Dalai Lama, por aquel entonces nada más que un niño. Antes de comenzar las investigaciones de campo, ya habían logrado una gran proeza para Alemania: hacer que los pendones con la esvástica se alzaran en lo alto del Tibet. Una vez alcanzada la aldea iniciaron sus pesquisas al recoger raros especímenes de todo tipo de especies poco conocidas y llevar a cabo miles de fotografías y filmaciones. Todo ello, bajo el paraguas del regente.

Dos meses de investigación después, el grupo volvió a casa por orden de la cúpula nazi, temerosa ante el inicio de la contienda contra Polonia. Aunque no lograron verificar las descabelladas teorías que pretendían, no regresaron con las manos vacías. Una vez en el corazón del Reich, Schaeffer y sus compañeros fueron tratados como héroes. Incluso rodaron un documental con todas las imágenes captadas en su viaje. A pesar de todo, todavía tendría que pasar mucho tiempo hasta que finalizara la investigación y el análisis de todos los especímenes que había traído del Tibet.

El antropólogo Bruno Beger mientras realiza la craneometría de un hombre tibetano
El antropólogo Bruno Beger mientras realiza la craneometría de un hombre tibetano. (Bundesarchiv)

Cuando regresaron, Beger ya había medido los cráneos de 376 tibetanos, había hecho 2.000 fotografías, había recogido tres centenares de huellas dactilares y había realizado moldes de diferentes partes del cuerpo de 17 personas. A su vez, la expedición había reunido 2.000 artefactos etnográficos y el equipo de filmación había tomado más de 18.000 metros de película en blanco y negro.

Fuente: https://www.abc.es/historia/obsesion-nazi-himalaya-expedicion-hallar-origen-raza-20260829011056-nt.html

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