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Los secretos de belleza insólitos de la realeza europea: maquillajes tóxicos, barros alucinógenos y pelucas de vello púbico | El País

En ‘Reyes que vivieron como reyes’, el periodista César Andrés Baciero repasa los lujos y excesos de las monarquías a lo largo de los siglos: desde la obsesión de María Antonieta por los baños hasta el fetiche de Catalina de Médicis por los perfumes y la debilidad de la infanta Margarita de Austria por la ingesta de jarroncitos de arcilla

Kirsten Dunst en un fotograma de la película ‘Marie Antoinette’ (2006), de Sofia Coppola. Cordon Press

Martín Bianchi / El País

Madrid

Más de 3,6 millones de personas desfilan cada año por la sala número 12 del Museo del Prado para admirar La familia de Felipe IV. La obra de Diego Velázquez, conocida desde el siglo XIX como Las meninas, es tan popular entre los visitantes que el verano pasado la pinacoteca madrileña le pidió a Felipe VI que la comentara para celebrar las 1.000 emisiones del canal de Instagram del Prado. El vídeo del monarca, descendiente directo de Felipe IV, tuvo más de cinco millones de visionados y, según indican fuentes del museo a EL PAÍS, es uno de los más vistos de su historia.

“En el centro de la escena, la infanta Margarita brilla literalmente porque Velázquez la baña en luz y la convierte en protagonista. Está flanqueada por las meninas… María Agustina Sarmiento le está ofreciendo agua”, explica el Rey en el vídeo, refiriéndose al búcaro de llamativo color tierra rojiza que la menina le sirve a la hija de Felipe IV en una bandeja de plata. “Hay muchas interpretaciones sobre esta obra, sobre los mensajes que pretendía transmitir su autor”, concluye.

A Felipe VI se le olvidó mencionar un detalle sobre el misterioso búcaro pintado por Velázquez. En el Siglo de Oro, las damas de la realeza y la nobleza devoraban estos recipientes de arcilla poco cocida como si fueran aperitivos. La historiadora del arte Natacha Seseña bautizó esta curiosa práctica gastronómica comobucarofagia. El consumo de arcilla provocaba anemia ferropénica, lo que se traducía en esa palidez enfermiza tan de moda en la época. También se ingería el barro para otros fines supersticiosos como regular la menstruación, como método anticonceptivo e incluso como alucinógeno o narcótico para entrar en estados místicos al más puro estilo del éxtasis de Santa Teresa.

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“No me sorprendió que Felipe VI no hablara sobre la bucarofagia, aunque el asunto no es tan escandaloso como para no hacer un breve comentario al respecto. El Rey tampoco fue capaz de ir al museo a hacer el vídeo por problemas de agenda. Lo grabó en palacio”, apunta César Andrés Baciero, autor de Reyes que vivieron como reyes. Monarquía y lujo (La esfera de los libros, 2026). Baciero dedica un capítulo entero de su libro al búcaro de Las meninas y a su significado y trascendencia en el siglo XVII. “Velázquez lo añadió muy al final del cuadro. Hay todo tipo de conjeturas sobre por qué pintó un búcaro en el último momento. Probablemente lo hizo para demostrar el poder económico de Felipe IV. En esa época, los mejores búcaros se hacían en Extremadura, Portugal y México. Eran golosinas muy caras. Las monjas traficaban con ellas y las comercializaban entre las damas de la nobleza”, explica Baciero.

La práctica de la bucarofagia tenía sus riesgos. “A la reina María Luisa de Orleans, esposa de Carlos II, la hincharon a barro para ver si así se quedaba embarazada. Murió con 26 años por un problema gastrointestinal grave tras sufrir dolores agudos. Se cree que el consumo de tanto barro le causó un cólico miserere o una probable peritonitis que terminó matándola”, apunta el autor.

En Reyes que vivieron como reyes, Bacierose detiene en este tipo de anécdotas alrededor de los lujos, excesos y caprichos de las monarquías europeas: los legendarios ballets ecuestres de Leopoldo I del Sacro Imperio Romano Germánico, la nouvelle cuisine de Luis XV, la fastuosa colección de joyas de Catalina II de Rusia, las carrozas doradas de Guillermina de los Países Bajos.

Los pasajes más sorprendentes son los dedicados a las rutinas y secretos de belleza de las cabezas coronadas a lo largo de los siglos. “Uno de mis capítulos favoritos es el de la presunta peluca de vello púbico de Carlos II de Inglaterra”, señala el escritor. “El rey inglés era aficionado a los pelucones. No recurría al pelo ajeno por falta de un buen matojo propio, sino para ocultar las canas que peinaba. Cuenta la leyenda que se mandó hacer una peluca con una cuidada selección de vello público esquilado a sus favoritas”. La caja con la cabeza de caoba en la que supuestamente se exhibió esta rara avis de la peluquería se custodia en el Museo St. Andrews de Escocia.

Un retrato de Luis XIV, de Hyacinthe Rigaud, parte de la colección del Museo del Louvre de París.Photo 12 (Universal Images Group via Getty Images)

Luis XIV, primo de Carlos II y uno de los artífices del lujo moderno, también era un gran usuario de pelucas extravagantes. “Tener pelazo era símbolo de estatus. Como el rey sol no tenía mucho cabello, puso de moda las pelucas en su corte. Se calcula que llegó a atesorar un millar de modelos. Incluso tenía su propio Gabinete de las Pelucas en Versalles, que colocaba en bustos clásicos. Cada uno lucía un tipo de peinado a tamaño real: el de andar por casa, el de un día es un día, el deportivo, el de salir a ronear…”.

En un libro sobre excesos reales, no podía faltar un apartado dedicado a María Antonieta, consorte de Luis XVI, y a su TOC por los baños. “Se pasaba cuatro horas en la bañera.En ese tiempo desayunaba y hasta recibía clases de idiomas. Cuentan que la revolución la pilló en el cuarto de baño”, dice Baciero. “Si la reina, una mujer ocupada, podía estar cuatro horas metida en la bañera, imagínate las otras mujeres de la corte. Igual se tiraban seis horas. Los baños largos eran una moda generalizada. Luis XV ya se daba baños exhaustivos con agua del Sena y jabón de Marsella”.

Ilustración de María Antonieta a partir de un retrato de Élisabeth Vigée-Lebrun.duncan1890 (Getty Images)

Más allá de su querencia por la toilette, María Antonieta también se hizo infamemente popular por su gusto por la moda y los perfumes. Llegó a tener perfumista oficial, Jean-Louis Fargeon, aunque Catalina de Médicis fue una de las primeras apasionadas de las fragancias. A la esposa de Enrique II de Francia le gustaba perfumar hasta sus guantes. La leyenda negra cuenta que embriagó un par de ellos con veneno para matar a su consuegra, Juana III de Navarra. La reina se tomaba tan en serio este asunto que viajó a la corte francesa con su perfumista personal, Renato Bianco, criado por los monjes dominicos de Santa Maria Novella de Florencia, propietarios de la farmacia que presume de ser la más antigua del mundo —se remonta a 1221—. En 1533, Bianco inventó para su patrona Acqua di S.M. Novella o Acqua della regina. “Cinco siglos después, se sigue vendiendo esta fragancia con salida de cítricos nacionales, fondo de musgo y corazón de neroli, romero, clavo de olor y lavanda”, apunta Baciero en su libro.

Para el periodista, estas historias aparentemente frívolas e intrascendentes dicen mucho sobre cómo han evolucionado los gustos de los royals y, por ende, los usos y costumbres del resto de la sociedad. Durante siglos, los reyes y reinas dedicaron grandes esfuerzos e ingentes cantidades de dinero a sus caprichos con fines propagandísticos, para demostrar su poderío económico, geopolítico y cultural. Hoy, el estudio de estos excesos también sirve para comprender el lado más humano y esperpéntico de los soberanos: sus inseguridades, debilidades y vicios.

Isabel I de Inglaterra, por ejemplo, tenía la cara llena de marcas y cicatrices debido a una viruela contraída en 1562. Para ocultarlas, la todopoderosa Gloriana se valía de la cerusa veneciana o albayalde, una espesa pintura blanca cuyo activo mineral era la cerusita, es decir, plomo. En la época también se usaba solimán, cloruro mercúrico, contra las pecas y manchas. La Reina Virgen se teñía el pelo con un concentrado de sulfuro de plomo, cal viva y agua. Al final de su vida, la única hija de Enrique VIII y Ana Bolena presentó síntomas propios de envenenamiento por el uso de todos estos químicos tóxicos: pérdida de memoria, náuseas, fatiga, piel escocida y caída de pelo. Fue enterrada sin habérsele practicado una autopsia, pero se cree que el uso continuado de capas de cerusa veneciana fue una de las posibles causas de su muerte.

Retrato de Isabel I de Inglaterra atribuido a la escuela de Marcus Gheeraerts, donde se observa el pálido rostro de la monarca.De Agostini via Getty Images

Hoy, las monarquías modernas se controlan más a la hora de satisfacer sus antojos o de hacer realidad sus fantasías más estrambóticas. Las casas reales europeas miden casi con cronómetro las horas de uso de tiaras y trajes de alta costura y usan con cuentagotas los palacios y carrozas doradas. “Con la caída del antiguo régimen, se impuso el ideal de la burguesía y del trabajo. La monarquía adoptó el papel de la burguesía. A la reina Victoria de Inglaterra le gustaba ser retratada como madre y esposa, más que como monarca, para cumplir con ese nuevo ideal burgués”, explica Baciero. Según el periodista, la austeridad se convirtió en una cuestión más estética que ética y lo sigue siendo: “Se presentan como un ciudadano más, pero eso no significa que hayan dejado de vivir como reyes”.

Los Borbones están a la cabeza en esta carrera real por escenificar o aparentar la normalidad de una familia de clase media. Se dice que la monarquía española es considerada la más barata de Europa, con un presupuesto oficial anual de unos 8,4 millones de euros. “Cuando llegaron al trono, los reyes Juan Carlos y Sofía decidieron presentarse de una forma austera, aunque ya sabemos lo que pasó después. Pero entonces estaban de luto por la muerte de Franco y no era el momento de sacar las capas de armiño. Además, querían hacer hincapié en parecer españoles de a pie porque, sumando los años de la Segunda República y la dictadura, llevábamos más de 40 años sin monarquía”.

Juan Carlos I y la reina Sofía, junto al príncipe Felipe y las infantas Elena y Cristina, en una imagen de los años setenta.AP / Cordon Press (AP / Cordon Press)

Felipe VI sigue esta misma estela de aparente sencillez, aunque Baciero no sabe si la elección es la más correcta. “Al final, el lujo no genera tanto rechazo como pensamos si tenemos en cuenta que la gente se pasa el día en las redes sociales viendo cómo viven las Kardashian, Georgina Rodríguez o el futbolista de turno. Creo que estamos teniendo una cierta vuelta al antiguo régimen: hay un 1% de la población que tiene muchísimo dinero y que lo gasta y lo enseña en las redes. Y luego estamos el resto, observando”, reflexiona. “Si Carlos III de Reino Unido protagonizara un ballet ecuestre, al estilo de los que organizaba Leopoldo I del Sacro Imperio Romano Germánico, igual la gente estaría más contenta con la monarquía británica. Al final, el pueblo traga con todo”.

Fuente: https://elpais.com/gente/2026-08-30/los-secretos-de-belleza-insolitos-de-la-realeza-europea-maquillajes-toxicos-barros-alucinogenos-y-pelucas-de-vello-pubico.html

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