Las primeras cerraduras no protegían palacios ni templos, se utilizaron para asegurar los cofres y las arcas de familias humildes

Pedro Gargantilla / ABC
Hace unos 4.000 años, en las riberas polvorientas del Nilo, un escriba egipcio deslizó un pasador de madera por una guía rudimentaria habilitada en la puerta de su choza y la hizo encajar en un orificio diseñado en la jamba para tal efecto. Desde el exterior una llave de madera con gancho, casi tan grande como el brazo que la empuñaba, permitía manipular el mecanismo a través de un agujero. Con este sencillo sistema el escriba era capaz de abrir y cerrar la puerta de su hogar.
Aquello no era sofisticación, sino pura necesidad, proteger el grano y los papiros de manos ajenas, en una aldea donde la propiedad privada empezaba a tener más peso que la confianza vecinal. Así fue como nació la cerradura en el barro seco de Egipto, no en laboratorios renacentistas ni en talleres victorianos. Fue en la tierra de los faraones donde un pestillo casero se transformó en el guardián eterno de nuestras puertas.
Un invento al alcance de los más humildes
Las primeras cerraduras no protegían palacios ni templos, se utilizaron para asegurar los cofres y las arcas de familias humildes. Y es que las puertas abiertas o simplemente cubiertas con pequeñas esteras dejaban el paso libre a visitantes no deseados, permitiendo que preciados enseres pudieran desaparecer.
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El primer germen de una cerradura, tal y como la concebimos hoy en día, fue un simple pasador horizontal de madera que se deslizaba manualmente desde dentro y que encajaba directamente en la pared. Para accionarlo desde fuera el gancho de madera atravesaba un orificio que permitía levantar el pestillo de igual forma que un pescador saca su presa. Se han encontrado llaves de madera de este porte, endurecidas al fuego y largas como antebrazos, en algunas tumbas tebanas de la Dinastía XVIII (hacia el 1550 a. de C.).
Los griegos y romanos forjaron el metal como aliado
Fue alrededor del siglo VI a. de C. cuando Teodoro de Samos, un ingeniero y broncista samio, contemporáneo de Pitágoras, creó la primera llave griega, según relata Plinio el Viejo. Sin conocer los modelos egipcios de madera diseñó un cerrojo de bronce que contaba con un pasador lateral y que se movía mediante una llave dentada.
Más adelante, hacia el siglo I a. de C. los romanos fabricaron cerraduras de bronce y hierro, que contaban con muelles y resortes internos que permitían presionar pines o palancas que únicamente se alineaban con la llave correcta. Fueron ellos los que acuñaron el término «cerradura», que deriva del latín serrare (‘cerrar’), reflejando su uso cotidiano en la domus romana.
De los artesanos medievales al vaso de perno
La evolución de la cerradura en la Edad Media pasó de ser un lujo romano a un arte defensivo esencial en castillos y monasterios, impulsada por la inseguridad feudal. Entre los años 870-900 algunos artesanos ingleses desarrollaron las primeras cerraduras metálicas modernas, de hierro forjado con guardas protectoras alrededor del ojo de la llave para impedir la introducción de ganzúas.
Estos «cerrojos de perno» eran herederos del pestillo romano, pero añadían placas frontales ornamentadas que ocultaban el mecanismo, elevando así la seguridad. Además, el hierro las hacía más duraderas que el bronce romano, si bien eran muy pesadas y propensas a oxidarse. Este tipo de cerraduras se usaban, fundamentalmente, en iglesias y fortalezas tempranas, como las de Normandía.
Con la proliferación de castillos normandos y góticos las cerraduras se volvieron monumentales: cerraduras de tambor con múltiples palancas y pines que requerían llaves gigantes -de hasta 30 cm-, a menudo decoradas con cruces o motivos heráldicos. Los cerrajeros de la época, considerados maestros artesanos, incorporaron múltiples pernos y resbalones falsos para confundir a los posibles ladrones. Fue hacia el final de la Edad Media cuando las cerraduras incorporaron guardas múltiples, trampas internas y llaves con perfiles irregulares para incrementar la precisión del cierre.
Ya en la Edad Moderna, el rey Luis XVI contrató a Robert Barron (1778) para que elaborase una cerradura «inmanipulable». Después de algunos bocetos imperfectos Barron patentó la cerradura de palanca detector, un dispositivo diseñado con palancas internas que se desalineaban en el supuesto de que la cerradura fuera forzada, dejando así la impronta de la manipulación.
Este invento fue perfeccionado tiempo después por Jeremiah Chubb (1818), que ganó un premio de 100 guineas por resistir durante tres horas el ataque de las más ingeniosas ganzúas. Esta recompensa fue el detonante para que Chubb fundase una empresa familiar -hoy conocida como Chubb Locks-, que tuvo entre sus clientes al mismísimo Banco de Inglaterra.
Fuente: https://www.abc.es/ciencia/escriba-egipcio-invento-cerradura-proteger-casa-20260821015923-nt.html