El 12 de agosto, España vivirá su primer eclipse total de Sol en más de un siglo. Hace 260 años, otro eclipse dejó una huella muy distinta: el nacimiento de un potro que cambiaría para siempre la historia de las carreras de caballos. Lo llamaron, cómo no, Eclipse.

Mariano Galindo / VozPópuli
El 12 de agosto, España vivirá su primer eclipse total de Sol en más de un siglo. Hace 260 años, otro eclipse dejó una huella muy distinta: el nacimiento de un potro que cambiaría para siempre la historia de las carreras de caballos. Lo llamaron, cómo no, Eclipse.
Los eclipses siempre han dejado marca en la historia, casi siempre en forma de mito o de presagio. Pero pocos han tenido una consecuencia tan concreta, tan medible y tan duradera como la de aquel 1 de abril de 1764. Ese día, mientras la Luna tapaba el Sol sobre Inglaterra, nacía en Cranbourne Lodge un potro alazán que acabaría siendo el mejor caballo de carreras de su tiempo.
Un nombre escrito en el cielo
El potro llegó al mundo justo durante un eclipse solar que oscureció los cielos británicos. La coincidencia era demasiado buena para dejarla pasar, así que le pusieron el nombre del fenómeno que lo vio nacer: Eclipse. No había que remangarse demasiado para pensar; hay veces que la propia vida nos pone las cosas en bandeja.
Lo había criado el duque de Cumberland, el príncipe Guillermo Augusto. Pero el duque murió en 1765, cuando el caballo tenía apenas un año, y Eclipse fue vendido en subasta a un tratante de ganado llamado William Wildman por 75 guineas. Nadie podía imaginar entonces lo que aquel animal de raza llevaba dentro.
«Eclipse primero, el resto en ningún sitio»
Eclipse no empezó a competir hasta los cinco años, algo habitual en aquella época en la que las carreras eran larguísimas, de varias millas y a varias mangas. Su debut fue el 3 de mayo de 1769. A partir de ahí, no hubo rival que le hiciera sombra.
Su dominio fue tan aplastante que dejó una frase para la historia del idioma inglés: «Eclipse first, the rest nowhere» («Eclipse primero, el resto en ningún sitio«). No era una exageración publicitaria. El caballo ganó las 18 carreras que disputó, y en ocho de ellas se llevó la victoria por «walkover«: es decir, no se presentó ningún otro caballo a competir contra él, porque nadie veía sentido a perder.
Su carrera deportiva apenas duró unos 17 meses, y no porque se retirara pronto por edad, sino por falta de rivales: las apuestas contra él se volvieron tan poco rentables que dejó de tener sentido hacerle correr. Se cuenta, además, que tenía un temperamento difícil y una forma de galopar peculiar, con la cabeza casi pegada al suelo.
El padre de una dinastía
Retirado de la pista, Eclipse empezó su segunda vida, y ahí es donde su leyenda se volvió verdaderamente colosal. Como semental resultó extraordinario: engendró decenas de potros, entre ellos tres ganadores del Derby de Epsom, la gran carrera inglesa.
Pero lo asombroso llega al mirar el árbol genealógico completo. Eclipse se convirtió en el semental fundador del que desciende la inmensa mayoría de los purasangres del mundo. Los expertos calculan que su linaje está presente en más del 90% de los caballos de carreras actuales. Nombres míticos de la historia de las carreras, como el legendario Secretariat, o casi todos los ganadores del Derby de Kentucky de las últimas décadas, llevan su sangre.
Dicho de otro modo: aquel potro nacido durante un eclipse no solo ganó todas sus carreras, sino que se convirtió en el antepasado común de prácticamente toda la élite equina que ha corrido después.

Un nombre que no se ha apagado
La huella de Eclipse hay que leerla mucho más allá de los establos. Su nombre se convirtió en sinónimo de excelencia en el mundo hípico, hasta el punto de que hoy sigue estando por todas partes.
En Estados Unidos, los grandes premios anuales de las carreras se llaman los Eclipse Awards. En Reino Unido se disputa cada julio la Eclipse Stakes, en el hipódromo de Sandown Park, y en Francia existe el Prix Eclipse. Su nombre bautiza carreras, premios y hasta objetos que nada tienen que ver con los caballos.
Cuando murió, en 1789, era ya una celebridad. Su esqueleto se conservó y ha sido estudiado durante generaciones para tratar de entender qué hacía a aquel animal tan superior al resto.
Así que este 12 de agosto, mientras el cielo español se oscurezca durante unos minutos, merece la pena recordar que un fenómeno igual, hace 260 años, no trajo malos augurios ni fin del mundo. Trajo un caballo. Uno que, como su nombre prometía, dejó al resto en ningún sitio.