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Linda Evangelista: la modelo del corte de pelo más caro del mundo que no se levantaba de la cama por menos de 10.000 euros | YoDona

En la mirada gatuna de la canadiense Linda Evangelista converge una era irrepetible de furia y dulzura, de glamour infinito y producciones históricas. Para muchos, la más profesional, expresiva y perfecta de las supermodelos.

Desfilando para Chanel, en 1991. GETTY IMAGES

Ningún asesor de imagen o mentor artístico podría haber ideado combinación de onomástica y apellido más ideal: Linda Evangelista. La joven portaba de cuna un family name armónico y rotundo, inolvidable si además has nacido en la elegante, boscosa y ancha Canadá, eres una belleza camaleónica e inenarrable y te vas a convertir en un mito de las pasarelas y las covers a perpetuidad. Al irrumpir en el mundo de la moda en los 80 y principios de los 90, muchos españolitos del baby boom pensaron que procedía de la estirpe de un púgil que puso contra las cuerdas a Cassius Clay. Pero no, Linda no entroncaba con el popular boxeador hispanouruguayo Alfredo Evangelista. Era hija de un trabajador de la General Motors y de una contable en una firma de joyas que hicieron las maletas como emigrantes desde el Lacio italiano, de ahí tan católico apellido.

La fe cristiana, además, tapizó aquel hogar en Saint St. Catharines, a sólo 20 minutos en coche de las cataratas del Niágara, si bien no resultó circunstancia atenuante para que aquella niña de nariz de Cleopatra bajo mirada gatuna y verdosa se dedicara al modelaje desde temprana edad. Contaba solo 12 años cuando aprendió a pisar con aplomo y proyectar horizontes. Con la mayoría de edad en el bolsillo, se presentó al certamen Miss Teen Niagara, donde ganó tras perder. Pasó inadvertida para todo el front row menos para un cazatalentos de la agencia Elite de Nueva York quien la reclutó para la jungla de la Gran Manzana.

Aquel scouting supuso el primer hito en una biografía trufada de glosario glamuroso y poliédrico. Se transformó en la musa absoluta del fotógrafo Steven Meisel (¿recuerdan el extraordinario libro Sex de Madonna?), la admiramos en vídeoclips de George Michael (el góspel Freedom 90! y la discotequera Too Funky), fue feliz con aquel actor lynchniano que indagaba quién mató a Laura Palmer (Kyle MacLachlan) y sobre todo fue supernova en el momento más rutilante de la galaxia fashion. Para la historia, su foto en esplendoroso blanco y negro en Nueva York al lado de Cambpell, Turlington, Crawford y Patitz frente a la cámara de Peter Lindbergh. Sobrevenía la era de las supermodels.

Para Karl Lagerfeld ella representaba «un Stradivarius, la mezcla perfecta de agresividad, encanto y dulzura». Para el resto de los mortales, era un crisol donde se fundían androginia, insólita fotogenia, belleza y un expresividad enigmática y glamurosa fuera de todo canon. Todo ocurrió en 15 años, entre 1983 y 1998, en los que le dio tiempo a cortarse el cabello a lo pixie y redimensionar su imagen (cancelaciones de desfiles incluidas), ser declarada la mejor modelo de todos los tiempos para gran parte del gremio y cincelar una cita que se ha cosido a su biografía: «No me levanto de la cama por menos de 10.000 dólares».

En 1989, en una fiesta con Naomi Campbell, la editora de moda Polly Mellen y Christy Turlington.
En 1989, en una fiesta con Naomi Campbell, la editora de moda Polly Mellen y Christy Turlington.

Avedon, Penn, Saint Laurent, Scavullo, Dior, Chanel, Valentino, Blahnik, De la Renta… La moda era ella. Fuera Revlon, Chloé o Moschino. Con el pelo platino o en rojo technicolor. Con ese aura de pérfida supervillana de James Bond enhebrada a una profesionalidad intachable, lejos de excesos o combustibles ilegales. Y siempre con un criterio que agregaba matices en cada shooting en cuestiones de tiros de cámara, iluminación, maquillaje, atmósfera. Diosa entronizada por Versace, protagonizó más 700 covers en publicaciones como L’Officiel, Vogue en todas sus ediciones, Harper’s Bazaar, Time, Newsweek, Rolling Stone, Elle…

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En lo personal, se casó en 1987 con Gerard Marie, dueño de la agencia Elite Management. Luego supimos que el mandamás tenía la mano asquerosamente larga y que Linda cauterizó las heridas con el referido MacLachlan. Con el repeinado actor estuvo seis años, antes de emparejarse con Fabien Barthez, icónico guardameta de la selección francesa de fútbol campeona del mundo en 1998, con un magnate de italiano de los hidrocarburos, y volver a pasar por el altar con un mediocre piloto de Formula 1, Paolo Barilla, cuyo apellido les sonará a un imperio de macarrones y espaguetis del que es amo y señor.

Siempre quiso ser madre y el deseo se cumplió, postrero, por vías insospechadas. El megamillonario francés François-Henri Pinault, heredero del entramado de lujo Kering, hizo un alto en el camino en su matrimonio con Salma Hayek para enmarañarse en su vida. Fruto de aquel romance nació Augustin James en 2006. No fue reconocido en un principio, y el litigio fue carnaza apetitosa envuelta en papel cuché. A día de hoy -padre, madre, hijo y madrastra- mantienen una inesperada relación estupenda. Esporádicamente, su nombre vuelve a primera fila. En 2025, con motivo del 50 aniversario de Zara, Marta Ortega propició que Evangelista diseñara una bata /abrigo de cachemir para honrar el cumpleaños de la marca gallega junto a diseños de otros 50 talentos. Además, volvió a posar para Meisel, en un tributo con elipsis temporal y reencuentro. Superados serios reveses de salud y de quirófano -desde cáncer de mama hasta nefastas operaciones estéticas que la desfiguraron- Evangelista repliega velas, reposo de la guerrera a los 61 años: «Estoy muy feliz de estar viva. Todo lo que venga ahora es un bonus».

Fuente: https://www.elmundo.es/yodona/moda/2026/07/20/6a4cdbccfc6c83f73a8b457a.html

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