El precio alcanzado por la réplica que el pintor posimpresionista Félix Vallotton pintó con 21 años, oculta durante más de 130 años en la misma familia, ha aumentado la fascinación por la obra de Leonardo da Vinci.

Por Mario Canal / El Grito
“El Louvre me deslumbró. Los días que pasé allí fueron los mejores de mi vida. Leonardo da Vinci fue mi primer ídolo”, dejó escrito el pintor suizo Félix Vallotton. En el siglo XIX, copiar a los grandes maestros en el museo parisino era un rito obligatorio para los jóvenes artistas; una forma de asimilar la técnica antes de romper con ella. Sin embargo, lo que parecía un simple ejercicio juvenil de academia se ha convertido hoy en un negocio financiero: una copia de La Gioconda realizada por este artista en 1887, con solo 21 años, ha sido vendida en Christie’s por la sorprendente cifra de medio millón de dólares (482.600 euros).
La encargada de desembolsar esta cantidad ha sido la Fundación Pierre Gianadda de Suiza El lienzo, que comparte un formato casi idéntico al original del Louvre, tenía una estimación inicial de entre 80.000 y 120.000 euros. ¿Cómo ha logrado multiplicar por cuatro su valor más alto? La respuesta no está precisamente en la perfección técnica de la réplica. De hecho, las facciones del rostro no están especialmente logradas.
Vallotton llevaba ya unos cinco años en París cuando se sentó delante de la obra maestra que Leonardo comenzó hacia 1503 y siguió retocando durante años. La copia habría sido un encargo de Guillaume Metdepenningen, comerciante belga de Gante, miembro de una familia con arraigo burgués en la ciudad y sin una trayectoria especialmente conocida dentro del coleccionismo. Desde entonces, la obra permaneció por descendencia en la familia Metdepenningen hasta su reaparición en el mercado.
En la segunda mitad del siglo XIX, La Gioconda –también conocida como la Mona Lisa– era ya una obra importante dentro del Louvre, aunque todavía no ocupaba el lugar casi religioso que alcanzaría con el tiempo. El influyente ensayo de Walter Pater, El Renacimiento, publicado en 1873, contribuyó a ponerla de moda al comentar el retrato en términos románticos que marcaron a muchos artistas y escritores de la generación de Vallotton. La prosa del libro era artificiosa, hasta el punto de que al autor se le acusó de hedonismo y amoralidad desde sectores conservadores.

La visita, 1899, Félix Vallotton
“Hacia su rostro de párpados cansados convergen todos los horizontes del mundo. Su belleza fue creada desde el interior del cuerpo y en ella habitan ensueños fantásticos, pensamientos raros, pasiones exquisitas”, escribió el historiador británico, con exceso lírico y simbolista.
La enigmática sensualidad de La Gioconda, su distancia respecto a la mirada del espectador, conecta en Vallotton con su propia biografía. En los cuadernos de bocetos que utilizó como estudio para la copia aparecen también imágenes de su madre que, según los especialistas en el pintor suizo, pueden compararse con las de la modelo de Leonardo. Ambas serían figuras inalcanzables, la madre de Vallotton, por razones vinculadas a una cultura protestante de la contención. Más tarde, el pintor retrató a muchas mujeres con una actitud entre distante, cruel y empoderada. La Gioconda, de alguna manera, fue su primer amor.
Además del cuadro de Leonardo a Vallotton le influyeron otros maestros que fueron entrando en su obra con el paso del tiempo y le invitaron a tratar de distintas maneras el tema de la feminidad. Entre ellos, Lucas Cranach, cuya Fuente de la juventud recreó el suizo con gran libertad en El baño al atardecer de verano, una pintura que causó conmoción en el Salon des Indépendants de 1893. Años después volvió a incomodar al público y a la crítica con La blanca y la negra, de 1913, inspirada en la Olympia de Manet, lienzo donde colisionaron temas de raza, deseo lésbico y clase social.
También los desnudos de Ingres fueron reveladores para Vallotton, que encontró en Vermeer y en la pintura holandesa de interiores un lenguaje en el que la mujer funcionaba como pieza central de la trama psicológica. “¿Qué ha hecho tan mal el hombre para sufrir la terrorífica compañía de la mujer? Parece imposible que haya relación alguna entre los sexos, excepto la de vencedor y vencido”, escribió el pintor.

La blanca y la negra, 1913, Félix Vallotton
La modernidad excéntrica
Cuando el joven Vallotton pintó la copia de La Gioconda estudiaba en la Académie Julian, un centro donde se formaban creadores que buscaban una vía distinta a la de la Escuela de Bellas Artes de París, anclada en la tradición académica. Allí coincidió con artistas que acabarían formando el grupo de los Nabis, entre ellos Paul Sérusier, Pierre Bonnard, Maurice Denis, Édouard Vuillard, Paul Ranson o Aristide Maillol. Los Nabís formaron un grupo cohesionado, consciente de su propia identidad, y abrieron una vía decisiva hacia la modernidad.
Además de magníficos artistas, eran unos provocadores. Organizaban fiestas de aire pagano, acciones absurdas por las calles y jugaban a construir un culto casi esotérico, en sintonía con algunos ambientes espirituales que proliferaban en el París de finales del XIX, desde la teosofía hasta el martinismo o los círculos rosacruces. Usaban un lenguaje propio, coqueteaban con el anarquismo, denominaban “iconos” a sus pinturas y cada uno era conocido por un mote: Paul Sérusier fue el Nabi de la Barba Rutilante; Pierre Bonnard, el Nabi muy japonista; Ker-Xavier Roussel, el Nabi bucólico; Félix Vallotton, el Nabi extranjero.
Su obra rompió totalmente con el realismo naturalista y comenzó a introducir el color irracional y a simplificar los campos de color en el lienzo. Algunas de sus obras se acercan peligrosamente a la abstracción y otras a lo que será el cómic. Una de las técnicas que más admiraban era la obra gráfica japonesa, por su síntesis de formas y cómo estas aparecían rotuladas, y el pintor posimpresionista Paul Gauguin era el ídolo de todos ellos. Además, se zambulleron en temáticas costumbristas transformadas en instantes existenciales y sus escenas urbanas, casi banales, ponían el foco en aquello que la pintura nunca había mirado por no ser considerado elevado. Como puede verse, la trayectoria de Vallotton no es la de un pintor cualquiera que se dedicaba a copiar en el Louvre.
Copiar, replicar, subvertir
El alto precio que ha alcanzado la copia de La Gioconda se debe a la trayectoria del pintor y sobre todo al influjo que adquirió durante el siglo XX la obra de Leonardo. Sobre todo, después de su robo del Louvre en 1911. “Si la palabra obra maestra tiene algún sentido, es sobre todo atribuible a La Gioconda”, escribió entonces Vallotton en La Grande Revue, al hablar de la influencia que aquella obra había ejercido sobre él. La noticia del robo recorrió el mundo entero y transformó el retrato en la obra de arte más conocida del planeta.
Desde entonces han sido muchos los artistas que han regresado al icono para rendirle homenaje, apropiarse de su aura o simplemente jugar con él para cuestionar a la propia historia del arte. Una de las reinterpretaciones más conocidas fue la que hizo Marcel Duchamp titulada L.H.O.O.Q. (1919). El nombre es acróstico fonético que podría traducirse del francés como “elle a Chad au cul» (ella tiene el culo caliente). En este ready made Duchamp se limitó a tomar una tarjeta postal que reproducía el cuadro y le pintó un bigotito.

Thirty Are Better Than One, 1963, Andy Warhol

L.H.O.O.Q., 1919, Marcel Duchamp
Warhol también hizo varias versiones del cuadro. El artista que mejor trató la idea de icono contemporáneo regresó al retrato de la Mona Lisa para seguir rizando el rizo. La obra más representativa de esa serie fue Thirty Are Better Than One. Igualmente, el pintor colombiano Fernando Botero tiene la suya, regordeta y titulada Mona Lisa, Age Twelve (1959) que forma parte de la colección del MoMA. Por su parte, el pintor francés Fernand Léger pintó La Mona Lisa con llaves (1930), desordenado la original con estilo cubista y algo de collage visual en el que se superponen referencias psicológicas.
Cuando Leonardo pintó el retrato de aquella joven mujer de 24 años probablemente nunca imaginó que llegaría a ser la obra más representativa de la historia del arte. Las colas que se forman hoy en la sala del Louvre donde está expuesta podrían ser el resultado de una hipnosis colectiva, pero también son consecuencia de una construcción cultural que va más allá de la popularización comercial y simbólica de ese retrato. No sólo el vulgo la aclama, también los grandes pintores se han rendido a sus pies.
El enigma de su mirada y ascendencia mística sintetizan perfectamente el misterio casi indescifrable que contienen las obras de arte. Una energía que, como ha sucedido con la copia de Vallotton, es capaz de multiplicar su valor económico exponencialmente.