TLAXCALA
En Tenancingo, México, la prostitución es, más que un negocio, una aterradora forma de vida. Las autoridades niegan la magnitud del problema, pero allí los niños crecen queriendo ser ‘chulos’ y hay familias que entregan a sus hijas para la trata cuando aprenden a andar. Viajamos a la capital de la esclavitud sexual.

Louise Callaghan / XL Semanal
El proxeneta estaba sentado en una silla de plástico, sudando, junto a un patio oscuro, mientras la música del festival entraba por las ventanas. Era la p rimera vez que hablaba con alguien de lo que había pasado entre esas cuatro paredes y estaba nervioso.
Contar la historia de Tenancingo, el pequeño pueblo que es el centro neurálgico de la industria del tráfico sexual en México, es peligroso. Los ‘padrotes’, que es como se conoce allí a los proxenetas, llevan décadas dirigiendo la ciudad y ganando millones con la venta de mujeres y niñas. Pero Santiago había decidido hablar –aunque nos pidió que no utilizáramos su nombre real– y elegía cuidadosamente sus palabras, tratando de hacernos entender cómo funcionan las cosas en Tenancingo. «Una mujer –dijo finalmente– ya está vendida desde el momento en que nace».
Tenancingo se encuentra en el pequeño y empobrecido estado de Tlaxcala, a unos 100 kilómetros al este de Ciudad de México. Los hombres de la ciudad recorren el país en busca de víctimas desde los 11 años hasta los veintipocos. Niñas o chicas jóvenes y vulnerables a las que deslumbran con atenciones, obsequian con dinero –a ellas y a sus padres– y les prometen una vida mejor.

Después se las llevan y pasado un tiempo las obligan a prostituirse. En ese punto, las chicas ya no pueden escapar: están atrapadas. Sus familias, explica Santiago, «son amenazadas e intimidadas. A menudo, los captores las dejan embarazadas para poder retener a sus hijos como rehenes».
Sin embargo, según Santiago, ahora este modus operandi está cambiando… a peor. En los últimos años, el Cártel de Jalisco Nueva Generación (CJNG) se ha entrelazado con la industria del tráfico sexual de Tlaxcala y exige más ingresos. Como consecuencia, los ‘padrotes’ de Tenancingo, expertos en captar y manipular a las niñas, se han vuelto aún más brutales y cada vez hay más secuestros.
De mayor quiero ser ‘padrote’
En las zonas pobres de México, un número cada vez mayor de mujeres y niñas están siendo arrancadas de sus familias y traficadas hacia la esclavitud sexual por los ‘padrotes’. Las autoridades locales, que afirman que el problema no existe, son cómplices de lo que ocurre, según al menos una docena de fuentes con conocimiento de la situación.
Cuando las niñas ya no pueden generar dinero para sus captores, cuando son demasiado mayores o están destrozadas; cuando se quedan embarazadas de la persona equivocada, de repente… «desaparecen».
«Tres años es lo que da beneficios», nos dijo Santiago, y añadió: «Por eso hay tanta gente desaparecida, creo».

Esta primavera viajamos a Tenancingo para sacar a la luz las profundidades de la industria del tráfico sexual en esta parte de México. Los lugareños suelen impedir que los periodistas visiten la localidad, pero aprovechando el carnaval anual como tapadera hablamos con más de una docena de fuentes de la zona, desde un proxeneta hasta un policía corrupto, pasando por antiguos funcionarios, abogados, refugios para mujeres y familiares de las víctimas.
Tenancingo es una localidad en la que, durante décadas, la economía y la cultura locales han girado alrededor del tráfico sexual. Mientras atravesábamos la ciudad en coche, Alejandro, un antiguo alto funcionario local, me señaló las casas de los proxenetas: mansiones ostentosas decoradas con torretas, rematadas con estatuas de águilas y coronas, que eclipsaban a los achaparrados edificios de cemento que las rodeaban. Frente a una de las mansiones, aparcado en la calle polvorienta, había un Lamborghini de color verde brillante. «En todas las familias que viven aquí hay un proxeneta», nos contó Alejandro: «Pregunta a cualquier niño de por aquí qué quiere ser de mayor y te dirá que quiere ser padrote».
Cuando las niñas ya no pueden generar dinero porque son demasiado mayores o están destrozadas, o cuando se quedan embarazadas de la persona equivocada, de repente… desaparecen
Marisol Flores, directora del Centro Fray Julián Garcés, que trabaja para prevenir la trata de personas en Tlaxcala, explica que el negocio del tráfico sexual comenzó en esta zona en los años cincuenta y sesenta, a medida que el país se industrializaba y los hombres de Tlaxcala se trasladaban a ciudades de todo México para trabajar en fábricas. Allí descubrieron cómo se explotaba a las mujeres en la industria del sexo y se dieron cuenta de lo lucrativo que podía llegar a ser: «Mucho más que trabajar como jornalero o en una fábrica». Cuando la migración masiva de México a Estados Unidos creció durante los años noventa, los hombres de Tlaxcala exportaron el sistema de los ‘padrotes’ también al otro lado de la frontera, especialmente a Nueva York.
«Estamos hablando de generaciones de [‘padrotes’]», explica Yeny Charrez Carlos, una abogada de Tlaxcala que ha trabajado extensamente en estos casos y que considera que la cultura del proxenetismo está arraigada en la ciudad tanto entre hombres como mujeres, ya que algunas de ellas están involucradas en el negocio seleccionando a las chicas que se convertirán en víctimas de la trata.

Camila, una agente de policía de Tenancingo, lleva más de una década en el cuerpo y ha sido testigo de cómo los ‘padrotes’ se fijan en mujeres a las que saben que pueden doblegar. «Buscan un perfil concreto y son muy buenos identificando a las que tienen una autoestima muy baja o necesitan algo». Los hombres seducen a las víctimas con muestras de cariño y promesas de una vida juntos, explicó la agente. Luego, en algún momento, simulan una crisis, fingen estar enfermos o endeudados, y le dicen a la mujer que la única forma de salvarlos es ganando dinero mediante la prostitución. Una vez que ella da el paso, la chica queda atrapada. «Son auténticos profesionales», explica Camila.
Ella también cree, como Santiago, el proxeneta, que muchos están ahorrando tiempo y dinero llevándose a las mujeres directamente de sus familias y abandonando el periodo de captación.
«Las secuestran, o bien los padres de estas zonas pobres las intercambian por una botella de vino o un saco de comida», añade Camila.
El centro de distribución está en Ciudad de México. «Allí se seleccionan a las que podrían gustar a los europeos o a los del norte. Lo llaman ‘la carnicería’. Porque ahí es donde seleccionan la carne»
Santiago nos contó que, cuando secuestran a una chica, suelen mantenerla escondida en México durante unas semanas por si se emite una alerta de persona desaparecida y las autoridades la buscan. Luego la llevan a Tijuana o a alguna de las otras ciudades fronterizas del norte durante un mes, y allí la obligan a prostituirse. «A veces piden un rescate [a la familia], pero nunca la liberan», dijo. El centro de distribución antes de que las chicas sean enviadas al extranjero está en Ciudad de México, nos contó. «Allí es donde seleccionan a las que podrían gustar a los europeos o a los [mexicanos] del norte. Lo llaman ‘la carnicería’. Porque ahí es donde seleccionan la carne».
Después de eso, dijo, a las víctimas se les proporcionan visados y pasaportes falsos y se las sube a aviones, o se las pasa de contrabando por la frontera hacia Estados Unidos. Según Santiago, la ofensiva del presidente Trump en la frontera sur no ha tenido ningún impacto en el trabajo de los traficantes.
En los últimos años, el Cártel de Jalisco se ha involucrado cada vez más en el negocio y lo ha vuelto más brutal. Camila, la agente de policía, nos contó que hoy alrededor del 30 por ciento de las mujeres y niñas víctimas de la trata que salieron de casa en manos de los ‘padrotes’ están «desaparecidas».

En México hay más de 130.000 personas desaparecidas, muchas de las cuales se cree que han sido secuestradas o asesinadas por grupos del crimen organizado. Cada día, una media de diez mujeres y niñas son asesinadas en México, según datos del Gobierno. La presidenta Sheinbaum se ha comprometido a tomar medidas enérgicas contra el feminicidio, pero sus detractores afirman que no ha destinado fondos suficientes a ello. Y, en Tlaxcala, la gobernadora Lorena Cuéllar ha negado rotundamente que exista un problema de trata con fines sexuales, alegando que «ya no existe». Sus críticos sostienen que está intentando ocultar la magnitud del problema.
En Tlaxcala, nos reunimos con un exfiscal local que nos explica hasta qué punto llega la corrupción que posibilita ‘el negocio’. Según él, muchos funcionarios prefieren ignorar el problema, porque si lo sacan a relucir tendrían que hacer algo al respecto. Otros se beneficiaban de él. Los fiscales que sí intentan condenar a los traficantes, dijo, carecen de recursos. La corrupción impregna todos los niveles de la autoridad.
Camila, la agente de policía, tiene relación con los proxenetas. Creció en Tenancingo y su familia está involucrada en el comercio sexual. Gana poco más de 100 euros a la semana, lo que no le alcanza para vivir. Y, como muchos otros, hace la vista gorda ante lo que ocurre en su ciudad. «La Policía, a todos los niveles, está muy entrelazada con la delincuencia», dijo.
Aunque las autoridades locales no han logrado llevar a juicio a los traficantes, los jueces de Nueva York sí han encarcelado a varios hombres de Tenancingo por traficar con mujeres hacia Estados Unidos. En México, sin embargo, siguen actuando con impunidad.
En una cafetería de Puebla, una ciudad a solo unas horas en coche de Tenancingo, Mariana Wenzel –directora y cofundadora de Anthus, una organización que trabaja para prevenir y combatir la trata de personas– afirma que desde la pandemia ha observado un aumento de chicas obligadas a entrar en la industria del sexo por sus madres, en connivencia con los proxenetas. «En Tlaxcala está cultural y socialmente aceptado, pero ocurre en todo México».
En el refugio que Wenzel dirige en Puebla, el único de la zona, Mitzi Cuadra Urbina –la directora– dijo que las jóvenes y las niñas que acudían a ella a menudo no se daban cuenta al principio de que habían sido víctimas de la trata de personas. La prostitución está tan arraigada culturalmente que algunas adolescentes creen que se han metido por elección propia, con la intención de ganar dinero y salir de ahí rápidamente.
«Es una fantasía –añadió–. Pero aquí el sistema de proxenetismo ha calado muy hondo en la psique de las niñas».
Cuando llegamos al centro, en la planta de abajo encontramos un grupo de chicas rescatadas de la esclavitud sexual –la más joven tenía 13 años–, jugando con el ordenador y charlando. Se encogieron cuando entré en la habitación, claramente asustadas, y no pude hablar con ellas. Pero sí logré hablar con alguien cuya familia hubiera sido blanco de los ‘padrotes’. Tras semanas de intentos conseguí contactar con Irma, cuya hija Estrella (ninguno de los nombres es real) fue captada, seducida y luego esclavizada por un hombre de Tenancingo.
Estrella tenía 18 años cuando conoció a Francisco. Él parecía encantador, tranquilo y serio. Se enamoró y él le prometió una vida estable. Pero en el momento en que Estrella dio a luz a gemelos, todo cambió. Dejó de ver a su madre, Irma, pero ella luchó por llegar a su hija. Cuando al fin consiguió verla, parecía triste y cansada.
Más tarde, Irma descubrió que Francisco había obligado a Estrella a prostituirse mientras aún se estaba recuperando del parto. Los hijos de Estrella habían sido llevados a casa de los padres de él en Tenancingo, y a ella solo le permitían verlos una vez al mes. «Me dijo: ‘Vas a trabajar como prostituta. Si te niegas, no volverás a ver a los niños y tu madre también lo pagará’».
Tres años le costó a Estrella atreverse a decirle a su madre lo que estaba pasando. A pesar de las amenazas, la abuela encontró un abogado, rescató a su hija y, tras una larga campaña, recuperó a sus nietos. Francisco fue condenado finalmente a 25 años de prisión en Ciudad de México. La madre cree que en Tlaxcala nunca habría sido llevado ante la justicia.
Tanto Irma como Estrella viven ahora en la clandestinidad en Ciudad de México. Estrella tiene una nueva pareja, y ella y sus hijos son felices. Sin embargo, Irma seguiría alzando la voz. «Mi hija fue muy explotada, y creo que todo ese dolor, esa rabia, es lo que nos hace superar nuestro miedo y nuestra vergüenza y alzar la voz, porque no podemos seguir normalizando este delito. No me quiero callar porque sigue existiendo y seguirá existiendo si dejamos de hablar de ello».