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Dos habitaciones perfectas: así es el taller de la sastrería Saman Amel en Londres | ICON

Dag Granath y Saman Amel hacen trajes atemporales y tienen una idea muy concreta de la belleza. Su cuartel general, lleno de joyas del ‘déco’ escandinavo y diseñado por Halleroed, lo demuestra

Granath y Amel en su taller. Los muebles son de Jackson’s, galería especializada en mueble escandinavo entre 1925 y 1945. Oskar Proctor

Daniel García López / ICON Design

Dag Granath y Saman Amel son muy distintos: el primero es rubio, reflexivo, estudió literatura rusa y economía y el segundo es moreno, decidido, pidió su primera máquina de coser a los seis años y de adolescente quería ser el nuevo Balenciaga. Pero ambos sueltan un “¡ufffff!” cuando algo les gusta mucho: generalmente será un tejido, muy posiblemente azul marino y casi seguro con unas cualidades que solo los dedos de estos dos suecos de 32 años son capaces de percibir. Ellos y el creciente número de admiradores de su firma de sastrería, Saman Amel, que ahora cumple 10 años y se ha establecido como una de las más interesantes renovadoras del vestir masculino.

Probador del taller londinense.Oskar Proctor

Granath y Amel me reciben en su taller londinense, dos habitaciones en un edificio de la elegante Albermarle Street donde toman medidas a sus clientes: “Las citas con ellos son sagradas”, afirma Amel. “Nos las preparamos mucho, son un poco como el diván de Freud”, continúa Granath. “Llegamos a hacer nueve al día. El primero puede ser un profesor, luego el director creativo de una conocida firma de moda sueca, después un abogado y terminar el día con un escritor. Lo interesante es que no creo que ellos sepan que son clientes de la misma marca. Llegan a nosotros desde lugares distintos”. El estilo Saman Amel, para entendernos, es una restauración de la elegancia: propone un universo donde la estridencia y las apreturas nunca existieron, pero no es reaccionario, es decir, está más cerca de la línea ligera del primer Armani que del tradicionalismo estructurado de los sastres londinenses (o madrileños o barceloneses, venidos al caso).

Gag Granath y Saman Amel posan para ICON Design en el probador de su taller en Londres, diseñado por la firma sueca Halleroed.Oskar Proctor

Entonces, ¿cómo es un traje Saman Amel? Generalmente, y a no ser que el cliente indique lo contrario, la chaqueta tiene el hombro un poco caído y, aunque no lleva hombrera, el cuerpo sí está ligeramente armado. El pantalón no es estrecho y cae con la soltura justa. La silueta es “masculina”, explican, pero relajada. Es una pequeña revolución en la escena de la sastrería a medida. “En realidad hacemos algo muy clásico, lo que pasa es que en este mundo a poco que hagas ya eres moderno”, explica Granath. “Esta mañana he vuelto de hacer citas con clientes en Zúrich y uno de ellos insistía mucho en que no quería nada fashion. Y ahí estaba yo, vestido con un polo y una chaqueta azul”, ríe.

En el taller, una obra de Fredrik Söderberg representa el edificio donde se encuentra.Oskar Proctor

Si la ropa de Saman Amel es lujosamente discreta, su taller de Londres es el equivalente a la cancelación de ruido en los auriculares: por un momento desaparecen las plantas de plástico y la tarima sintética de sucursal bancaria de los típicos espacios públicos de la vida cotidiana. Una salita entelada en marrón con espejos y moqueta geométrica en rojo y crema precede al taller, blanco y luminoso y con ventanas a la calle. El probador con cortina semicircular aporta un efecto teatral: es como si estuvieras en el atelier de un grande de la alta costura de entreguerras. “Nos inspiramos en la decadencia londinense, mezclada con influencias como [el decorador inglés] David Hicks y el movimiento Swedish Grace”, explica por email Ruxandra Halleroed, mitad junto a su marido Christian de Halleroed, el respetado estudio que proyectó el espacio.

La antesala al taller está tapizada de ‘moiré’ marrón.Oskar Proctor

Swedish Grace es la versión sueca del art déco, y Halleroed es el estudio al que también suele recurrir Ben Gorham, fundador de la firma de perfumería Byredo (por la que el grupo español Puig pagó 1.000 millones de euros, según cifras del sector, en 2022). El influyente Gorham es, además, cliente y mentor de Saman Amel: todos ellos forman parte de una constelación de empresas y creadores que, con firmas de moda como Acne Studios o Our Legacy a la cabeza, han convertido Suecia en potencia de las industrias creativas. Un fenómeno, además, alimentado por el bum de la nueva economía. Muchos de los clientes que pasan por el cuartel general de Saman Amel en Estocolmo son ejecutivos de empresas tecnológicas que “quieren escapar de esa caricatura del hombre en chanclas que duerme bajo la mesa del despacho. Porque igual quieres tener una chaqueta de cachemir ligera que diga algo más de ti. Que exprese que, por ejemplo, a lo mejor también te interesa el arte”, explica Granath.

Granath y Amel retratados por Fredrik Söderberg.Oskar Proctor

Entre sus clientes también hay hombres que no son necesariamente millonarios, pero necesitan un traje para una ocasión especial y el corte, la calidad y lo agradable de la experiencia le compensa el precio y los viajes. Es el caso de Eduardo M., un arquitecto madrileño de 35 años que acaba de casarse vestido, igual que su pareja, de la firma sueca: “A veces el traje tiene algo de artificio y de rigidez. Buscábamos uno que entendiese el cuerpo y acompañase el movimiento. Es ahí donde, para nosotros, la ropa consigue ser elegante”, razona.

Saman Amel funciona para sus acólitos como un fiable centinela del gusto. “No hacemos nada que no pensemos que tenga sentido o que no vaya a durar”, dicen, incluso si se lo pide un cliente. Granath y Amel defienden un punto de vista concreto frente al tasteslop, ese síndrome exacerbado por las redes sociales, y ahora por la IA, que fagocita cualquier idea estética hasta convertirla en la nada. “Una vez nos dijo Ben Gorham que, más que buen gusto, lo mejor es tener gusto propio”, advierten ellos. Amel habla de un enfoque “filosófico” en el que cualquier compra cotidiana es una decisión importante. “Me gusta retar mi propio estilo. Cuando no tengo suficiente información, investigo. Si voy a meter algo en casa, quiero que sea como si lo comprara por última vez. Tenemos la responsabilidad de ser conscientes de qué consumimos, de dónde viene y cómo está hecho”, afirma. Granath en cambio sostiene que, fuera del trabajo, no tiene “muy buen gusto ni en muebles ni en vinos ni nada de eso. Me gusta desenchufar la cabeza de la estética”, dice casi disculpándose. Me resulta difícil de creer, le digo, y a cambio me enseña su placer culpable: una revista sueca de divulgación histórica. Ambos socios se compenetran. Se conocen desde niños. Juegan al tenis juntos. Y admiten que su preciso criterio estético puede llegar a ser problemático: “Cuando tu mujer te dice que hay que comprar una taza de café, tú respondes: ‘Hay que comprar la taza de café”, ríen.

Junto a la ventana, ‘Singing chef’s suit’, obra de Lap-See Lam. Oskar Proctor

Aunque desde muy jóvenes aspiraban a crear ropa de hombre que no envejeciera, a veces se sorprenden de sí mismos. “El otro día un cliente llevaba puesto el primer traje que nos compró, uno de los primeros que hicimos. Igual la chaqueta era un poco corta y el pantalón un pelo más estrecho que los de ahora, pero pensamos: ‘¡Ah, pues no está nada mal!”, cuenta Amel. Granath concluye: “Para nosotros la idea de la moda como algo que vas cambiando no es muy atractiva. Entendemos mejor a un artista que lleva toda su vida pintando en el mismo estilo pero que cada mañana llega feliz a su estudio. Saman y yo llevamos haciendo trajes 10 o 15 años, pero cuando nos llega algún tejido increíble para una chaqueta azul, nos decimos: ‘¡Ufff! ¿Has visto esto?”.

Fuente: https://elpais.com/icon-design/2026-06-07/dos-habitaciones-perfectas-asi-es-el-taller-de-la-sastreria-saman-amel-en-londres.html

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