El analista del ‘Financial Times’, una de las voces más influyentes en el análisis político y económico internacional, acaba de ser galardonado con el premio del Cercle d’Economia. Afirma que un líder populista incompetente y autoritario puede ser derrotado

Amanda Mars / Ideas
Martin Wolf (Londres, 79 años) es un reconocido periodista británico y el analista jefe de Economía del Financial Times. Hijo de un dramaturgo judío que huyó de Viena a Inglaterra en 1937, echa mano de la historia vivida y estudiada para examinar cualquier acontecimiento presente con un doble efecto aparentemente contradictorio: le sirve, por una parte, como advertencia y, por otra, como antídoto contra el derrotismo. Aunque trabajó como economista del Banco Mundial en los años ochenta y fue miembro de la Comisión Bancaria de Reino Unido entre 2010 y 2011, tras la gran crisis financiera, la mayor parte de su carrera ha estado vinculada al periodismo económico. Desde sus columnas en el Financial Times se ha convertido en una de las voces más influyentes en el análisis político y económico internacional. Autor en 2004 del famoso título Why Globalization Works (Por qué funciona la globalización, sin traducir al español) y más recientemente de La crisis del capitalismo democrático: Por qué el matrimonio entre democracia y capitalismo se está diluyendo y qué debemos hacer para solucionarlo (2023, Deusto), ha visto muchos pilares políticos y económicos tambalearse en las últimas dos décadas. Este martes en Barcelona, a pocas horas de recibir un galardón del Cercle d’Economía de manos del Rey Felipe VI, aborda en una entrevista con el suplemento Ideas los principales riesgos del momento, en especial, el estado de eso que un día definió como un matrimonio: democracia y capitalismo.
Pregunta. Usted diagnosticó hace cuatro años que capitalismo y democracia formaban un matrimonio en crisis. ¿Hoy cómo cree que ha evolucionado todo eso?
Respuesta. En realidad, comencé a escribir ese libro en 2016 a consecuencia de la emergencia de Donald Trump y el Brexit, lo terminé en 2022 y lo que ha pasado después no ha sido ninguna sorpresa, forma parte las tendencias que había en marcha: pensé que Trump seguiría presente y no recibiría ningún castigo. El Partido Republicano ha abrazado lo que los alemanes llamaron en los años 30 el Führerprinzip, que es la idea de que es el líder quien define lo que es la verdad, que deja de ser algo objetivo. Farage es el político con más éxito ahora en Gran Bretaña y los partidos nacionalistas siguen al alza en Europa, aunque es muy buena noticia su derrota en Polonia y Alemania. Hay un trabajo de investigación muy importante del grupo sueco V-Dem, que refleja cómo las democracias liberales van a la baja y las autocracias al alza en el mundo. Así que todo esto que ha pasado es deprimente, pero no sorprende.
P. Ysi mira a Hungría, por ejemplo, ¿cree posible que estemos acercándonos al final de ese ciclo político?
R. Creo que la historia optimista de cara al futuro es que si el sistema electoral aún funciona — aunque sea de forma imperfecta o distorsionada, aunque el Gobierno controle los medios, aunque compre el apoyo de los empresarios…— un líder populista incompetente y autoritario puede ser derrotado, como ha ocurrido en Hungría. Y en Estados Unidos tenemos la esperanza de que el próximo presidente no sea Trump o un exponente del mundo MAGA, que es solo una tercera parte de la población. No es el caso de Rusia o Turquía. Pero yo no creo que el proceso electoral pueda ser corrompido en ninguna de las grandes democracias occidentales, así que eso me da esperanza.
P. ¿Diría que todas las décadas vividas de prosperidad y crecimiento, con el lapso de la Gran Recesión de por medio, han hecho a las sociedades subestimar el riesgo para la democracia?
R. Lo primero que hay que tener en cuenta es que las democracias son algo reciente en la historia, ya que las formas habituales de gobierno han sido las teocracias, las monarquías absolutistas o las plutocracias. Además, las democracias son frágiles, muy vulnerables a los demagogos: cuando las cosas se ponen difíciles y la gente es infeliz, suele regresar a ese deseo humano de un líder carismático. Y lo segundo es que, como decía un amigo mío checo, no es cierto que no aprendamos de la historia, pero se nos olvida. Y no solo eso, la gente que vive esa historia muere, y sus hijos, nietos y bisnietos no saben por lo que lucharon sus antepasados. Ellos ven sus problemas como los peores de la historia y nosotros fallamos a la hora de explicar por qué importa la democracia, por qué es mejor que la dictadura. Me deprime lo rápido que se han aceptado las dictaduras corruptas en algunos países, aunque el lado optimista está en que, cuando esta gente llega al poder, lo hace muy mal y de ahí sí pueden aprender. En definitiva, esto no va de cuanto hemos conseguido en el último medio siglo, esto va de cómo están las cosas ahora.
P. Y en medio de todos estos conflictos geopolíticos, y después de tantos shocks, la economía mundial está mostrando una resiliencia sorprendente. ¿Cree que se nos puede acabar la suerte?
R. Hay dos puntos de vista para este asunto y no tengo claro cuál es el correcto. El primero es que la maquinaria económica que construimos a partir de la Segunda Guerra Mundial es increíblemente dinámica y robusta. Estados Unidos ha impuesto muchos aranceles, pero menos de lo que amenazó, y, a diferencia de los años 30, nadie le ha seguido. La mayor parte de países comercia como antes, así que la política no ha sido tan mala, a pesar de las presiones. Y el segundo asunto es toda la tecnología desarrollada desde la Revolución Industrial, que se está extendiendo en todo el mundo, no solo en Estados Unidos y Europa. Vivimos una revolución no solo de la inteligencia artificial, sino también de energías limpias, nadie imaginaba hace 20 años que la energía solar sería tan barata. Creo que la economía global es resiliente y haría falta algo enorme, una guerra nuclear para terminar con ella. Nuestros políticos son poco impresionantes en su mayoría, pero no tenemos ningún Mao, Hitler o Stalin por aquí. No veo ninguna Tercera Guerra Mundial, estamos sufriendo mucha estupidez y mucho caos, pero podremos sobrevivir al caos.
P. ¿Siente usted que ha migrado hacia posturas más abiertas sobre el gasto social y la intervención de los Gobiernos, desde posturas más conservadoras de hace años?
R. Sí y no. Siempre he sido liberal en lo económico, pero siempre he visto el estado de Bienestar como un pilar necesario para la democracia y la apertura de los mercados, aunque era importante que ese Estado funcionase bien, que no siempre ha sido el caso. Pero la situación se ha complicado en los últimos años, nos hemos convertido en una sociedad más envejecida y, si no queremos inmigrantes, vamos a tener que tomar decisiones muy importantes. La gente que no quiere inmigrantes no está abordando estas decisiones. La economía tampoco se ha desarrollado de la forma que yo esperaba en el pasado, yo no había pensado en cómo se ha producido esta desindustrialización hasta hace 20 años, y pensé que la política democrática lidiar mejor con los efectos de todos los cambios extraordinarios que hemos vivido, sociales, culturales y demográficos.
P. El tópico dice que cada crisis es una oportunidad, ¿está aplicándose esto en la Unión Europea o vamos condenados a escoger villano, Trump o Xi?
R. La Unión Europea afronta una crisis muy seria, en un mundo en el que la UE es una relativa superpotencia en declive, con una presencia muy menor en las industrias del futuro y muy vulnerable al poder coercitivo de China y Estados Unidos, la UE es muy vulnerable. Sabemos muy bien qué debe hacerse, necesitamos una mayor integración y un sistema de decisión más centralizado y más eficiente, pero eso no va a ocurrir porque los políticos están en contra de un cambio radical. No hay líderes como Delors, Mitterrand, Adenauer o Schuman que lo hagan. La realidad es que si Winston Churchill no hubiese sido primer ministro británico en 1940, probablemente hubiésemos firmado la paz con Hitler y este mundo sería un lugar diferente. Estoy muy desesperanzado con la calidad del liderazgo. Yo tenía muchas esperanzas en Emmanuel Macron, que es muy brillante y entendió bien todo esto, pero le seguirá en el puesto alguien mucho peor. Así que pienso que es un momento crucial para Europa, pero no veo ninguna señal de que vaya a responder con la urgencia necesaria.