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Anatomía de las nuevas formas de la guerra | El Mundo

Anatomía de las nuevas formas de la guerra
RAÚL ARIAS

Silvia Román / El Mundo

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, nunca tantos conflictos habían azotado el planeta. Lo confirmó este martes el secretario general de la ONU, António Guterres, mientras precisaba que la violencia no sólo está aumentando en cantidad y en magnitud, sino también en complejidad. «Oriente Próximo, Ucrania, Sudán…», enumeró los escenarios golpeados, antes de hacer inventario de los ‘jinetes del Apocalipsis’ que mantienen al mundo en una encrucijada. A juicio de Guterres, las grandes amenazas serían siete: las guerras, la impunidad, la carrera armamentística, los ataques contra los derechos humanos, la crisis climática, las desigualdades y el impacto de tecnologías como la Inteligencia Artificial.

La complejidad de las contiendas adopta múltiples formatos en nuestra convulsa actualidad. El primer ejemplo lo encontramos en Oriente Próximo, donde los enfrentamientos bélicos se han ido prolongando bajo el espejismo de treguas ficticias. La operación estadounidense ‘Furia Épica’ que dio lugar hace tres meses a la guerra de Irán se ha ido desarrollando a lo largo de las últimas semanas bajo la forma de un falso alto el fuego. Mientras Washington lanzaba ataques, Teherán no ponía la otra mejilla. Las dos capitales han ido intercambiándose golpes mientras negociaban paralelamente para ir extendiendo la frágil tregua. Pero, ¿desde cuándo esta situación no constituye una violación o incluso una ruptura del alto el fuego?

Algo similar ocurre con Israel y el Líbano, ambos bajo una supuesta tregua durante la que Tel Aviv se ha ensañado con Hizbulá y ha avanzado posiciones en el país de los cedros. Así, anteayer, la agencia AP informaba de que tropas israelíes se adentraban en una aldea del sur del Líbano mientras representantes de las partes enfrentadas negociaban en el propio Pentágono.

En Gaza se repite el mismo patrón. Cientos de palestinos han perdido la vida desde octubre, mes en el que se pactó el alto el fuego con Israel.

Otra manifestación de los nuevos rostros del horror se encuentra en nuestro flanco Sur, en África. En el continente vecino, la epidemia del ébola se mezcla con los conflictos, dando lugar a un cóctel de alto voltaje. La República Democrática del Congo está sufriendo el tercer brote más grave de los 17 que ya ha padecido. Más de 250 personas han fallecido y los contagios superan el millar. El país limita con nueve países, entre ellos, Uganda, que hace frontera con la provincia de Ituri, donde la fiebre hemorrágica ha encontrado un peligroso caldo de cultivo y más del 90% de los afectados se concentra en esta región fronteriza. La situación es alarmante. Las autoridades sanitarias carecen de recursos para contener la enfermedad debido a la actividad de grupos armados y al desplazamiento constante de la población. La OMS ha pedido un alto el fuego para facilitar la respuesta sanitaria. El director general Tedros Adhanom Ghebreyesus ha descrito la situación como una «colisión catastrófica entre enfermedad y conflicto».

Rusia cruza el umbral

No es necesario irse muy lejos para seguir encontrando distintas manifestaciones de la guerra. En el caso de los europeos, la amenaza rusa estaba a las puertas, pero, según avanza la guerra híbrida y la zona gris del conflicto se expande, se puede sostener que el conflicto de Ucrania se disputa directamente en el territorio de la UE. Y si no, que se lo digan a los habitantes de Galati, la ciudad portuaria del Danubio, en Rumanía, donde un dron ruso impactó durante la madrugada del viernes sobre un edificio residencial, dejando heridos a un adolescente de 14 años y a una mujer de 53.

Los contornos de la guerra de Ucrania se han vuelto cada vez más difusos, pero la última oleada de acontecimientos constataría la flamante y peligrosa estrategia del Kremlin hacia el continente europeo.

El pasado 14 de mayo, la primera ministra letona, Evika Silina, anunció su dimisión después de que drones ucranianos desviados por Rusia cruzaran el espacio aéreo de Letonia y alcanzaran unas instalaciones petroleras. Los tanques de combustible sobre los que impactaron estaban vacíos, pero la crisis generada en el país báltico por la percepción de vulnerabilidad y la falta de respuesta efectiva acabó precipitando la caída del Gobierno de coalición.

Estonia también ha sido víctima de la guerra electrónica rusa. El 25 de marzo, drones ucranianos fueron arrojados por el Kremlin contra la chimenea de una central eléctrica.

Rumanía, Letonia, Estonia… Pero también Polonia. O Moldavia. Las violaciones del espacio aéreo son constantes y los fragmentos de drones se dispersan ya por una amplia franja de territorio europeo.

Nada es gratuito ni casual. Vladimir Putin pone a prueba a los miembros de la UE, pero también a los socios de la Alianza Atlántica. Rusia obtiene así información de primera mano sobre la capacidad de reacción y paciencia y, lo más importante, sobre el estado de las defensas antiaéreas en el flanco oriental de la OTAN. Todo forma parte de una campaña para lograr objetivos estratégicos sin llegar a una guerra abierta. ¿O acaso no estamos entrando ya en ella?

Fuente: https://www.elmundo.es/internacional/2026/05/30/6a1ae93efdddff03128b4588.html

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