Los Periodistas

Opinión | A los toros lleva algo

Por José Abraham

He pospuesto varias semanas la escritura de esta entrada. Asimismo, auguro que muy probablemente no sea la única que escriba con este título, así que deberán ser identificadas por su fecha de publicación o bien por alguna referencia del tipo: ésta es la primera de ellas.

Igualmente, sé que este tema es uno controversial. En esta ocasión quiero pedirles que, si su postura es una contraria, se abstengan de comentar, en general, y, en especial si son opiniones virulentas, agresivas o incluso ofensivas (aunque si son de éstas, es un hecho que las contemplaré sin asumirme aludido).

La semana pasada, un amigo de mi abuelo tuvo la gentileza de invitarme a comer. Durante nuestra plática, dada la afición de ambos a la tauromaquia, comentamos algunos temas de ésta. Por tal razón es que quise escribir la entrada de esta semana sobre el tema. He deseado hacerlo desde la última o penúltima corrida de toros a la que acudí en la Plaza Jorge “El Ranchero” Aguilar en Tlaxcala, Tlaxcala. Antes de continuar, debido a que fue un punto en el que coincidimos, quiero externar mi reconocimiento a la afición de Apizaco, Tlaxcala, que probablemente sea la mejor en México. ¿Quieren entender la tauromaquia en México? Acudan tanto como puedan a corridas en Apizaco: gente conocedora, exigente y estricta, apegada “al manual” o a los cánones pero también que reconoce, aplaude y agradece la labor del torero (cómo pasar por alto, recientemente, el casi indulto de un toro que lidió Diego San Román).

Haré estos dos breves comentarios. El primero es que mi afición a la tauromaquia, muy posiblemente, derive de que mi mamá acudía a corridas de toros estando embarazada de mí y de pequeño me llevaba a todas las que se pudiera. Así seguí hasta que adopté un perro y, como a varias personas de mi generación, nos alcanzaron e involucramos en postulados progresistas, al menos en la etiqueta, de los que, en su expresión extrema, derivaron las tendencias “woke” que no necesariamente son los planteamientos más integrales, comprensivos y fértiles. Pocos meses antes de cumplir 30 años decidí, como decimos en México, “dejar de hacerme güey” porque, en realidad, el mundo del toro nunca dejó de captar mi atención. El segundo es que resulta importante para comprender a la tauromaquia que ésta tiene como parte esencial y fundamental la lidia del toro y, no obstante, al mismo tiempo la trasciende. Por tanto, puedo comprender que haya gente que diga que en la lidia del toro no hay arte, cultura ni tradición; sin embargo, que planteen que en la tauromaquia no hay arte, cultura ni tradición, es sencillamente idiota, parcial, intolerante y, claro, de desconocimiento incluso doloso en algunos casos. Sobre estos dos puntos, de la misma forma, con casi total seguridad, en próximas ocasiones habré de escribir.

Dicho lo anterior: a los toros lleva algo. ¿Qué? Lo que sea, algo.

Un par de rasgos distintivos de quienes tenemos afición por la tauromaquia es nuestro sentido de comunidad y la generosidad. El compartir es algo muy marcado en una corrida de toros. Compartir sin esperar nada a cambio más que experimentar la sensación de haber compartido algo a alguien. Recuerdo con gran afecto a la señora que se sentó junto a mí en unas corridas de aniversario de la Plaza México que cada día me invitaba algo de lo que hubiera comprado: obleas con cajeta (ese producto me pareció raro), cacahuates y alguna otra cosa. En Apizaco, la pareja que tuve al lado cuando me preguntaron por mis puros, sin ser gente fumadora, y que no obstante disfrutaron del olor de los mismos. En Tlaxcala, el señor que le cedió a mi mamá la cerveza que se había comprado y que no aceptó que le diéramos el dinero que pagó por ella. Yo mismo, también en Apizaco, explicando a la familia sentada atrás de mí las probabilidades del porqué el juez no concedió el indulto al toro que lidió San Román a pesar de la petición del público (ojalá que la persona antitaurina en algún momento se permita experimentar los pensamientos y emociones del indulto, del buen indulto, no como el que inmerecidamente le concedieron a Emiliano Gamero en su última participación en Val’Quirico; un indulto merecido es júbilo y euforia como reconocimiento al torero y al animal). Yo mismo, cuando al regalarle unas fotografías a Pablo Hermoso de Mendoza, reaccionó con una expresión sorprendida y emotiva, y la gente sentada a mi lado, cuando me preguntaron, les conté la historia de esas imágenes.

En fin, de ahí que les invite y sugiera que, si van a los toros, lleven algo. Lo que sea. Una bota de vino, cigarros, puros, de la botana que compren ahí mismo e incluso tan sólo un encendedor. Es muy agradable compartir. Y más si es compartir por el mero gusto de compartir. Eso es de una inocencia infantil. Gozosa y dichosa. Es como cuando un niño de 6 años le pregunta a otro “¿quieres que te preste mi juguete?”. Es la alegría de compartir.


+ OPINIÓN : Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor

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