Los Periodistas

¿Tiene sentido dejar de beber alcohol a partir de los 50 años? | TELVA

¿Te imaginas tomando copas toda la vida o crees que llegará un momento en el que dejarás de beber alcohol? Cada vez más personas reducen su consumo al llegar a la madurez, especialmente a partir de los 50 o 60 años. No siempre se trata de una decisión radical ni de un problema de salud, sino de un cambio progresivo en la forma en la que el cuerpo y la vida cotidiana encajan con el alcohol. Hablamos con una experta en psicología y nutrición para entender por qué muchas personas empiezan a replantearse su relación con el alcohol en la madurez y no antes (o nunca).

Al llegar a la madurez se tiende a beber menos alcohol, y las razones van mucho más allá de lo físico. Getty Images

Quienes consumen alcohol —de forma esporádica o habitual— quizá no se hayan planteado cambiar esa relación hasta llegar a cierta edad, cuando la copa empieza a percibirse de otra manera. Las investigaciones sobre envejecimiento y consumo de alcohol muestran una tendencia clara: bebemos menos cuanto mayores nos hacemos. Un estudio realizado en España con más de 2.500 personas mayores de 60 años observó que alrededor de una cuarta parte modificó sus hábitos de consumo en pocos años, y en la mayoría de los casos la ingesta disminuyó.

Lo curioso es que si preguntas a la población si cree que seguirá bebiendo alcohol en un futuro se entiende por lógico que el factor determinante en ese cambio sea la edad, tanto por dejarlo completamente como por disminuir la cantidad. ¿Es un síntoma más de edadismo? ¿Quizá solo se trata de sentido común?

El patrón lo escenificó recientemente Jesús Vázquez. El presentador, con motivo de la presentación de su nuevo proyecto profesional, aprovechó la oportunidad para hacer una crítica al consumo de bebidas alcohólicas reconociendo que el mismo, a sus 60 años, lo había dejado y había necesitado de ayuda terapéutica para lograrlo: «En diciembre del año pasado tomé la decisión de dejar de beber alcohol. Sé que cuesta. Quiero decirlo: el alcohol es la única droga que es legal, se promociona y se incita desde los medios de comunicación, y se anuncia. Es una droga que mata a mucha gente y es peligrosa. Lo digo por propia experiencia», confesó.

Cuando el cuerpo empieza a marcar límites

Olvidemos por un momento el factor social y quedémonos exclusivamente con la composición de la bebida. Está clarísimo que el alcohol no es saludable. ¿Por qué no lo dejamos hasta llegar a la madurez? «Entre los 50 y 60 empiezan los ‘achaques’ y comienza a ser obvio el impacto real del alcohol en el organismo. Es entonces cuando la gente suele ver que no les sienta bien», explica la psicóloga y nutricionista Sonia Lucena. Según detalla, lo que antes podía pasar desapercibido —dormir peor, sentirse cansado o arrastrar una resaca— empieza a tener más peso. «Antes podían permitirse dormir peor o levantarse cansados, pero luego ya no te repones como cuando tenías 30 o 40 años», añade.

Claro que el asunto trasciende lo fisiológico. Además de que el cuerpo denota cambios en la gestión energética, también la mente cambia su percepción. A medida que cumplimos años, la salud deja de ser un concepto sobre el que teorizar y se convierte en una experiencia cotidiana. Ya no es lo que puede pasar, sino lo que te está pasado. Lo cual también deriva en un cambio emocional. «A partir de los 50/60 cambia algo importante: la tolerancia a sentirse peor», resume Sonia Lucena.

Dormir mal, sentirse irritable o tener menos energía deja de ser asumible como antes. El bienestar diario adquiere más peso que el impacto inmediato de una copa. Y es cuando «muchas personas se plantean si compensa seguir bebiendo tan a menudo», señala la psiconutricionista.

En el caso de las mujeres, además, la menopausia introduce un factor añadido. «Con el cambio hormonal, ya no solo es que muchas mujeres duerman peor, es que tienen más sensibilidad del sistema nervioso», explica la experta. Así, el alcohol tiene un impacto mayor en descanso, estado de ánimo y energía: «Refieren más despertares nocturnos, ansiedad o cansancio al día siguiente».

MÁS EN TELVA

Madrugar para jugar al tenis o inspirarse con la lectura, así son las rutinas de bienestar matutinas que practican las celebrities.Madrugar para jugar al tenis o inspirarse con la lectura, así son las rutinas de bienestar matutinas que practican las celebrities.

Del consumo social al hábito automático

La relación con el alcohol no desaparece, pero sí se transforma. «A los 30 el alcohol suele estar más ligado a la intensidad social: salir, celebrar, alargar planes o seguir el ritmo del grupo», explica Sonia Lucena. En esa etapa el consumo es más impulsivo y con menor percepción de consecuencias. Con el paso del tiempo, el alcohol se desplaza hacia un consumo más rutinario: la copa de vino en casa, el aperitivo o la bebida como forma de desconexión.

Para mucha gente, dejar de beber —o simplemente reducir el consumo— se percibe inicialmente como perder una pequeña fuente de placer. «Es que si no me puedo tomar ni una cerveza ni un vino…». Pero quizá la cuestión no sea lo que se pierde, sino descubrir hasta qué punto el bienestar cotidiano empieza a compensar más que el propio hábito. Reducir el alcohol no siempre implica renunciar al placer o a la vida social. A veces significa simplemente dejar de necesitar una copa para desconectar, celebrar o sentirse parte del grupo.

La ciencia dice que el envejecimiento modifica la relación con el alcohol. A partir de los 50 o 60 años se combinan factores fisiológicos —como una menor capacidad de metabolización y mayor sensibilidad a sus efectos— con cambios de estilo de vida que favorecen la reducción del consumo. «Es un poco de todo», resume la psicóloga y nutricionista. «El organismo responde peor, pero también hay un componente emocional y de prioridades vitales». Empiezas a valorar más el descanso, buscas preservar más y mejor la energía de la que dispones cada día, valoras la estabilidad emocional por encima de un momento desinhibido…

En las generaciones que hoy tienen entre 50 y 60 años el consumo de alcohol está muy presente. A diferencia de las nuevas generaciones, que según las encuestas denotan un consumo inferior de alcohol, los adultos de hoy tienen absolutamente normalizado salir y «tomar algo» con alcohol. De hecho, si no tomas una bebida alcohólica, se percibe extrañamente. «Crecieron en un contexto donde el alcohol estaba muy asociado a la vida cotidiana: vino en las comidas, copas después del trabajo o como símbolo de vida adulta», explica Sonia Lucena.

Quizá por eso hay toda un segmento de la población adulta que no se plantea cambiar su hábito de consumo porque no le resulta nada fácil. No es intuitivo cambiar tu costumbre, menos cuando la sociedad no lo comprende. «Si dices que no bebes puedes parecer la rara o el raro», señala la psicóloga. «Está muy integrado en la forma de socializar».

Cómo cambia todo

Aunque muchas personas no lo plantean como un cambio drástico, quienes reducen o abandonan el alcohol suelen notar efectos relativamente rápidos. «Lo primero que mejora es el sueño», explica Sonia Lucena. A partir de ahí, llega más energía, mejor estado de ánimo y mayor estabilidad emocional. «Muchas personas llevaban años conviviendo con cansancio o ansiedad sin relacionarlo con el alcohol», añade.

También aparecen cambios físicos: menos hinchazón, mejor digestión y, en algunos casos, pérdida de volumen corporal asociado a menor inflamación. «Lo que más sorprende suele ser darse cuenta de lo bien que se sienten», señala la psicóloga. «Pensaban que necesitaban el alcohol para relajarse o socializar, y descubren que no es así». En muchos casos, el hábito pierde fuerza y aparece una sensación inesperada de libertad: «Como si el cuerpo dejara de depender de algo que llevaba años funcionando en piloto automático», resume.

La cuestión es que si empezamos a tratar de alcanzar ese bienestar desde la decisión drástica cuando la costumbre durante décadas ha sido consumir habitualmente, el planteamiento rígido puede provocar el efecto contrario. Lo natural es beber menos paulatinamente, simplemente dándote cuenta de cómo ha sido un día sin alcohol y otro que si. Eso sí, este replanteamiento del consumo no tiene nada que ver con los casos de dependencia. Cuando existe una adicción, pedir ayuda profesional no debería vivirse con vergüenza ni estigma. Igual que alguien busca apoyo médico para dejar de fumar, también puede necesitar terapia para abandonar otro hábito perjudicial.

El cambio suele empezar por la observación: cuándo se bebe, por qué y cómo se siente la persona después. A partir de ahí, la madurez naturaliza la reducción del consumo por inercia, sin que por ello exista la necesidad de eliminarlo por completo. A partir de los 50, con más conciencia plena de la vida en todos los ámbitos, lo lógico es que se vayan dando pequeños ajustes en aquellas parcelas que vayamos considerando mejorables. Y si durante toda tu vida has sabido que el alcohol no es beneficioso pero seguías automatismos sociales, llegan los 50 y consideras salir de esa rueda porque dejas de preocuparte tanto por lo que piensen los demás y mucho más lo que sientes.

En el consumo de alcohol, más que una renuncia, lo que se observa es una transformación progresiva en la relación con la bebida. No siempre hay una decisión consciente de dejarlo, pero sí una acumulación de señales: peor descanso, menor energía, más sensibilidad física y una percepción distinta del bienestar. Y en ese punto aparece una pregunta que resume el cambio generacional: ¿sigue teniendo sentido beber como antes, cuando el cuerpo ya no responde igual y el bienestar empieza a pesar más que el hábito?

Fuente: https://www.telva.com/bienestar/2026/05/16/6a05dde902136e632b8b4574.html

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio