De la extrema pobreza a la opulencia, el heterodoxo de la muleta festeja su longevidad tras una era de valor, cárcel e hijos reconocidos por ley.

Manuel Román / CHIC
De la miseria a la gloria, nacido en la pobreza, siendo muy niño perdió a sus padres. La indigencia familiar lo llevó a buscarse la vida. Conoció la cárcel, soportó la hambruna, hasta que con su arrojo halló en los toros su pasaporte para hacerse millonario, no sin pagar su fama con graves cogidas. Conquistador siempre, especialmente cuando no eran ellas las que iban detrás de él y se metían en su cama.
La historia de Manuel Benítez Pérez, que cumple noventa años el 4 de mayo, está llena de su leyenda en los ruedos, considerado un heterodoxo de la fiesta y un revolucionario, ayuno de arte, pero arrojado con su estilo tremendista con el que llenaba las plazas de muchos seguidores que no habían ido nunca a los toros. Les atraía el valor sin trampa de su figura, creador del ‘salto de la rana’, más propio de toreros bufos o de artistas circenses. «Si yo fuera un imitador de Antonio Ordóñez, no me comería una rosca; en cambio, con lo que yo hago con los toros, lleno las plazas».

Lleva un marcapasos pero aún se atreve con un becerro
Si en su profesión llegó a ser el más famoso de los toreros, su vida fuera de los ruedos no ha dejado de interesar a la gente. ¿Por qué mantiene, estando retirado ya varias décadas, la curiosidad, cuando lo siguen entrevistando en periódicos y televisiones —por ejemplo cuando hace unas semanas le entregaron la Medalla de Andalucía en el día grande de esa Comunidad, la suya, el 28 de febrero—?
Entre los días 14 y 17 de mayo se celebra la feria de Córdoba y el Cordobés ha aceptado el padrinazgo del serial taurino, a la vez que en su honor se han programado varios actos, coincidiendo con su aniversario, y en homenaje a su carrera en los ruedos.
Manuel Benítez sonríe siempre cuando lo entrevistan. Quita importancia al estado presente de su cansado corazón de tantos años. Si en 2022 le colocaron varios stents, fue en julio de 2025 cuando fue intervenido para aplicarle un marcapasos por los problemas circulatorios que padecía con alteraciones en su tensión. En esta primavera asegura estar en perfecto estado. Algunas veces, recordando sus tardes triunfales, se ha atrevido a tentar algunos becerros.
Sus lejanos encuentros con Franco

La biografía de Manuel Benítez consta de pasajes ya harto conocidos, por lo que optamos a condensarlos lo máximo posible. «No conocí a mis padres, pues yo era muy chico cuando murieron», le contaba a Juan y Medio en una entrevista en Canal Sur. «Éramos cinco hermanos, pasábamos hambre y a mí me daban de comer guardando cochinos en una finca». En Palma del Río, su pueblo natal, lo conocían por el mote de su padre, el Renco, que era un campesino perseguido por rojo tras la guerra. No sabiendo salir de la pobreza, Manuel pensó ser torero, saltando las alambradas de ganaderías cordobesas y dando trapazos a novillos a la luz de la luna. Perseguido por los mayorales, dio con los huesos en la cárcel local más de una vez. Robaba gallinas que llevaba a su pobre vivienda, y ese día comían caliente en casa.
Cuando se despedía de la adolescencia, no encontrando medio de subsistencia en su pueblo, dio el salto a Madrid en un tren de mercancías; el mayor de sus hermanos vivía allí, tampoco iba a ser de gran ayuda, Manuel se las compuso para ganarse el cocido como aprendiz de albañil. Pensó en irse a Francia, a la recogida de remolacha. La fila en la que esperaba era larga y no le alcanzó para ser elegido. Desesperado, una tarde dominguera se lanzó al ruedo de Las Ventas como espontáneo. No tenía ni idea de dar un simple pase. Se tiró quince días en chirona.
En ese su vagabundeo en Madrid de finales de los años 50 conoció a Rafael Sánchez Pipo, que se había hecho rico en la posguerra vendiendo marisco. Amigo de Manolete, quiso hacer de Manuel Benítez un torero de época. Le costó, porque este carecía de los mínimos rudimentos taurinos. Y eso quedó en evidencia cuando el Pipo, audaz, hizo gestiones para montar un festejo en una plaza portátil en El Pardo, con carácter benéfico, en la creencia de que asistiría el jefe del Estado, como así ocurrió. Los becerros que hubo de finiquitar le dieron a Manuel una paliza. En el palacio de El Pardo se celebró acto seguido una merienda. Manuel, avergonzado, se quedó meditando en un rincón. Hasta él se le acercó Franco: «¡No estés triste, si has estado muy valiente…!». Desde aquel día, Benítez se sintió cercano al dictador, aun a sabiendas de que fueron los franquistas quienes encarcelaron a su padre por su filiación política.
Ya siendo famoso, el Cordobés pudo brindarle un toro en la corrida de Beneficencia de 1964, y cuando después subió al palco para cumplimentarlo, le dijo: «Excelencia, usted y yo somos los dos que mandamos en España». Lo invitaron a varias cacerías y el general tomó imágenes del torero con la escopeta con su cámara de súper 8. También en una finca de los condes de Argillo, padres del marqués de Villaverde, acudió en la despedida de fin de año, donde libó más de la cuenta y terminó apoyándose en doña Carmen Polo. Ya no lo invitaron más, claro.
En aquellos años a Manuel Benítez le gustaba María del Carmen, la nieta del caudillo, aunque nunca se atrevió a ‘tirarle los tejos’, muy a su pesar.
La boda

Los trajes de luces siempre han atraído a las damas, jóvenes y maduras. La fama de el Cordobés le supuso conquistar a muchas mujeres, cuando no eran ellas las que pugnaban por acercarse al torero.
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No tenemos datos de muchas de aquellas muchachas que estuvieron en sus brazos. Sí de la primera mujer que acabó siendo su mujer tras unos años de convivencia: la francesa de Biarritz Martina Fraysse Urruty, nacida en 1945, hija de un arquitecto que la llevó a presenciar una corrida por primera vez a la plaza de Bayona, Francia. Quedó fascinada contemplando torear a Benítez. De vacaciones en Madrid en 1964 acudió a la Monumental la tarde que el Cordobés fue cogido gravemente, cuando era la fecha de su confirmación. Fue a verlo uno o dos días después al hospital. Primer acercamiento de una pareja que luego iniciaría un apasionado noviazgo. Tuvieron una hija, Maribel, cuando ya llevaban un tiempo de convivencia, sin prisas ninguno de los dos por casarse. La tarde en la que Benítez regresaba a Córdoba desde Madrid en su avioneta, tras asistir al entierro de su padrino Antonio Bienvenida, tuvo un repentino deseo: casarse lo antes posible, pensando tal vez que él podría perder la vida sin haber arreglado legalmente su situación de pareja, sobre todo pensando en su hija.
La boda religiosa del torero con Martina —a la que en el círculo de Benítez apodaban la Pantera— tuvo lugar el 11 de octubre de 1975 en el Santuario de Nuestra Señora de Belén, en Palma del Río. El matrimonio tuvo cuatro hijos: Manuel María, Rafael, Martina y Julio. Los dos últimos varones tuvieron sendos padrinos especiales: Raphael y Julio Iglesias. Ambos han sido muy amigos del matador de toros. De esos descendientes, Rafael y Julio han sido los únicos en probar suerte en los ruedos; el primero se desengañó pronto y, en cuanto al otro, tomó la alternativa y continúa haciendo paseíllos, pero su carrera ha sido muy discreta.
La muerte del hijo de una americana
Las aventuras extramatrimoniales del diestro no cesaron hasta muy avanzado el pasado siglo. Una de ellas podría haber sido argumento de una película —él fue protagonista de dos, Aprendiendo a morir, en 1962 y Chantaje a un torero, de 1963—. Surgió cuando una joven americana llegó con su madre a Córdoba hospedándose en el hotel propiedad de el Cordobés. Aquella, una morena atractiva de sinuosas curvas. Era evidente que deseaba llegar hasta él. No tardó mucho en encontrarlo. Y Benítez «entró al trapo». Unos meses después ella y su madre regresaron a Miami, su residencia. Alina, que así se llamaba, estaba embarazada. Dio a luz en el estado de Florida. Registró al varón que tuvo con sus apellidos. Si le comunicó a Benítez o no haber sido madre, él no reaccionó. Estaba acostumbrado a noticias parecidas, falsas o quizás ciertas.
El caso es que Alina regresó un día a España con ese niño que aseguraba era fruto de sus relaciones con el Cordobés. Llegó hasta él, quien no quiso reconocerlo. Lo persiguió allí donde toreaba. Y en la prensa del corazón fueron frecuentes los reportajes de la norteamericana y su vástago. Yo mismo publiqué en Semana la biografía de Alina, quien decía ser profesora. Para no hacer extenso el relato, digamos que en mayo de 1988 un juez dictó sentencia a la demanda de Alina y al no acceder Benítez a prestarse a una prueba de ADN, Manuel Velasco pasó a llamarse Manuel Benítez y por tanto hijo legítimo del torero. Recurrió este y la causa dio un giro total. Cuando Alina hubo de presentar pruebas de que su hijo llevaba la sangre de el Cordobés, aportó fotografías del susodicho, resultando que una de ellas en concreto era de Maribel, la hija de Manuel y Martina. El juez pidió siete meses de prisión para esa madre y una multa de doscientas cincuenta mil pesetas. Huyó de España Alina y su hijo y ya no volvió más.
Aquel presunto hijo de el Cordobés se convirtió en actor de series cutres de televisión en Miami. Fracasó. Se dedicó al trapicheo de drogas. Malvivía con una joven, Stephanie Spears, con la que tras ocho años de convivencia tuvo un hijo de tres; hasta que un día, con un objeto contundente, acabó con la vida de su pareja. Buscado como criminal por el FBI, la policía lo encontró en un pueblo cerca de Los Ángeles, donde iba con su hijo. Acorralado, se enfrentó pistola en mano a los agentes que lo perseguían, muriendo en el acto aquel 23 de diciembre de 2008, en tanto el pequeño era entregado a los servicios sociales. Ignoramos si Manuel Benítez conoció entonces la trágica historia; imaginamos que tarde o temprano ya la sabría.
El divorcio y emparejado con una mujer que le había robado

El Cordobés se retiró oficialmente de los toros mediada la década de los 70, pero volvió en varias ocasiones, urgido por presiones de los empresarios de las más importantes plazas y también porque necesitaba efectivo para emprender más negocios. Subió el precio de sus actuaciones: un kilo de billetes verdes. Alguien los pesó y, efectivamente, sumaban un millón de pesetas, lo que ninguno de sus colegas cobraba ni en sueños.
Continuó por temporadas, una de ellas junto a Palomo Linares, que lidiaban en plazas portátiles. Luego de esa fructífera experiencia mantuvo su cartel, aunque ya acercándonos al nuevo siglo el ‘salto de la rana’ lo prodigaba menos porque ya no llevaba tanta gente a las plazas como en las décadas de los 60, 70 y 80. Había matado alrededor de mil quinientos toros. Y su fortuna en el 2000 se estimaba en veintitantos millones de euros.
Dedicado a sus negocios de siempre, compraventa de fincas y otras propiedades, con empresas relacionadas con la ganadería y la agricultura, entre otros diversificados negocios, transcurría su vida, matando el gusanillo del toreo lidiando algún becerro ya siendo octogenario en su propia placita de Villalobillos.
Llegó 2016. Manuel pasaba más tiempo en alguna de sus fincas que en su piso de Córdoba, que es donde su esposa, Martina, lo compartía con sus hijos solteros. Ya la convivencia con Manuel se había agriado. Y fue entonces cuando sorprendentemente nos enteramos de su divorcio tras cincuenta y dos años casados. Repartió su herencia entre su descendencia y a Martina, muy generoso, le dejó además del piso otras propiedades y dinero suficiente para tener resuelta su vida futura.
Para entonces, el Cordobés se había juntado, como se decía antiguamente, con una paisana a la que conocía de muchos años atrás: María de los Ángeles Quesada, veinticinco años menor, hija de uno de los picadores de la cuadrilla del torero. Viven desde entonces en el campo, que es donde él se ha sentido más a gusto, cuidando su ganadería y sus cultivos. Lo insólito en este emparejamiento es que ella, en el año 1982, se introdujo con un delincuente en una de las fincas de el Cordobés, La Mata, llevándose cien mil pesetas y un puñado de joyas. Denunciada por Benítez, la pareja acabó enjaulada en la cárcel de Lora del Río. Pasado un tiempo él la perdonó e iniciaron su vida en común, que continúa, olvidando ambos aquel robo.
Los reconocimientos de un hijo y una hija

Hacía años que en las revistas del corazón y las tertulias rosas de la televisión se contaba a menudo que un torero nacido en una clínica madrileña se anunciaba también como el Cordobés. Era Manuel Díaz, que llevaba los apellidos de su madre. Sobre el padre había sospechas acerca de su identidad, pero su parecido físico lo señalaba como Manuel Benítez. Negaba este ser su progenitor. Transcurrieron años y años con la cantinela del presunto hijo: «Yo solo quiero abrazarlo nada más y llamarlo padre». Su madre, una modesta mujer andaluza llamada María Dolores Díaz González, se lo había jurado siendo él apenas un mozalbete: «El Cordobés es tu padre». Benítez había conocido en casa de unos amigos a una criada que llamó su atención. Con su arte para camelar, acabó en la cama con aquella mujer que, en efecto, se había quedado embarazada de el Cordobés.
Un abogado especialista en descubrir paternidades consiguió probar ante un juez que Manuel Díaz era hijo de Manuel Benítez. No se presentó este a las pruebas de ADN y en 2016 se dictó sentencia favorable al demandante. Tras unos años sin que el Cordobés padre diera el paso de abrazar a su hijo, llegó ese día. Parece ser que Martina, ya la ex de Benítez, es quien se oponía a tal reconocimiento, en tanto la actual pareja de el Cordobés sénior, María de los Ángeles Quesada, tuvo mucho que ver con ese feliz reconocimiento que todos los medios informativos recogieron en imágenes emotivas.
Seis años atrás, en 2000, Mari Ángeles Raigón Carreras, nacida en 1969, era también reconocida como hija de Manuel Benítez Pérez tras un largo proceso judicial, como el que acabamos de relatar. Vivía en Barcelona, trabajadora en un servicio público de emergencias en Andalucía y propietaria luego de un bar en el centro de Córdoba. Que sepamos, no se conoce públicamente ningún encuentro entre padre e hija.