Los Periodistas

Un café y un cruasán: dos de los artefactos culturales más potentes de la historia del mundo contemporáneo | El País

Algunos viven entregados a alimentar el cognitivo puro y a ensalzar los batidos proteicos, los alimentos con superpoderes, mientras late el desprecio por el placer de sentarse a la mesa

Ruth Benito / Getty Images

Maria Nicolau

Son las seis de la mañana y me levanto sola en una cama que no es mía. Estoy en París por trabajo, en casa de un editor francés que me cede su apartamento para pasar la noche. En cuatro horas cojo el avión de vuelta a casa. Me he lavado la cara y los dientes a la luz de una lamparita. Voy a la cocina. Desde la otra punta del pasillo, un gato negro y gordo, de nombre Claude, me observa. Abro cajones y armarios. Trato de situarme. No encuentro café por ningún lado.

La nevera está prácticamente vacía. Dentro no hay más que una manzana, una remolacha, salsa picante fermentada y pepinillos en vinagre. Debajo del fregadero hay un carrito repleto de tarros y sobres abiertos de especias, curris, tés y condimentos. Huele a polvo y al óxido de los contenedores de carga de los grandes barcos chinos del puerto. En un estante, muesli ecológico de tres tipos. Encima de una mesita, una “Instant Pot” hermética, electrónica. Salgo de la cocina y choco con una pequeña repisa donde espera un frasco de píldoras de “performance cérébrale” para mejorar las capacidades mentales. Dos al día aumentan la concentración y dan estabilidad cognitiva, dice el fabricante.

Enmarcada en un cristal fino, presidiendo un pequeño salón, encima de un potus, una cita: “Es posible que el libro sea el último refugio del hombre libre. Un libro bello, este templo del individuo, es la acrópolis donde el pensamiento se parapeta contra la plebe”, de André Suarès (1868–1948), uno de los cuatro grands solitaires de la Nouvelle Revue Française. Fue famoso por su visión profundamente aristocrática del pensamiento. Defendía con beligerancia la figura del genio innato, del individuo excepcional imbuido de misticismo, y creía que la cultura auténtica, la alta, era obra de una minoría separada, erudita y contraria a las masas informes, al rebaño. Para Suarès, el libro es el receptáculo de la mente superior y la trinchera contra las masas.

El editor francés y Suarès comparten el ideal del asceta contemporáneo que cristaliza en esa nevera vacía y esa ausencia de sartenes y cucharas de madera. Ambos viven entregados a alimentar el cognitivo puro, la fantasía de la mente optimizada atrapada en un cuerpo que es lastre, que estorba. Desde aquí, comer es una cuestión estrictamente nutritiva, y vivir, un camino de desmaterialización de la experiencia humana que lleva, en última instancia, a prescindir del cuerpo.

Hoy, esta corriente de la aristocracia del espíritu sigue viva y en plena forma. Aflora donde confluyen el ecosistema cultural de los tecnócratas de Silicon Valley, que sueñan con poder implantar un día sus conciencias inmortales en cyborgs, y el universo de los influencers de la longevidad, los adalides de los batidos proteicos, los alimentos con superpoderes, y los descendientes nutricionísticos de la saga de Soylent. En ellos late el mismo desprecio por el placer sensorial, por la comensalidad, por el cuerpo y todo lo táctil, papilar, piloso y oloroso, social y cultural, que tiene el comer. Suyo es pensar que tanto da arroz con pollo que paella.

Llevada al extremo, o dejada a su aire (que es el aire del mercado que se autorregula), esta utopía nos dirige a un futuro en que todos los seres humanos nos alimentamos a base de pienso. Esto no es ciencia ficción, sino plenamente factible. Tenemos la Inteligencia Artificial. Tenemos a montones de expertos en nutrición. Tenemos los centros de producción, la mano de obra, la tecnología y las redes de distribución.

Con un algoritmo que combine edades, historiales médicos y vidas laborales, la industria alimentaria puede fabricar un preparado óptimo para cada uno de nosotros: uno para taxistas de más de cincuenta con problemas de varices, otro para corresponsales en Washington de treinta y dos, otro para adolescentes que entrenan al balonmano dos veces por semana y tienen partido los sábados. Elaborados a partir de las variedades comerciales más productivas cultivadas a escala global, estos preparados, por una mera cuestión de simplificación de procesos y volumen de negocio, podrían llegar a resultar baratísimos para el consumidor y altamente rentables para el productor.

Y no nos haría falta ni cocinar, ni ir a comprar, ni preparar fiambreras ni fregar cacharros. Bastaría con llevar siempre la receta personalizada en el móvil y pasar por la farmacia cada quince días a recoger el preparado correspondiente, elegir entre sabor a ternera con guisantes, mejillones en escabeche o yogur de piña, y listos. Obviamente, cosas como la tensión alta o la diabetes serían erradicadas. Podemos suponer que viviríamos 120 años, o más, con unos niveles de colesterol y potasio impecables. Podemos suponer también que los viviríamos con ganas de morirnos.

Finalmente, desisto de buscar una cafetera en esta cocina. Cojo la copia de las llaves que el editor me ha dejado en la mesilla, y el abrigo, y bajo a la calle, con el pelo arrebujado en un moño, en busca de algún café abierto. Pido un café y un cruasán, dos alimentos nutritivamente inútiles, pero dos de los artefactos culturales más potentes de la historia del mundo contemporáneo.

Fuente: https://elpais.com/gastronomia/2026-04-24/un-cafe-y-un-cruasan-dos-de-los-artefactos-culturales-mas-potentes-de-la-historia-del-mundo-contemporaneo.html

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio