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Barcelona y el Quijote, un amor no correspondido: «Cervantes debería ser un referente continuo» | La Lectura

La derrota del Quijote en la playa de la Barceloneta pone fin a sus aventuras. Aunque Cervantes hizo de Barcelona la primera ciudad literaria, su presencia en las calles es residual: ninguna escultura ni monumento le reivindica. Carme Riera, experta cervantina, lamenta ese «absoluto desconocimiento»

Don Quijote y Sancho Panza en la playa de Barcelona, donde el hidalgo es derrotado por el caballero de la Blanca Luna. GRABADO DE GUSTAVE DORÉ

Vanessa Graell / La Lectura

En los campos de la Mancha, entre molinos de viento que confunde con desaforados gigantes, don Quijote comienza su andadura, ebrio de la épica de las novelas de caballerías. Y la termina en la playa de Barcelona, derrotado por el Caballero de la Blanca Luna. Pero son pocos -académicos y letraheridos básicamente- quienes recuerdan el desenlace en la Barceloneta, en la playa que hace siglos llegara hasta la medieval Muralla de Mar, donde hoy se alza la Facultad de Náutica de la UPC, frente a Pla de Palau. El Bus Turístico para en frente, pero ni turistas ni locales saben que ahí el Quijote abandonó su cruzada caballeresca y regresó a su aldea fantaseando con hacerse pastor. Y es que Barcelona no quiere acordarse del ingenioso hidalgo -que no «ingenuo» como le definió Jordi Pujol- ni de su paso por la ciudad, donde ve el mar por primera vez y donde llega la víspera de la noche de Sant Joan, todo un guiño a las tradiciones catalanas.

Ni rastro de esculturas ni de orgullosos monumentos ni apenas placas en las calles que expliquen la relación de Cervantes con Barcelona, única ciudad real que visita el Quijote y de la que deja una detallada y admirada descripción. «Existe un absoluto desconocimiento. La literatura ha desaparecido del Bachillerato y ni se enseña a Cervantes. Es un desastre…», suspira la escritora Carme Riera, catedrática, académica de la RAE y destacada cervantista (cuando Pujol tuvo el lapsus, ella misma le envió un ejemplar del Quijote).

«Desde el nacionalismo catalán nunca se ha entendido que el Quijote hizo de Barcelona la primera ciudad literaria con repercusión internacional. ¡Cervantes debería ser un referente continuo! Pero parece que a nadie le interesa. Si fuera un autor alemán o francés tal vez sí se habría reivindicado más…», expone Riera, que en 2005 comisarió la exposición El Quijote y Barcelona en el emblemático Saló del Tinell del Museu d’Història, uno de los actos centrales de la conmemoración del IV Centenario de la publicación de la primera parte del Quijote (1605). Aquel 2005, Barcelona fue un destacado enclave cervantino, con un congreso, rutas y espectáculos dedicados al Quijote, incluyendo una ópera infantil, Dulcinea. Pero 20 años después… «Estamos peor que antes», señala Riera. «Se recordó a Cervantes durante un año pero luego desapareció, no se ha potenciado nada. Y después se fue escorando hacia la cuestión independentista…», apunta la autora del ensayo El Quijote desde el nacionalismo catalán, donde analiza la recepción del libro a finales del siglo XIX y cómo sirvió para construir un discurso nacional. Demasiado español, poco catalán.

Barcelona, un archivo de cortesía

Además de defender las distintas lenguas, Cervantes salva de la quema de libros el clásico catalán Tirant lo Blanc de Joanot Martorell (además del Amadís de Gaula y la Galatea de su propia autoría) y escribe una de las más bellas odas a Barcelona en las páginas finales, con un Quijote ya derrotado que recuerda así la ciudad: «archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única».

Don Quijote y Sancho Panza pasean por las calles de Barcelona generando gran expectación.
Don Quijote y Sancho Panza pasean por las calles de Barcelona generando gran expectación. GRABADO DE GUSTAVE DORÉ

En 2021, el Ayuntamiento de Ada Colau rechazó con los votos del PSC y ERC la instalación de una escultura del Quijote y Sancho Panza en la Barceloneta propuesta por Ciutadans (con apoyo del PP y Barcelona pel Canvi; los neoconvergentes de Junts se abstuvieron). El entonces teniente de alcalde Jordi Martí, actual secretario de Cultura, criticó esa «idea monumentalista» y dudó de que la mejor manera de «reconocer a un autor de la importancia oceánica de Cervantes sea plantarle una escultura». Dijo que ya existía una ruta y varias placas…

Efectivamente, el Ayuntamiento dispone de un folleto o pdf descargable (los tours presenciales corren a cargo de empresas o guías particulares). Seguir la ruta completa exige al transeúnte una labor casi detectivesca y puede ser una experiencia muy quijotesca. En la calle del Call número 14, el antiguo barrio judío, se suceden los salones de uñas regentados por asiáticos. Entre proposiciones de «¿Massage?¿Massage?» quien busque las huellas de Cervantes descubre que la histórica imprenta de Sebastián Cormellas es una bisutería china de estética desangelada, tipo al por mayor. Apenas quedan unos esgrafiados borrosos en la pared. En su primer paseo por el corazón de Barcelona, don Quijote camina por estas callejuelas y ve un cartel sobre una puerta, Aquí se imprimen libros;al entrar, emocionado, se topa con El Quijote apócrifo, la versión fake de Avellaneda (en realidad, se imprimió en Tarragona pero no importa para la trama metaliteraria cervantina). El Quijote se marcha indignado, un poco como el visitante contemporáneo: la tienda de bisutería china se llama… Dulcinea.

A solo tres minutos, dirección mar, se llega a la calle Cervantes: apenas un suspiro en las callejuelas del Gótico. Mide 52 metros, con pendiente en bajada: no es un dato baladí. Cualquiera puede resultar arrollado por algún grupo de turistas despistados que estrenan bici eléctrica de la tienda E-Bike Rent, en el número 5. Por suerte, resiste el Bar Cervantes, un local familiar, de los de antes, con mesas de mármol, mucha madera, barriles y un friso de azulejos.

Siguiendo hacia el mar aparece la supuesta casa de Cervantes, en el paseo Colón número 2, un edificio del siglo XVI construido frente a la antigua Muralla de Mar. «Según la tradición popular, este edificio es el lugar donde Cervantes se hospedó», reza la guía municipal. «¡Eso es una mentira como una catedral!», ríe Carme Riera. «Es una cosa que viene del siglo XIX. Madrid había instalado su estatua delante de las Cortes, diseñada por Antonio Solá, un catalán. En Barcelona empezó la leyenda del aquí vivióCervantes. ¡Ni muchísimo menos! Incluso hubo una guía turística francesa de finales del XIX que decía que había escrito parte del Quijote en esta casa», cuenta Riera.

Una placa de Acción Cultural Miguel de Cervantes, una asociación barcelonesa sin ánimo de lucro, refuerza esa teoría de la estancia de Cervantes. Aunque no hay prueba documental alguna, ni siquiera está claro el año. Eruditos como Martí de Riquer lo situaban en 1610, pero la hipótesis más moderna, sostenida por Riera, adelanta la fecha a 1571, con un joven Cervantes que se embarcaría en la flota de Juan de Austria para la famosa batalla de Lepanto, en la que perdería la movilidad del brazo izquierdo.

En todo caso, la fachada conserva ese aire de época, roto por el supermercado paquistaní que ocupa sus bajos con un estridente letrero rojo en plena arcada medieval. Media vitrina está invadida por un anuncio de Red Bull y la otra media por cajas multicolor de condones y lubricantes, además de parafernalia para fumar (que si papel de liar, etc). En la entrada, tras los souvenirs feísimos y las pelotas del Barça, se despliega toda una estantería de alcoholes: más que un súper se diría una licorería.

Aunque la Casa Cervantes sea una leyenda, el Quijote sí entró a la ciudad por la Muralla de Mar que pasaba por aquí: queda una parte en el actual Museu Marítim, las antiguas atarazanas. Una de las joyas del museo es, precisamente, la réplica de 60 metros de eslora de La Real, la mayor galera de su tiempo, buque insignia de Juan de Austria en Lepanto, que derrotó a la flota del Imperio otomano. Curiosamente, la visita al Marítim no figura en la ruta cervantina oficial.

«Cuando Avellaneda publica la segunda parte apócrifa del Quijote, el editor de Cervantes le apremia a escribir, como nos pasa siempre… Le dice que publique su segunda parte lo más pronto posible porque sino otro se llevará el dinero y el mérito… Pienso que es entonces cuando Cervantes recuerda su juventud y los buenos momentos en Barcelona para terminar el libro», plantea Riera. Si Avellaneda publicó la secuela en 1614, al año siguiente Cervantes contraatacó con su segunda parte, la original.

Todas las primeras ediciones se custodian en la Biblioteca de Catalunya, que posee uno de los mejores fondos cervantinos del mundo, con cerca de 9.000 volúmenes y que se inició en 1915, con la donación del bibliófilo Isidre Bonsoms y su legado de 3.500 libros y manuscritos. Eso sí, el acceso es restringido y el público general tiene que esperar a visitas especiales o días de puertas abiertas.

«En Cataluña ha habido grandes admiradores del Quijote, aunque hoy parezca olvidado», resalta Riera. Y recuerda a su colega Francisco Rico, otro catedrático y académico, experto cervantista fallecido en 2024, que solía decir que «El Quijote es y ha sido desde el siglo XVII el libro preferido de Cataluña». La «indiscutible» contribución catalana al Quijote ha sido sobre todo académica y editorial, ya en 1671 el librero Rafel Vives imprimió juntas la primera y segunda parte.

Hace solo un año, Barcelona fue la sede del III Encuentro de Ciudades Cervantinas, tras el cual el alcalde Jaume Collboni impulsó una beca de investigación dotada con 6.000 euros. También anunció una nueva obra de Juli González para el Patio de Esculturas del Ayuntamiento: la pieza abstracta Quijote (1929-1930), cedida por el Mnac, de apenas 43 centímetros (monumentalista no es).

Tal vez la ausencia más notoria de un Quijote en bronce o un busto de Cervantes -hay uno en el Poble Espanyol, diseñado por Frederic Marés- sea en el parque que lleva su nombre, justo al inicio de la Diagonal, popularmente conocido como Parque de las Rosas por sus espectaculares 10.000 rosales. Solo hay una placa -más parecida a una lápida- que conmemora lánguidamente el IV Centenario de 2005.

A Cervantes hay que buscarle en los libros, aunque sentara cátedra avant la lettre haciendo de Barcelona una ciudad literaria.

Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2026/04/23/69d9310ffdddfffd298b459c.html

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