El escritor recibió el gran galardón de las letras españolas en una ceremonia presidida por los Reyes

Bruno Pardo Porto / ABC
Alcalá de Henares
Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1948) llegó al Paraninfo de la Universidad de Alcalá cumpliendo la etiqueta: chaqué impoluto, pero también bastón, un bastón discreto, de llevar los achaques con elegancia. Subió lentamente las escaleras y, ya en el atril, el flamante premio Cervantes abrió su discurso por la vía emocional, íntima, memoriosa, marcando un tono que no abandonó.
Celorio recordó aquel lejano día en que su padre, en su lecho de muerte, quiso despedirse de sus doce hijos, uno a uno, por orden de aparición en el mundo. Él fue el último, porque su hermana menor era demasiado pequeña para la escena, sin duda tristísima, para no olvidar. Le dijo su padre: «Tú llegarás, hijo. Si no puedes, yo te empujo». «Hoy llegué, papá, justamente hoy, 64 años después. Gracias», le respondió el hijo, delante del mundo. Cómo si no iba a empezar su discurso un escritor de la memoria como él, que ha cultivado toda su vida la literatura del yo. O mejor, del nosotros: la literatura familiar.
Jaime, su hermano mayor, el único superviviente con el propio escritor de aquella prole, miraba la escena emocionado. A su lado estaba Diego Celorio Camarena, el nieto ante el que Celorio levantó un día las dejas, «maravillado ante el milagro de la vida»…
Fue un discurso repleto de recuerdos. Celorio mencionó sus orígenes Asturianos. «Sé que el padre de mi padre salió de un caserío llanisco de Asturias, a mediados del siglo XIX para hacer las Amércias». Su abuela materna nació en La Habana. «Siempre había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y conocerme a mí mismo, porque nadie sabe bien quién es si no sabe de dónde viene», afirmó. Eso le llevó a la Revolución Mexiana, a la Guerra Civil española, a la Revolución Cubana y a la Revolución Sandinista, todas vistas desde el prisma de su sangre.
«Intuí que sus vidas [la de sus antepasados] eran novelables, como bien mirada, cualquier vida lo es. Pero las suyas quizá lo eran todavía más por la dimensión histórica que fueron cobrando sus involuntarias hazañas», explicó. Eran historias de «migración y de exilio; de bonanzas ubérrimas y latrocinios arteros; de vicios inconfesables y amnesias enajenantes; de obsesiones satánicas y luchas revolucionarias».
Antes, claro, Celorio cumplió con la ley no escrita y habló de Cervantes y del Quijote, del humor y la libertad. Citó a León Felipe: «El primero que se ríe de don Quijote es Cervantes». También a Cortázar: «El sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella». «A través del humor, Cervantes desvela la esencia de la condición humana, que se debate permanentemente entre el ideal inalcanzable y la cruda realidad, monda y lironda», zanjó.
«Es natural el fervor con que Cervantes valora la libertad después de haber permanecido en cautiverio durante más de cinco años en Argel y de haber sufrido sucesivos encarcelamientos posteriores», subrayó. Y después: «La libertad es también una condición de su propia escritura novelística. La novela cervantina rompe con todas las ataduras que pudieran aprisionar el género (…) Por fortuna, la novela ha podido recuperar en nuestros tiempos la impureza que le otorgó Cervantes. Es en sí misma un género sucio, que se nutre de la vida con todas sus aspiraciones, sí, pero también con todas sus lacras y sus inmundicias». «Lo paradójico -concluyó- es que el Quijote, que se insubordina a cualquier canon posible, establece al mismo tiempo el canon indiscutible de la literatura en nuestra lengua». Hizo una reflexión más sobre la novela: «La novela es el género indagatorio por excelencia. Y ejercerlo es una aventura de alto riesgo».
Citó mucho, Celorio, que ha sido toda la vida profesor y académico: Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Rubén Darío, Maurice Blanchot… Pero no fue el único que exhibió cultura libresca. Ernest Urtasun, que habló antes del premiado, coincidió en gustos con Celorio. De León Felipe escogió sus versos sobre Rocinante: «El único caballo del mundo / que conoce la palabra justicia». Y de Sor Juana Inés de la Cruz, tan admirada por Celorio, estos: «Si los riesgos del mar considerar, / ninguno se embarcara». Y después vino Lorca, Elena Garro, Octavio Paz… Y también Celorio, claro: «Cuando me percaté de que por un cuento de Juan Rulfo sabía más de mi país que por todas las clases de historia y de geografía que había recibido en la primaria, la secundaria y la preparatoria, decidí cursar la carrera de Letras en la UNAM».
No estaba allí para escucharlo Pedro Sánchez, que se excusó por una reunión informal de líderes de la Unión Europea en Chipre, aunque eso era por la noche y esto por la mañana, más pronto que de costumbre (el acto empezó a las once y media, y no a las doce). La última vez que Sánchez vino fue en 2024, con Luis Mateo Díez como galardonado. Aquello fue unos días antes de su incursión en la literatura epistolar, con la publicación de su ya clásica ‘Carta a la ciudadanía’. Y eso, a la vez, fue mucho antes de que recomendara libros en TikTok. Ay, la memoria…
Como siempre, el Rey fue el encargado de cerrar el acto. Y él también recordó a grandes autores, aprovechando dos efemérides: los cincuenta años de la muerte de José Lezama Lima («supo transfigurar el barrocho en una forma propiamente americana») y los cuarenta de la de Borges, «cuya figura sigue ensanchando los límites de la literatura universal».
A Celorio lo retrató así: «Escritor, catedrático, bibliófilo, profesor y académico de la lengua, en Gonzalo Celorio reconocemos una voz literaria consolidada a través de toda una vida de dedicación, una voz de notable elegancia y hondura reflexiva, que es, al mismo tiempo, testimonio del México moderno y espejo de la condición humana». Además, recordó que no solo estaban distinguiendo con el Cervantes a un individuo, sino un país, una literatura, una tradición y una lengua: «Al otorgar a Gonzalo Celorio la más alta distinción de nuestras letras, no solo honramos la excelencia de una trayectoria personal, sino también su lugar destacado en la vasta y diversa literatura hispánica».
Don Felipe acudió a Carlos Fuentes, que estuvo muy presente en la ceremonia: «La cultura literaria de mi país es incomprensible fuera del universo lingüístico que nos une a peruanos y venezolanos, argentinos y puertorriqueños, españoles y mexicanos». También Celorio quiso decir algo sobre la lengua que usa: «Sin el español, ni México, ni ningún otro país hispanoamericano, habría podido configurar su nacionalidad». Y sobre su país: «México es parte de la Mancha».
«Sin el español, ni México, ni ningún otro país hispanoamericano, habría podido configurar su nacionalidad»
Gonzalo Celorio
Premio Cervantes
El Rey destacó que Celorio encarnaba el encuentro entre las dos orillas, de ese mestizaje que ha celebrado tantas veces, y que «nos ha caracterizado a lo largo de la historia y todavía hoy nos moldea». «Gonzalo Celorio encarna, tanto en su vida como en su obra, la expresión viva de ese fecundo encuentro entre ambas tradiciones. A su herencia mexicana se suma una estrecha vinculación con España: nieto de un migrante asturiano, originario de la aldea de Vibaño, y de madre cubana, pero nacida en las Palmas de Gran Canaria, formado por maestros mexicanos y del exilio español, con parte de su familia establecida en España, y con una presencia frecuente en Madrid. Su vida y su trayectoria nos recuerdan que México y España son más que países hermanos: son culturas entrelazadas por la lengua y la cultura, unidas por una cercanía sincera y un afecto compartido que perdura en el tiempo».
Pero cerremos con Celorio, con otro recuerdo, uno que ha contado varias veces: el de la coletilla que se aprendió para impresionar a las novias de su hermano Miguel, que ejerció de padre cuando el padre ya no estaba. Él le decía: «Gonzalo, ¿hasta dónde me quieres?» Y nuestro nuevo premio Cervantes respondía: «Te quiero más allá de la Cólquida donde Jasón y los argonautas buscaron el vellocino de oro; te quiero hasta la más lejana estrella de la Vía Láctea, te quiero hasta el último confín del universo». «Yo, por supuesto, no sabía quién era el tal Jasón, ni qué era la Vía Láctea ni qué significaba la palabra confín. Pero mis respuestas suscitaban el aplauso de la pequeña concurrencia y me otorgaban una singularidad en esa familia regida por el precepto equitativo de mi madre con el que gobernaba a su prolifica descendencia: ‘todos mis hijos son iguales’. La novia quedaba seducida y yo, diferenciado de todos mis hermanos. Creo haber sabido desde entonces que en la palabra se cifraba mi destino».