Nuevas evidencias arqueológicas desmontan el mito del humano paleolítico hipercarnívoro y revelan una dieta mucho más diversa, basada principalmente en vegetales y recursos variados del entorno

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Antonio Ortí / COMER / LV
Durante décadas, la imagen de nuestros predecesores en el Paleolítico ha estado dominada por una visión: la del cazador hipercarnívoro que degustaba a diario enormes costillares de mamuts, bisontes, caballos salvajes y jabalíes, estuvieran crudos o hechos a la brasa. A esta narrativa hay que sumarle una idea popularizada en el año 2002 por Loren Cordain en el bestseller La dieta paleolítica (Urano): “es mejor dejar los cereales para los pájaros” (como sostiene en el capítulo titulado “Cómo se estropeó nuestra dieta y qué hacer al respecto”). Sin embargo, investigaciones arqueológicas más recientes dibujan un panorama mucho más complejo, según manifiesta a Comer el arqueólogo Eudald Carbonell tras dedicar casi cincuenta años de su vida a investigar en el yacimiento de la sierra de Atapuerca (Burgos).
Carbonell acaba de publicar con Igor Parra, un experto en palinología (la disciplina que estudia el polen y las esporas en los fósiles para reconstruir los climas y la vegetación del pasado), Los pilares de la evolución humana (Arpa), obra en la que ambos investigadores dedican un capítulo a la alimentación.

Para Eudald Carbonell, la idea de que nuestros predecesores comían a diario carne a dos carrillos, “es un mito, una leyenda urbana, parecida a que vivían en cuevas, cuando en el 98% de los casos lo hacían al aire libre”, dice. “Alrededor del 65% de lo que comían eran vegetales como bulbos, raíces, tubérculos, semillas y frutos, pero también legumbres y gramíneas silvestres”, puntualiza este catedrático en la Universitat Rovira i Virgili que es autor de ensayos sobre la evolución humana de los que se han hecho eco revistas como Nature y Science.
En el caso de la península ibérica, los habitantes del Paleolítico explotaban una amplia diversidad de recursos. En yacimientos como Atapuerca está documentado que consumían grandes mamíferos (“desde hipopótamos hasta panteras, aunque lo que más comían eran bisontes”, informa Carbonell), pero también pequeñas presas (“como conejos y aves”). Y es que en entornos mediterráneos, ricos y variados, depender exclusivamente de la caza mayor no solo era innecesario, sino también muy arriesgado, pues en demasiadas ocasiones cazar un león o un oso de las cavernas no salía gratis. En cambio, en enclaves muy septentrionales, como en la estepa, “eran mucho más carnívoros, sobre todo en invierno, porque aparte de carne, allí no había casi nada más”, añade.
En los últimos años se han acumulado evidencias sobre el notable consumo de plantas que había en el Paleolítico, algo que tradicionalmente había pasado desapercibido por su peor conservación. Estudios microscópicos del cálculo dental han identificado restos de almidones, legumbres y semillas tanto en neandertales como en humanos anatómicamente modernos. En yacimientos ibéricos como El Salt, en Alcoy (Alicante), estos estudios apuntan incluso al procesamiento y cocción de vegetales, lo que implica un conocimiento sofisticado de los recursos disponibles.
Según una investigación
Los análisis tradicionales de colágeno óseo suelen subestimar la ingesta de almidones y grasas vegetales, favoreciendo la narrativa del cavernícola carnívoro
Por si fuera poco, otras investigaciones señalan que la idea de que nuestros ancestros subsistían en el Paleolítico con una dieta compuesta casi exclusivamente por proteínas y grasas dista mucho de la realidad. Una investigación publicada en Journal of Archeological Research recalca que los análisis tradicionales de colágeno óseo suelen subestimar la ingesta de almidones y grasas vegetales, favoreciendo la narrativa del cavernícola carnívoro. Sin embargo, al analizar yacimientos del Paleolítico con tecnologías más avanzadas, los científicos han empezado a hallar rastros de nueces, semillas, tubérculos, raíces, cereales y frutas como, por otra parte, era de esperar, pues nuestros predecesores no estaban en condiciones de renunciar a ningún alimento de su entorno, por más que los animales de mayor tamaño les resultaran más rentables en términos energéticos, al proporcionarles más calorías que cualquier otro manjar.
Este punto es clave para desmontar otro de los mitos contemporáneos: la supuesta ausencia de cereales y legumbres en el Paleolítico. El problema, de nuevo, es de visibilidad arqueológica: mientras los huesos de animales se conservan con relativa facilidad, los restos vegetales requieren condiciones excepcionales para perdurar.
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Visibilidad arqueológica
Mientras los huesos de animales se conservan con relativa facilidad, los restos vegetales requieren condiciones excepcionales para perdurar
Como argumentan Carbonell y Parra, las sociedades prehistóricas desarrollaron estrategias de subsistencia muy flexibles en las que el consumo de carne fue, sin duda, un elemento importante, pero no necesariamente el dominante.
Lejos del estereotipo del cazador infalible, la evidencia apunta a un modelo mucho más versátil: el de un omnívoro oportunista capaz de explotar desde grandes ungulados hasta pequeñas presas, pasando por plantas, raíces, tubérculos, gramíneas silvestres, legumbres, frutas y semillas. Un modelo que obliga a replantear lo que algunos seguidores de la dieta paleolítica consideran la “dieta natural”.
Alimentación y proteínas
“La alimentación y el consumo de nutrientes, especialmente proteínas, han marcado nuestras vidas durante los últimos seis millones de años”, escriben Carbonell y Parra en “Los pilares de la evolución humana” (Arpa). En una primera fase, aunque la dieta no era exclusivamente vegetal, cerca del 90% de la ingesta provenía de vegetales. “El consumo de invertebrados e insectos, complementaría, probablemente, la dieta cotidiana”, escriben al alimón ambos investigadores. “En la segunda fase, hace unos 3 millones de años, se observa una dieta mayoritariamente vegetal dentro de un contexto omnívoro. Aunque la carne formaba parte de su dieta, su aporte era marginal”, prosiguen. El género Homo comenzó a incorporar proteína animal a su dieta a través del carroñeo, es decir, del consumo de tejidos de animales muertos o cazados por otras especies depredadoras (en muchos lugares, las hienas llegaban antes que los sapiens a devorar la carroña, por lo que se desprende de las marcas dejadas en los huesos, “aunque en Atapuerca los homínidos se adelantaban a los lobos a la hora de hacerse con los despojos”, puntualiza Carbonell), antes de desarrollar habilidades para la caza activa. La práctica del carroñerismo, adoptada por imitación de otros mamíferos y aves, podría haber sido clave en la evolución de la dieta de los primeros homínidos, facilitando la inclusión de carne y proteínas de alto valor biológico. La tercera fase, el salto hacia la caza sistemática de grandes animales, ocurrió, en el caso de Atapuerca, hace unos 400.000 años. “En las cacerías participaban todos los miembros de una comunidad, sin distinción de sexo o edad”, escriben Carbonell y Parra. Aunque estas expediciones de caza solían estar integradas por grupos familiares de entre 15 y 30 miembros, toscamente armados con instrumentos multifuncionales, la imposibilidad de transportar grandes cantidades de alimentos y la imposibilidad de conservarlos, llevó a adoptar una dieta de proximidad o de “kilómetro cero” en la que nuestros antepasados se llevaban a la boca cuantos recursos comestibles encontraban en los alrededores sin renunciar a ninguno, salvo que fuera venenoso.