Es tan aterrador y repugnante que resulta difícil de imaginar, Pero cada vez hay más pruebas y testigos: millonarios europeos viajaban a sarajevo en los años noventa, durante el asedio de la ciudad bosnia por el ejército serbio, para pasar el fin de semana disparando a mujeres y niños. Ahora, esos presuntos ‘turistas del terror’ por fin están siendo investigados.

Walter Mayr / XLSemanal
El horror es todavía palpable en Sarajevo. Basta con entrar al Museo de la Infancia en Guerra. En sus vitrinas hay peluches, cuadernos escolares, zapatillas y violines: pertenencias de los niños asesinados en la capital de Bosnia durante la guerra. En uno de los expositores, junto a la nota «Irina Cišic 1992-1993», se encuentra un proyectil de calibre 7,9 mm. Irina fue asesinada a tiros cuatro días después de cumplir 1 año. Apenas había aprendido a caminar y a decir «tata» (‘papá’) cuando murió frente a su madre. Según las estadísticas oficiales, más de 1600 niños fueron víctimas del asedio de Sarajevo, que duró casi cuatro años, por parte de las fuerzas serbobosnias. ¿O acaso no eran todos los asesinos de esa nacionalidad?
Treinta años después del fin de la guerra, la Fiscalía de Milán está investigando una denuncia penal que asegura que francotiradores de Europa Occidental, con la ayuda de cabecillas serbios, viajaban a las colinas de Sarajevo para realizar «safaris» humanos. Al parecer, pagaban precios exorbitantes por disparar a niños y mujeres embarazadas.
Como trofeo, los cazadores se llevaban a casa los casquillos coloreados según la edad de la víctima: niños, azules; niñas, rosas; mujeres, amarillos; ancianos, negros… Por asesinar un niño pagaban unos 50.000 euros
El asedio de la capital bosnia costó la vida a más de 11.000 habitantes. Hasta hoy, solo cuatro de los señores de la guerra responsables de años de terror han sido condenados: el líder serbobosnio Radovan Karadžic; su lugarteniente militar, el general Ratko Mladic; y dos comandantes del Cuerpo de Sarajevo-Romanija.
Los fiscales milaneses Alessandro Gobbis y Marcello Viola investigan ahora el caso de los ‘safaris humanos’ y los nombres de los acusados ya han empezado a circular. A la denuncia penal presentada por el escritor Ezio Gavazzeni se ha sumado un abogado de gran prestigio, el juez jubilado Guido Salvini, conocido desde hace décadas por su valentía como investigador. Salvini considera que el motivo de los perpetradores era una «sed de sangre patológica». En el negocio de la caza de humanos, tres palabras bastaban como código para atraer a los posibles interesados: «Ciervos para arqueros».

La mayoría de los asesinos regresaban a casa desde Bosnia el domingo, «tras un fin de semana digno de una película de terror», y retomaban sus vidas como «buenos padres de familia». Las «vacaciones» se pagaban por adelantado en efectivo en Italia.
Pero ¿por qué han transcurrido casi 34 años hasta que las supuestas expediciones de francotiradores se han convertido en un asunto de la justicia cuando ya existían sospechas desde mucho antes?
Armas para cazar jabalíes
En 2007, un bombero que había trabajado en Sarajevo durante la guerra presentó pruebas ante el Tribunal Especial de la ONU en La Haya sobre unos hombres de identidad claramente extranjera que le habían llamado la atención en el lado serbio, sobre todo por sus «armas, que eran más adecuadas para cazar jabalíes en la Selva Negra que para combatir en las calles de los Balcanes».
Además, un antiguo empleado del servicio de inteligencia militar bosnio informó sobre viajes desde la ciudad portuaria italiana de Trieste hacia Sarajevo con el objetivo de dar caza a personas en la ciudad. Michael Giffoni, representante adjunto de Roma en Sarajevo, admitió que el servicio de inteligencia italiano y el Gobierno habían sido informados de estas actividades ilícitas ya en 1994.

Con su película Sarajevo Safari, el director Miran Zupanic finalmente visibilizó el problema en 2022, inspirando al periodista italiano Ezio Gavazzeni a realizar una investigación que culminó en el libro Los francotiradores del fin de semana. Según sus descubrimientos, 230 italianos, junto con franceses y belgas, así como algunos suizos y austriacos, habrían actuado como asesinos previo pago de grandes cantidades de dinero.
Apenas hay una descripción de los presuntos asesinos: el propietario de una fábrica de Brianza, un banquero de Trieste, el dueño de una clínica de Milán… «Son personas que siguen gozando de gran prestigio», explica una criminóloga de la investigación
Quienes estuvieron en Sarajevo en aquel momento, huyendo para salvar sus vidas, esquivando francotiradores y ametralladores, en busca de agua, pan o leña, encuentran difícil soportar la idea de que algunos extranjeros pudieran haber estado cazando personas por diversión. Pero todo indica que fue así: «Sobre todo los viernes recibíamos avisos por radio desde el otro lado serbio del frente: ‘Pongan a salvo a sus esposas e hijos’», cuenta Naser Husi, excombatiente de la 101.ª Brigada Motorizada del Ejército Bosnio. «Entonces sabíamos que los francotiradores del fin de semana estaban en camino». Según el veterano, es difícil precisar si los disparos fueron de serbios o de extranjeros. Lo que sí es seguro es que la frecuencia de los ataques solía ser mayor entre el viernes y el domingo que durante el resto de la semana.
Desde el cementerio judío
En lo alto de la colina sobre el río Miljacka, que antaño marcaba la línea del frente, se encuentra el antiguo cementerio judío de Sarajevo. Allí, entre las lápidas, los atacantes serbios se apostaron durante tres años para disparar a las víctimas bosnias del otro lado del río.
Los fantasmas de la guerra de Bosnia y ese cementerio amenazan ahora con alcanzar a Aleksandar Vucic, actual presidente serbio. Basándose en una denuncia penal presentada ante la Fiscalía de Milán en noviembre, el periodista croata Domagoj Margetic afirma que Aleksandar Vucic sirvió como voluntario de guerra en una unidad guerrillera chetnik (una milicia a la que pertenecían muchos francotiradores serbios) en el cementerio judío en los noventa, y que allí entró en contacto con los «cazadores» extranjeros.

En 2013, el político serbio Vojislav Šešelj ya había formulado acusaciones similares ante el tribunal de crímenes de guerra de la ONU en La Haya. Vucic hizo que su portavoz desmintiera las recientes acusaciones, calificándolas de «caso típico de desinformación maliciosa». Afirmó que había trabajado como periodista y traductor en la década de los noventa «sin ningún contacto con estructuras militares» y que «no había participado en ninguna operación de combate».
Pero en la trastienda de un café en Zagreb, la capital croata, el investigador Domagoj Margetic, extiende una serie de documentos que supuestamente respaldan sus graves acusaciones contra Vucic.
En otras cartas de 1993, un comandante chetnik señala que Vucic figuraba entre los voluntarios autorizados a acompañar a «invitados extranjeros» y que había entregado 20.000 marcos alemanes, que previamente habían sido «donados» por un «invitado italiano» llamado Roberto R. en el cementerio judío de Sarajevo.

Se trata de acusaciones graves que ahora deben investigarse en Milán: ¿Vucic, presidente de Serbia, país candidato a la UE, fue cómplice en los trágicos sucesos de Sarajevo?
La parte serbia duda de la autenticidad de los documentos publicados por Margetic. Tres testigos claves, todos ellos antiguos comandantes chetniks, ya no pueden ser interrogados, pues fallecieron en un lapso muy corto, entre septiembre y diciembre de 2025, en circunstancias que aún no están del todo claras.
Según Margetic, los «turistas de safari» solían ser recogidos los jueves en la iglesia de San Marcos en Belgrado y transportados esa misma noche al bastión serbio de Pale, en las afueras de Sarajevo. El líder de la milicia Águilas Blancas, Dragoslav Bokan, era el responsable de la compleja logística. Hoy, más de tres décadas después, el antiguo líder paramilitar ha llegado a ser presidente del consejo de administración del Teatro Nacional Serbio.
La ‘psicopatía de la élite’
Un excombatiente del Ejército francés testifica que escoltó a ‘traficantes de personas’, los encargados de trasladar a los asesinos de fin de semana, principalmente de Italia, pero también de Bélgica y Francia, a cambio de un cuantioso soborno.
En territorio serbio o serbobosnio, un ayudante local se unía al grupo. «Nuestra principal tarea era contar a las víctimas de los disparos», relata el testigo, conocido con el nombre en clave de El Francés.
Como trofeos, los cazadores de humanos se llevaban a casa los casquillos de sus cartuchos, en su mayoría de calibre 7,62 x 51 mm, coloreados según la edad de la víctima: niños, azules; niñas, rosas; mujeres, amarillos; ancianos, negros… Hacia el final de la guerra, el precio por cada muerte se había triplicado como mínimo: en el caso de los niños, llegaba a alcanzar unos 50.000 euros actuales.
Según el libro ahora publicado en Italia, ese testigo afirma que dudó mucho antes de hablar. Los antiguos cabecillas de las cacerías eran poderosos y sin escrúpulos: «¿Para qué arriesgarse a tratar con gente que usa mocasines hechos con la piel de otros?».
Aún no se sabe nada más sobre las personas que, según los testimonios de los testigos, presuntamente asesinaron a civiles durante la guerra de Bosnia, apenas una breve descripción: un siniestro propietario de una fábrica de Brianza, un banquero de Trieste o el dueño de una clínica milanesa. Hay registro de un italiano que asesinó a tiros a dos niños, una mujer y tres ancianos en un lapso de seis horas. Los investigadores siguen ahora su rastro.
Tienen ante sí un informe pericial sobre el perfil del perpetrador, elaborado por la criminóloga Martina Radice, quien declaró que cuenta con «fuentes fiables» que indican que los cazadores estaban dispuestos a «gastar hasta 200.000 euros en un solo fin de semana». Algunos de ellos eran hombres «para quienes la caza legal ya no era suficiente, ni siquiera la caza de elefantes. Necesitaban algo nuevo para satisfacer su necesidad de adrenalina».
La experta diagnostica a los presuntos autores con una «psicopatía de élite: estamos hablando de personas enfermas que han decidido ignorar todas las normas».
¿Qué ocurrirá cuando se revelen sus nombres? «Por lo que sabemos, estas personas siguen gozando de gran respeto, ocupan puestos importantes, tienen una buena posición económica y cuentan con buenas conexiones; probablemente no teman nada más que la posibilidad de que su imagen pública se derrumbe algún día», afirma la criminóloga. Si esto sucediera, se avecina un «terremoto de grandes proporciones».
Quién organizaba los viajes
Roberto Ruzzier, trabajador siderúrgico jubilado, fue uno de los primeros en afirmar haber oído hablar de los viajes de fin de semana a Sarajevo.
A principios de la década de los noventa, Ruzzier y sus amigos de un grupo fanático de las armas y el Ejército se reunían los domingos para realizar simulacros de guerra. Un día, la conversación derivó hacia un anuncio que promocionaba viajes a Sarajevo, cuenta Ruzzier: «Decía que recibiríamos un rifle de francotirador, un Dragunov, y tres proyectiles; con los que podríamos hacer lo que quisiéramos».
Según recuerda, fue un compañero de ascendencia eslovena quien le propuso el viaje a la capital de Bosnia. Sin embargo, la propuesta fue rechazada por el grupo: «Uno de nosotros incluso presentó una denuncia ante la comisaría. Lamentablemente, fue en vano», afirma Ruzzier.
La discreta organización de excursiones desde Trieste a Bosnia durante la guerra debió de ser compleja y estar autorizada al más alto nivel. Según el periodista Gavazzeni, la figura clave en este negocio era el exjefe de inteligencia serbio Jovica Stanišic, antiguo confidente del presidente Slobodan Miloševic, que cumple actualmente una condena de 15 años de prisión en Alemania por crímenes de guerra.
Sin embargo, durante la guerra de Bosnia y posteriormente, Stanišic también habría trabajado para la CIA, según reveló el diario Los Angeles Times en 2009. Al parecer, el serbio proporcionó información privilegiada sobre el régimen de Miloševic y ayudó a liberar a 388 soldados de la OTAN que habían sido tomados como rehenes. Incluso en 1996, poco antes del fin del asedio de Sarajevo, Stanišic fue invitado a la sede de la CIA y recibió regalos de los estadounidenses como muestra de gratitud.
«Nuestras instituciones siguen sin esclarecer lo sucedido», se queja el diputado Zlatko Mileti, que fue jefe de Policía en Sarajevo durante la guerra. Tres docenas de sus camaradas murieron en combate y enumera una larga lista de francotiradores serbios. En ella figuran los tres líderes chetniks que fallecieron inesperadamente uno tras otro a finales del año pasado, de una manera «muy curiosa», susurra Mileti: «Si estos tres hubieran sido arrestados e interrogados a tiempo, hoy lo sabríamos todo».
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