El psicólogo y sexólogo clínico explica que uno de cada diez niños accede a este tipo de contenido antes de los ocho años.
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La actual cultura del consumo digital ha transformado la sexualidad en una mercancía de acceso ilimitado, cuyas consecuencias pueden llegar a ser devastadoras para la salud mental y el desarrollo neurológico. Durante su intervención en el podcast Tengo un Plan, Alejandro Villena, psicólogo y sexólogo clínico, advierte de que la pornografía industrial no debe entenderse como simple entretenimiento, ya que, en el fondo, es un agente tóxico que altera profundamente los mecanismos de recompensa del cerebro.
«La pornografía no es sexo, es un tóxico del sexo y supera esos umbrales», afirma Villena. Señala, además, que los estudios más recientes demuestran que el consumo de este tipo de contenido activa las mismas rutas neuronales que la cocaína, de manera que puede llegar a generar una dependencia que se manifiesta en la necesidad constante de mayor intensidad y frecuencia. Este fenómeno de tolerancia cualitativa empuja a los usuarios hacia contenidos cada vez más extremos y aberrantes, alejándolos de una vivencia sexual saludable.
El impacto es especialmente alarmante en las nuevas generaciones, donde los datos indican que uno de cada diez niños accede a este material antes de los ocho años. Villena destaca la precocidad de este alarmante fenómeno: «Hay niños que montan en bici con ruedines y por la tarde están viendo pornografía agresiva». Esta exposición prematura ocurre en un momento crítico del desarrollo que impide que la corteza prefrontal -el centro del autocontrol- se fortalezca adecuadamente.
Al saturar el cerebro con estímulos masivos, se produce un deterioro de la sustancia gris, de forma que deja a los jóvenes con unos «frenos» desgastados frente a sus impulsos. Según el psicólogo, «el cerebro se comporta igual que consumiendo cocaína», algo que genera sujetos que ya no controlan su conducta, sino que son controlados por el consumo.
La deshumanización y el impacto de la IA
La transición hacia lo que Villena denomina «pornografía 5.0» ha introducido herramientas de inteligencia artificial que agravan la cosificación del otro. El sexólogo relata casos de pacientes que utilizan software para desnudar digitalmente a mujeres de su entorno cercano, un hecho que elimina cualquier rastro de consentimiento. «Tengo el testimonio de un paciente que dice: ‘Con el porno me arruiné la vida, he arruinado la vida a mi familia, a mi novia'», explica.
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Esta dinámica rompe la función de las neuronas espejo, responsables de la empatía. Como consecuencia, el consumidor deja de ver personas con dignidad y comienza a ver únicamente cuerpos fragmentados, un proceso que deriva en disfunciones físicas graves, como la incapacidad de alcanzar la excitación en relaciones reales.
El negocio del porno
El modelo de negocio de las grandes plataformas busca el lucro mediante la excitación constante a través de la vulnerabilidad del sistema dopaminérgico. Villena subraya el contraste entre la ficción y la realidad: «Mi yo sexual ideal menos mi yo sexual real va a ser igual a mi nivel de frustración sexual«. Esta brecha genera una presión estética que lleva a muchas personas a buscar soluciones quirúrgicas para imitar estándares anatómicos imposibles. Así, se entra en un ciclo de insatisfacción y vacío emocional.
Además, Villena denuncia la realidad interna de la industria: «El 80 % de las actrices porno ha sufrido estrés postraumático en el rodaje«. Este dato contrasta con la imagen de libertad y empoderamiento que a menudo se intenta proyectar desde ciertos sectores.
Para revertir este proceso, la intervención clínica propone recuperar la reflexión frente a la impulsividad. El tratamiento de la adicción no solo implica «dietas tecnológicas» o ayunos de dopamina para reeducar el algoritmo de las redes sociales, sino, al mismo tiempo, un fortalecimiento de la ética. Villena recalca que «la pornografía destruye la creatividad» y que el camino hacia la salud mental requiere desconectarse de la gratificación inmediata para volver a conectar con la comunicación y la intimidad real.
La recuperación, por tanto, pasa por entender que el sexo auténtico se basa en la complicidad y el juego, elementos que la industria pornográfica, centrada exclusivamente en la respuesta fisiológica y el beneficio económico, es incapaz de ofrecer. «La diferencia entre erotismo y porno es que el porno tiene una finalidad muy clara que es la de excitarte para ganar dinero y lucrarse a través de ello», concluye.