Ya desde la Pasión y muerte de Jesús sus discípulos se reunieron para conmemorar su resurrección, celebrando una serie de ritos que todavía hoy perduran.

Francesc Cervera / Historia National Geographic
Especialista en Historia
Según el libro del Éxodo, cuando el faraón se negó a dejar marchar a los israelitas de Egipto, Dios le mandó diez terribles plagas para castigarle. La décima y más letal fue la muerte de todos los primogénitos del país del Nilo, matanza de la que los hebreos se libraron sacrificando un cordero y pintando con su sangre la puerta de sus casas, según indicaciones de Moisés.
Con la carne de este animal y pan sin levadura, por las prisas, se celebró entonces la primera Pascua judía, llamada así por ser el inicio del pasaje o Pesaj del pueblo de Dios hacia la tierra prometida de Canaán. Siglos después, Jesucristo celebró también su última cena durante la Pascua, indicando a sus discípulos que repitieran su partición del pan y bendición del vino como recordatorio de su inminente sacrifico en la cruz.
Una iglesia enfrentada
Por ello, tras el juicio y muerte de Cristo los apóstoles empezaron a reunirse según el evangelista Lucas “el primer día de cada semana” (es decir el domingo o dies dominus), para recordar su vida y comer en comunión el pan y el vino en los que se encarnaba el Salvador, rito que luego adoptaron las primeras comunidades de creyentes instituidas por ellos en lo que serían las primeras misas de la historia.
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Junto a estas celebraciones semanales, los cristianos primigenios conmemoraban también el aniversario de la crucifixión coincidiendo con la Pascua judía celebrada en el 14 del mes hebreo de Nisan (fecha variable cada año al depender de un calendario lunar).
Durante la llamada Pascha (pues así era la traducción griega de Pesaj), los creyentes leían el relato de la Pasión recogido en los evangelios, además de ayunar y abstenerse de la carne y otros placeres durante los cuarenta días previos para purificar su alma (la Cuaresma) y así recibir la nueva de la Resurrección en paz.

Tan pacíficas intenciones sin embargo quedaron algo empañadas por la controversia en torno a la fecha exacta de la celebración, que llegó a dividir a la Cristiandad en dos. Por un lado estaban los miembros de la iglesia oriental, quienes amparándose en una lectura literal de la Biblia defendían que se debía comer el pan y el vino en la fecha justa en la que lo hizo Jesús, es decir la noche del jueves santo; mientras que por el otro los cristianos occidentales y africanos encabezados por el obispo de Roma defendían que se debía celebrar el domingo siguiente (día de su resurrección) y ayunar a partir del jueves.
Pese a los intentos de algunos teólogos como Orígenes de llegar a un consenso ambas posiciones permanecieron enfrentadas hasta que el emperador Constantino estableció la primera ortodoxia cristiana en el Concilio de Nicea en el 325. En esa reunión de todos los obispos del Imperio se estableció definitivamente el domingo como día de celebración para distanciar al cristianismo de las fiestas judías, estableciendo el ayuno y la lectura de la Pasión como ritos de viernes y sábado santo.
De Jerusalén a las procesiones
Fue así como nació la Semana Santa como hoy la conocemos, iniciada el domingo de Ramos con la bendición de palmas y hojas de laurel para festejar la entrada de Jesús en Jerusalén, seguida por el llamado triduo pascual: que empieza el jueves santo con la última cena y el lavado de pies a los pobres, la lectura de la Pasión el viernes, seguida por el oficio de tinieblas el sábado y culminando con la resurrección de Cristo el domingo.
Celebrada pues en todo el Imperio Romano y más allá la Pascua fue vivida con especial fervor en Jerusalén a partir de la construcción de las basílicas del Santo Sepulcro y el Martyria en el Gólgota por Constantino.

Fue precisamente allí donde se celebró la primera procesión en época bizantina, donde los fieles desfilaron un viernes santo portando cruces del palacio de Pilatos hasta el Calvario. Recorriendo la Via Crucis o camino de la cruz, los fieles se detuvieron para leer cada uno de los episodios de la Pasión, y volviendo luego el domingo a la ciudad para celebrar su resurrección en el Sepulcro.
Adoptada con entusiasmo por toda la Cristiandad, esta Vía Dolorosa se transformaría luego en las procesiones que nos son hoy tan familiares, cuando en los países católicos se incorporó el desfile de pasos con representaciones de escenas de la Pasión como una manera de evangelizar e impresionar a los creyentes, en una época en la que las conversiones al protestantismo dividieron a la iglesia.

Algo más reciente fue la costumbre de regalar huevos el domingo de Resurrección. Más que un simple alimento prohibido durante la Quaresma el huevo simbolizaba la promesa de una nueva vida mediante la apertura del Cielo a los creyentes tras la muerte de Cristo, por ello a partir de la Edad Media se empezaron a regalar huevos pintados, de oro y hasta de chocolate como memento de la Resurrección.