Frente a la tendencia a demonizar y maltratar a los locos, hubo también intentos de cuidarlos como enfermos.

Matteo Dalena / Historia National Geographic
El cristianismo medieval concebía la locura como una manifestación de la providencia divina. El desorden mental era efecto de la llamada «psicomaquia», la eterna lucha entre Dios y Satanás por la posesión del alma. Por ello, el loco era una figura ambigua, en la frontera entre lo divino y lo diabólico. Era injuriado, segregado y recluido, pero también se le atribuía un halo de sacralidad. Algunos teólogos sostenían que los locos eran sicut infantes, «como niños», y por ello inocentes y necesitados de asistencia y cuidados. Por todo ello, en la Edad Media la actitud ante los enfermos mentales osciló entre el rechazo y la protección.

El temor hacia los locos estaba muy arraigado. Más que un temor físico por lo que el demente pudiera hacer era el miedo a convertirse en alguien «vacío» e «insensato» como él. Ello se traducía en burlas, insultos e incluso en golpes que «podían desencadenar y llevar al extremo la agresividad de un demente, justificando así su reputación de individuo peligroso», escribe el historiador de la psiquiatría Jacques Hochmann. Cesáreo de Heisterbach, abad y escritor alemán del siglo XIII, anotó en el Diálogo de los milagros el caso de un joven que perdió la ropa y se quedó desnudo ante una multitud que gritaba «¡Al loco! ¡Al loco!». No pudiendo soportar la vergüenza, el joven «se subió a un balcón y se quitó la vida con una soga».
Atados y encerrados
En la sociedad feudal europea se asumía que los locos debían estar bajo control y que si era necesario había que atarlos, algo que era responsabilidad de las familias y de la comunidad. «Deben ser atados por quienes deben custodiarlos», se lee en las Coutumes de Beauvaisis, un código legal escrito a finales del siglo XIII por Philippe de Beaumanoir. En Milagros de san Gibrien de Reims se cuenta que cierto Haymo se mostraba amenazante con todos los que se le acercaban, por lo que «sus piernas y sus brazos están encadenados con cadenas y cuerdas». Del mismo modo, los amigos de un tal Adam se vieron obligados a «atarle las manos y los pies y ponerle una correa alrededor del cuello». En los Milagros de san Luis se explica que una tal Ponce, que «rompe y destruye todo lo que está a su alcance», fue atada por su padre, «que la ama tiernamente».
Para inmovilizar brazos y piernas se utilizaban cuerdas y cadenas, mientras que para el torso se empleaban correas de cuero ajustadas al cuello. Los familiares eran también los encargados de administrar calmantes y antiespasmódicos naturales a base de látex de amapola blanca o de plantas como la mandrágora y la belladona, en forma de decocciones y cataplasmas. Asimismo, las camas, los jergones o los camastros de los locos se colocaban en espacios apartados, como huecos de escalera, establos o graneros.

A veces, el loco lograba huir o era expulsado de su entorno por considerarlo peligroso o una boca inútil que alimentar. Los locos errantes vivían de limosnas, eran objeto de insultos y vejaciones y propensos a cometer actos agresivos. Entonces la única alternativa era la reclusión.
«Si no se puede retener a un demente, debe aconsejársele y curársele, y, si no es posible, se le encierra en prisión», se lee en Li livres de jostice et de plet, un tratado jurídico anónimo del siglo XIII. Por lo general, el encarcelamiento del «furioso» era de por vida o «mientras permanezca insensato; pero si el furioso recupera el juicio, debe ser liberado y devuelto a los suyos», se lee en las Coutumes de Beauvaisis.
Según el derecho medieval, si el «furioso» recupera el juicio «debe ser liberado y devuelto a los suyos»
El derecho medieval consideraba que los locos no eran responsables de sus actos; según el jurista Graciano, «actúan no por voluntad propia, sino impulsados por una fuerza que desconocen». Pese a ello, se los internaba junto a los reclusos comunes, en las prisiones habilitadas en castillos y puertas fortificadas de las ciudades, generalmente espacios sucios y con gran hacinamiento. Durante los siglos finales de la Edad Media, en Francia, los «furiosos» fueron agrupados en algunas torres de las murallas de Caen, Lille, Melun o Saint-Omer, conocidas como tours aux fous, «torres de los locos». En las ciudades del norte Alemania, como Rostock, Hamburgo o Lübeck, desde el siglo XIV los enfermos mentales considerados peligrosos eran encerrados en jaulas para locos (Tollkisten) que se colocaban a las puertas de la ciudad.

A partir del siglo XIV, una nueva mentalidad caritativa y asistencial contribuyó a que la actitud hacia los locos cambiara. Estos empezaron a ser admitidos en hospitales e incluso se crearon para ellos pequeñas residencias específicas. Así, en 1326 se construyó en Elbing (en el norte de la actual Polonia), una Dolhaus o casa de los locos anexa al hospital local; en 1385 se fundó la Tollkoben o refugio de los locos de Erfurt, en Alemania. En Valencia, en 1410, se fundó un hospital dedicado específicamente al cuidado de los enfermos mentales.
La mano de Dios
En el París de finales del siglo XIV, fantastiques, frénétiques y insensés eran acogidos en el hospital del Hôtel-Dieu. Allí, las camas estaban cerradas por todos los lados, con dos pequeñas ventanas que permitían observar a los pacientes e introducir comida y medicinas. En Londres, en el siglo XV, los locos eran internados en el hospital de Saint Mary of Bethlem. En Italia, epilépticos, maníacos y pazzerelli (orates) son mencionados en los hospitales de San Vincenzo in Prato en Milán, de Mantua y Ferrara, y en el lazareto de San Lázaro en Reggio Emilia. Estas instituciones, gestionadas en su mayoría por órdenes religiosas, se sostenían gracias a la labor de cofradías y mediante donaciones privadas, legados testamentarios y, sobre todo, limosnas.

Desde el siglo XV, en ciudades españolas como Valencia, Toledo o Sevilla, durante festividades como el Corpus Christi, recorrían las calles cortejos y procesiones de «locos» vestidos con ropas de colores llamativos que bailaban acompañados de cascabeles e instrumentos musicales. El objetivo era hacerse visibles y recoger limosnas y alimentos para su propio sustento.
A finales del siglo XVI, en Roma salieron en procesión los pacientes del hospital de Santa Maria della Pietà dei Pazzerelli: vestidos con largas túnicas de tela verde y una cruz cosida al pecho, portaban sacos y cuencos para las limosnas. Atados de dos en dos, los pazzerelli eran llevados «a tomar el aire y visitar alguna iglesia», participando en oraciones y bendiciones.
Según esta nueva concepción, los locos no eran solo desgraciados a los que apartar y encerrar, sino personas que precisaban cuidados. La locura se convertía en una carga colectiva, una realidad incómoda a la que no se podía dar la espalda.
Para saber más
Ensayo
La locura: una breve introducción
Andrew Scull
Alianza, Madrid, 2013.
Este artículo pertenece al número 268 de la revista Historia National Geographic.