
A mi hermana Dulce,
por su cumpleaños.
“Y no sabiendo muy bien qué hacer, hice literatura”.
Doctor Pasavento, Enrique Vila-Matas (1).
Por Dr. Fidencio Aguilar Víquez
Decir que el mundo está de locos no es una exageración, pero no ayuda a comprenderlo. Está de locos, es cierto. Guerra en Ucrania desde hace cuatro años, conflicto entre Israel y Palestina, histórico, pero acentuado hasta el absurdo desde hace poco más de dos años, declaración bélica reciente de Pakistán a Afganistán, bombardeo de Estados Unidos e Israel contra Irán y respuesta de éste, más otros conflictos en el globo, así lo constatan. Guerra, violencia y muerte están de locos.
América Latina, México y la aldea no están exentos de esa trilogía. Se puede cuestionar el concepto de guerra, si sólo se considera ésta en el marco de los estados y en el derrotero de la ruptura del derecho. Sin embargo, hay guerras que se implementan en ausencia del derecho o a su margen. Más aun, los efectos de esa triada suelen ser los mismos: desprecio por los otros, imposición de la fuerza y sometimiento de todos al poder más grande. De ahí a la eliminación política, psicológica y/o física falta poco.
La violencia y la muerte han campeado en México desde hace décadas y, sin caer en la propaganda de la 4T, se han acentuado en los últimos siete años. El crimen organizado y el Estado han mantenido una relación sui generis: del recelo, la distancia y la confrontación han pasado al acuerdo, la complicidad y la simbiosis. Con ello han arrastrado al mercado y a la sociedad civil. Por momentos, los grupos criminales parecen someter al Estado (dinámica jurídico-política) y al mercado (empresarios).
No sólo a esas instancias, también a la misma sociedad civil. Sectores de ésta, particularmente los jóvenes, son, si no sometidos, al menos seducidos por la imagen del narco todopoderoso, por su estilo, sus gestos y hasta su forma de hablar. Se impregna en los ambientes, o en ciertos ambientes, una suerte de “carrera” que comienza con ser “halcón” hasta ser responsable, “capo”, jefe. Las “narcoseries” y los “narcocorridos” tienen sus formas de seducir, desde la intensidad al paroxismo.
Esa pérdida de identidad, o esa apropiación de una falsa identidad, empero, no es la más común, aunque sí la más sutil. No deja de ser una forma de locura, la de perder no sólo la cabeza, sino la propia humanidad. Puede haber formas de locura que recuperen esa humanidad, pero aquí hablamos de la locura inhumana. La violencia del crimen organizado suele ser la del sometimiento, sobre todo de los jóvenes y de los grupos vulnerables: promesas de trabajo, extorsiones, secuestros… y crímenes.
El Estado, o, mejor dicho, el gobierno federal como conductor de aquél, ha minimizado lo anterior, se ha cerrado a mirar la realidad y ha cerrado sus ojos y sus oídos a los grupos sociales del pueblo más afectados por la violencia. No ha querido escuchar ni atender a las madres buscadoras; tampoco lo ha hecho con productores del campo y transportistas que sufren los embates de la extorsión y la violencia a lo largo y ancho del territorio nacional. En suma, ha dado la espalda a estos sectores del pueblo.
El mundo está de locos, se suele decir. No sólo por lo que ocurre en otros lugares, sino también por lo que ocurre en el país, en amplias regiones de éste; acaso nos ha tocado vivir alguna situación o circunstancia de esa locura de la violencia, la inseguridad o… la muerte violenta. La locura no sólo se refleja en ese rostro inhumano de la pérdida de integridad o de la vida misma, se muestra también en esa dislocación o, mejor dicho, perversión del lenguaje mismo: cuando a la mentira se le dice verdad, y viceversa.
Ya lo había denunciado G. Orwell en 1984 respecto a los lemas del partido del Gran Hermano: “La guerra es paz; la libertad es esclavitud; la ignorancia es poder” (2). Eran los tres epigramas que resaltaban en el muro blanco del Ministerio de la Verdad del régimen que gobernaba Eurasia. Tal ministerio se encargaba de las noticias, el entretenimiento, la educación y las bellas artes. Había otros ministerios: El de la Paz, que se ocupaba de la guerra; el del Amor, de la ley y el orden; y el de la Abundancia (en México sería el del Bienestar), de los asuntos económicos.
La aldea no escapa a ese mundo de locos. A la violencia de los jóvenes asesinados en el bar “Sala de despecho” siguió la del crimen de los esposos Tello Ruiz. En ambos casos la verdad no ha aparecido con nitidez ni con la apertura de un Estado de derecho y de una sociedad democrática. En el primer caso, dice la fiscal, hubo una confusión: iban por otras personas. ¿Quiénes son éstas? ¿Hay crimen organizado detrás? ¿Qué hace la autoridad al respecto? En el segundo, se echan la pelota las fiscalías estatales.
En efecto, la fiscalía de Puebla señaló que el crimen de los esposos fue por una deuda millonaria entre particulares, y que en Tlaxcala, donde ocurrió el asesinato, se sigue la investigación por delincuencia organizada. El coordinador de Comunicación del gobierno de la segunda entidad desmintió lo afirmado por la fiscal poblana (3). La fiscalía de Puebla dice que el crimen ocurrió en Tlaxcala; la de Tlaxcala dice que la desaparición y el hallazgo del cuerpo del delito ocurrió en territorio poblano.
Sí, el mundo está de locos. La inhumanidad y el odio parecen prevalecer. El amor al prójimo y la fraternidad se miran imposibles de alcanzar. La tesis de Iván Karamázov parece imponerse: no es posible amar al humano, al menos no al que está cerca, sino al que está lejos, retirado; se ama más bien a una imagen o idea creada de lo que creemos que es un ser humano, pero en cuanto éste muestra su rostro, “se acabó el amor.” (4). Esa imposibilidad de amar parece imponerse pragmáticamente.
Otra imagen que parece destacar en este mundo de locos es la que formula E. Canetti en Auto de fe (5). El señor Kien, que tiene una biblioteca de 25 mil volúmenes, vive, más que en un mundo, en una cabeza (una cabeza sin mundo). Habla como si dialogara con los libros, mejor dicho, con los autores. Se los sabe de memoria. Cuando, por azares del destino, queda fuera de su casa sin acceder a ésta, va por las calles sin comprender nada: un mundo sin cabeza. Así parece nuestro tiempo.
Parece difícil la paz y la fraternidad, incluso la esperanza de que puedan aparecer. La esperanza es un brote, pequeño y frágil, como todo brote, dice Pèguy. Pero si ese brote pequeño crece, con el tiempo, con paciencia, puede ser un gran árbol donde aniden los pájaros y donde puedan acogerse a su sombra quienes estén cansados. Es, dice el poeta, como el trabajo de un leñador que, pese al frío y las inclemencias del tiempo, se inicia y se sostiene cuando piensa en sus hijos, jugando en su casa (6).
Referencias
1. Enrique Vila-Matas, Doctor Pasavento, Anagrama, Barcelona 2006, p. 26.
2. George Orwell, 1984, Lectorum, México 2002, p. 18.
3. Valeria de la Luz, “No puede hablar de algo que no está investigando: FGJ Tlaxcala sobre Idamis”, e-consulta, 3/mar/2026, https://goo.su/dCLld.
4. Fiodor M. Dostoievski, Los hermanos Karamázov, Cátedra, Madrid 2013, p. 386.
5. Elias Canetti, Auto de fe, en Obra completa II, De bolsillo, México 2007, p. 23ss. y p. 221ss.
6. Charles Pèguy, I misteri. Il mistero della carità di Giovanna d’Arco, Il portico del mistero della seconda virtù, Il mistero dei Santi Innocenti, Il mistero della vocazione ddi Giovanna d’Arco, Jaca Book, Milano 1997, p. 169ss.
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