Las tradicionales aldeas con aguas curativas que prometen una longevidad milagrosa han dejado paso a macroproyectos biotecnológicos con fondos estatales y privados que buscan extender la vida humana, pero la obsesión por la vida eterna persiste

Lucas de la Cal / PAPEL
CorresponsalShanghái
En el año 210 a.C., el primer emperador de China, Qin Shi Huang, creador del mundialmente famoso ejército de terracota, agonizaba rodeado de alquimistas, consejeros y curanderos. Tenía 49 años y llevaba décadas obsesionado con un único objetivo: escapar de la muerte. Había enviado expediciones por tierra y mar en busca del mítico «elixir de la vida» mientras confiaba su salud a pócimas misteriosas que, ironía del destino, pudieron acelerar su final: algunos estudiosos creen que Qin Shi murió envenenado por unas píldoras de mercurio que sus médicos le recetaron porque estaban convencidos de que con ellas alcanzaría la inmortalidad.
Más de dos milenios después, el eco de aquella obsesión del primer emperador vuelve a escucharse con una fuerza cada vez más realista en China. Las tradicionales aldeas con aguas curativas que prometen una longevidad milagrosa han dejado paso a macroproyectos biotecnológicos con fondos estatales y privados que buscan extender la vida humana para que, de una vez por todas, la ciencia pase por encima de los mitos.
La fuente de la que beben las aspiraciones para construir un verdadero Shangri-La (el ideario de la eterna juventud que el novelista británico James Hilton ubicó en algún lugar del Himalaya en su libro Horizontes perdidos, de 1933) se encuentra ahora en laboratorios que quieren transformar la industria del antienvejecimiento. El foco se puso en este fenómeno el pasado septiembre, cuando las cámaras captaron una conversación entre el presidente ruso Vladimir Putin y el líder chino Xi Jinping.
Los dos líderes hablaban sobre trasplantes de órganos y la posibilidad de que los humanos vivan 150 años. «La biotecnología se desarrolla continuamente. Los órganos humanos se pueden trasplantar. Cuanto más tiempo vivas, más joven te sentirás, e incluso podrás alcanzar la inmortalidad», dijo Putin, que se encontraba de visita en Pekín y que se dirigía junto a su homólogo chino y el líder norcoreano Kim Jong-un hacia la tribuna de la Plaza de Tiananmen para asistir a un desfile militar que conmemoraba los 80 años del fin de la Segunda Guerra Mundial.
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La respuesta de Xi desató todo tipo de especulaciones: «Algunos predicen que en este siglo los humanos podrían vivir hasta los 150 años». Aquella conversación fue un momento informal que, probablemente, ni el ruso ni el chino esperaban que transcendiera a los medios. Pero el mensaje que dejaron quedó bien grabado: la longevidad es un objetivo estratégico para ambos.
«Muy pronto será posible vivir hasta los 150 años», asegura Lyu Qinghua, director técnico de Lonvi Biosciences, una empresa biotecnológica de la ciudad de Shenzhen, la capital tecnológica de China, que ha desarrollado recientemente la que han bautizado como la «píldora de la longevidad». La noticia hizo mucho ruido mediático a la vez que provocó un llamamiento a la cautela y desconfianza por parte de muchos científicos.
La formulación de esta píldora utiliza procianidina C1 (PCC1), una molécula derivada de la semilla de uva que, según la compañía de Shenzhen, destruye «células zombis»: células senescentes que alimentan procesos inflamatorios asociados al envejecimiento. Científicos de todo el mundo llevan décadas estudiando formas de neutralizarlas.
Desde Lonvi Biosciences explican que por ahora sólo han probado la píldora en ratones, con unos resultados que muestran una ampliación del 9,4% en la esperanza de vida general. Pero los expertos piden cautela: nada permite extrapolar todavía esos datos a seres humanos. «En cinco o diez años nadie, o casi nadie, tendrá cáncer», aseguraba hace un par de semanas Lyu en una entrevista con The New York Times.
En China han saltado más hallazgos científicos de peso. El año pasado, un equipo de la Universidad de Xiamen anunció que había identificado un metabolito natural, el ácido litocólico (LCA), capaz de replicar en ratones los efectos de la restricción calórica. El LCA, un compuesto ácido natural presente en humanos y animales que se produce en el hígado, activa la enzima AMPK -considerada un «regulador maestro» del metabolismo-, la misma que se pone en marcha cuando escasea la glucosa. La AMPK es importante para el antienvejecimiento porque regula varios procesos celulares, incluyendo la inflamación y la neurodegeneración.
«En cinco o diez años nadie, o casi nadie, tendrá cáncer»Lyu Qinghua, director técnico de Lonvi Biosciences
El experimento incluyó un procedimiento tan sorprendente como revelador: transfirieron suero sanguíneo de ratones sometidos a ayuno prolongado a otros con dieta normal. El suero activó la AMPK, favoreció la regeneración muscular e incluso aumentó la fuerza y la capacidad para correr. Hubo, además, un pequeño aumento de la esperanza de vida media. Este estudio, liderado por el biólogo Lin Shengcai, se publicó en dos artículos revisados por pares en la revista Nature. El equipo de Lin aseguró que está desarrollando píldoras de LCA para ensayos clínicos en humanos, aunque su aplicación real está todavía lejos.
Las revistas científicas chinas han destacado otros proyectos como el de un equipo del Instituto de Ciencias de la Academia China (CAS) que logró crear, mediante biología sintética, «células modificadas con capacidad de resistir el envejecimiento y el estrés». Estas células, según los científicos, se han probado en modelos de primates y mostraron que pueden ralentizar el deterioro de múltiples órganos.
Otro programa conjunto de científicos de la CAS e investigadores de la Universidad de Zhejiang indica haber identificado un gen asociado con la longevidad que tiene implicaciones para mantener la función mitocondrial (las mitocondrias son centrales en la energía celular y envejecimiento). Este año se organizó un seminario enfocado en cómo la tecnología cuántica puede estimular procesos celulares que ayudan a retrasar el deterioro. «Antes, sólo los estadounidenses adinerados hablaban de longevidad; ahora, los chinos también empiezan a interesarse y tienen los recursos para buscar una mayor esperanza de vida», señala Gan Yu, cofundador de Time Pie, una empresa de Shanghái que ha pasado de vender complementos nutricionales a abrir laboratorios para la investigación de la longevidad.

La búsqueda del elixir en un país donde viven más de 1.400 millones de personas y que tiene una esperanza de vida de 79 años (bastante por debajo de otros países vecinos como Japón o Corea del Sur, o de los más de 84 años de media en España), no es sólo institucional o científica: también es social. Durante mucho tiempo, millones de chinos han peregrinado hasta el condado de Bama, en el sur del país, que se ganó la fama de ser el «pueblo de la longevidad» porque era, supuestamente, el lugar en el que más ancianos centenarios se concentraban por metro cuadrado. Nunca quedó del todo claro hasta qué punto todo esto fue era una efectiva estrategia de marketing para atraer turismo. Informes de hace un lustro cifraban en dos millones de visitantes al año.
«Antes, sólo los estadounidenses adinerados hablaban de longevidad; ahora, los chinos se interesan y tienen los recursos para investigarlo»Gan Yu, cofundador de la empresa de investigación en longevidad Time Pie
Muchas personas con enfermedades graves, como cánceres muy avanzados, continúan viajando hasta Bama con la esperanza que los tratamientos naturales que aquí se ofrecen, más un baño en sus manantiales, les salve la vida. Incluso, en alguna ocasión, en los medios ha salido la noticia de que algún turista que no sabía nadar se ha ahogado al bañarse en esas aguas.
El emperador Qin Shi también buscó estos «sagrados» manantiales, como se menciona en textos de hace más de 2.000 años escritos en miles de listones de madera, utilizados en China antes del papel. Estos fueron encontrados en 2002 en el fondo de un pozo en la provincia central de Hunan. El año pasado, estalló un debate nacional cuando se descubrió, en la meseta tibetana, una inscripción en piedra que describía una expedición imperial hasta un remoto lago a 4.300 metros de altura.
En la talla, escrita en una antigua lengua y que fue autenticada hace un par de meses por la Administración Nacional del Patrimonio Cultural de China, se puede leer: «El emperador ordenó al gran maestro Yi de nivel cinco que liderara un grupo de alquimistas aquí para recolectar yao«. El término yao, según los investigadores, puede referirse a un elixir de la vida en forma de hierbas o minerales con poderes curativos.
El impulso actual por prolongar la vida se está reforzando con cada vez mayor capital privado procedente de inversores chinos y singapurenses que lanzan fondos millonarios para proyectos que se centran en la longevidad. Es el caso del conocido como El dragón inmortal, un fondo que arrancó este año con más de 35 millones de euros con el propósito de que la biotecnología haga «que la muerte sea opcional».
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/12/24/694aaf97e4d4d8e32e8b456e.html