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Darse la mano es más íntimo que un encuentro sexual: esto es lo que piensa la generación Z | Yo Dona

Para la generación Z, entrelazar los dedos es casi una declaración de amor. Tener sexo, en cambio, apenas les despeina. Lo confirman ellos mismos y estudios como los de la socióloga Lisa Wade en su libro American Hookup: en la cultura del sexo rápido y emocionalmente blindado, cogerse de la mano se ha convertido en el verdadero acto íntimo.

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A Samantha Jones le gustaría este titular. Lo dejó claro a lo largo de Sexo en Nueva York, pero hay una frase que lo termina de certificar. En uno de los capítulos de la mítica serie, su recatada amiga Charlotte le dice, algo angustiada, algo así como «quienes somos en la cama es quienes somos en la vida». A lo que ella contesta: «Cariño, me he acostado con cientos de hombres y la mayoría no significaron nada». Para Samantha, tener cualquier tipo de intimidad más allá del sexo con un hombre era mucho más dramático. No era de la generación Z, eso sí, Samantha rondaba los 50 y ahora son los que no llegan a la treintena los miniJones.

No solo lo dicen ellos, la socióloga Lisa Wade entrevistó a cientos de estudiantes universitarios para su libro American Hookup. El término hookup hace referencia a esa tendencia de los jóvenes de la generación Z que buscan los encuentros sexuales fugaces sin preámbulos o vínculos emocionales. No hay seducción, cosa que, por cierto, al personaje de Samantha le encantaba. Wade se dio cuenta de que los estudiantes que tenían relaciones sexuales casuales eran fríos y distantes entre ellos antes y después del acto sexual, por lo que tomarse de la mano y compartir emociones se convertía en algo mucho más íntimo que acostarse con alguien. Un ejemplo que relata es el de Farah, una joven que acababa de graduarse y que aseguraba haber tenido que aprender a no tener miedo de cogerse de la mano de su pareja casual. Suena loco, ¿no? «Tengo que dejar caer la coraza que he construido para sobrevivir a la cultura de las relaciones casuales», relata la joven para Wade. Por entonces, había conseguido darse cuenta de que el afecto, al contrario de lo que pensaba, «era maravilloso».

En su libro, Wade hace hincapié en que los jóvenes entrevistados valoraban mostrarse desapegados, de forma que no se mandaban mensajes después del sexo, actuar con indiferencia antes y después del encuentro sexual les hacía sentir mejor y ni hablar de quedarse a dormir después de este o de quedarse un ratito haciendo la cucharita. El encuentro sexual se lleva a cabo para encajar y no para conectar.

Penetración, sí. ¿Un abrazo? Ni de coña

Lo que queda claro es que estos jóvenes tienen sexo, no hay miedo a eso. Lo que no tienen es intimidad, vulnerabilidad, afectividad. Tres términos que suelen confundirse con el romanticismo y ahí es donde sale el maldito monstruo del armario. Lo cuenta en primera persona Luis, que a sus 26 años tiene una vida sexual muy activa: «Me he acostado con personas sin sentir intimidad muchas más veces que la he sentido cuando me han dado la mano. El sexo no me parece íntimo siempre, para mi es un acto de deseo y el deseo no siempre lo es. Por ejemplo, me ha pasado eso de estar acostándome con alguien y en ese momento, darnos la mano, y que ese gesto haga que pasemos a estar ‘haciendo el amor'». Entonces, ¿es ese microsegundo de atención, de cariño, de gesto cuidado el que marca la línea? Luis responde: «Creo que lo marca el nivel de vulnerabilidad que tú puedas sentir en ese momento».

Noemí Casquet, sexóloga y periodista especializada en relaciones sexuales, relaciona este hecho con un error para ella evidente: hemos dejado de asociar el sexo con la afectividad y eso es hasta químicamente imposible. «Es imposible separar el sexo del amor porque hay toda una reacción de sustancias químicas y hormonas en el cuerpo que nos llevan al apego y al vínculo afectivo de algún modo. Por más que no lo queramos y no lo busquemos, durante ese momento tu cuerpo va a reaccionar, los jóvenes lo ven así porque no relacionan el sexo con la afectividad».

Luisa tiene 24 años y me cuenta que gestos como un beso en la frente o un abrazo sentido en medio de la calle son acciones mucho más íntimas que acostarse con otra persona porque se trata de hechos públicos: «Si pasa en la calle, parece que todo el mundo puede ver lo vulnerable que eres o que estás diciendo en alto algo que a lo mejor ni siquiera sientes». Es más, confiesa haber buscado consejos en internet para no sentir nada al acostarse con alguien o haber demostrado desinterés por su acompañante en ese momento por no dar cringe (avergonzarse). Está claro que han acabado con la ternura.

El bando tradicional

Hay quienes viven exactamente lo contrario: lo que la socióloga Lisa Wade clasificaría dentro de una «mentalidad de intimidad tradicional», jóvenes de la generación Z que siguen viendo el sexo como un acto profundamente íntimo -más incluso que cogerse de la mano- y que necesitan conexión emocional para que el deseo exista. A sus 26, María cuenta sorprendida que «ni de coña» puede ver en un entrelazado de manos algo más íntimo que tener sexo con un ligue: «Simplemente por el hecho de desnudarte delante de alguien a quien apenas conoces ya me parece que se convierte en algo mucho más íntimo». También lo ve así Marcos, que se lleva las manos a la cabeza: «Un abrazo se lo puedes dar a cualquiera, fundirse en otro cuerpo durante los minutos que sean es hablar de otra historia».

Sexo y emociones, el cóctel perfecto

Si dejamos de lado al bando tradicional, la exposición a los contenidos en redes sociales donde se lanzan estos mensajes, la excesiva sexualización de hombres y mujeres en esas plataformas, unido al fácil acceso con un simple clic a cualquier tipo de contenido pornográfico, en palabras de Casquet, ha provocado que el sexo se banalice y se reduzca solo al aspecto físico. «Se puede paliar con educación sexual, pero los que nos dedicamos a esto, estamos censuradas en redes cuando hablamos de sexo». Una situación que ha vivido en primera persona desde su cuenta, en la que acumula 2,5 millones de seguidores. «Sin embargo, sexualizar ciertos bailes, erotizar ciertos movimientos o salir con equis ropas sí que está permitido. Y eso es lo que provoca una banalización del sexo en estos jóvenes y a una reducción de éste a un único plano que es el físico. Si no integramos lo emocional, lo mental o lo espiritual, estamos viendo únicamente cuerpos todo el rato».

Fuente: https://www.elmundo.es/yodona/lifestyle/2025/11/20/691d9de1e9cf4a094a8b45bd.html

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