Se acaba de cumplir medio siglo del primer desnudo ‘legal’ del franquismo. Su protagonista, la actriz María José Goyanes, cuenta la pesadilla que supuso para ella, las amenazas y agresiones que sufrió por enseñar las tetas durante un minuto y medio en 1975.

SILVIA NIETO / Yo Dona
odavía hoy aparece algún desconocido que me dice: ‘Yo te vi en Equus’. Y me molesta, porque yo he hecho mucho más que Equus. He hecho La casa de Bernarda Alba, La gaviota, La gata sobre el tejado de zinc…». Esto me lo cuenta María José Goyanes (Madrid, 1948) casi al mismo tiempo que Rosalía aparece en lo de Broncano y explica con la mayor naturalidad que esa mañana se ha despertado en medio de un orgasmo. A la actriz madrileña, hace ahora 50 años, llegaron a enviarle una carta bomba solo por enseñar las tetas durante minuto y medio en Equus, la obra de Peter Shaffer, que se representaba entonces por vez primera en España, en el Teatro de la Comedia de Madrid.
Una se acerca a esta entrevista con la idea precocinada de que va a hablar con una heroína, con alguien que desafió al régimen franquista liberando las tablas de una censura que hasta entonces seguía borrando del mapa cualquier atisbo de desnudez o erotismo, ya fuese un beso apasionado o una caricia demasiado intencional. Y la verdad es que eso fue. Sólo que no por voluntad propia. «Yo esa función no la tenía que hacer, no estaba en mi agenda», puntualiza de partida María José Goyanes. La verdad es que hacía solo un mes y medio que la actriz había dado a luz y su idea era no volver a trabajar hasta el verano siguiente, cuando empezarían los ensayos de La casa de Bernarda Alba. Pero entonces, la actriz que iba a hacer el papel de Jill Mason, personaje secundario pero crítico en Equus, decidió abandonar la obra… a una semana del estreno.
María José Goyanes coproducía la obra con su marido, Manuel Collado, quien además dirigía por primera vez, «así que imagínate, estaba atacado, y encima de repente se le va la actriz que hacía este papelito -porque era un papelito- y tenía que desnudarse. Y me dice: ‘Por favor, por favor…’. Y yo: ‘Ni hablar’. Porque yo lo que quería era estar con mi bebé. Pero insistió tanto que acepté, aunque no me apetecía nada».
Goyanes había visto la obra y le había apasionado. Para quienes la desconocen, sinopsis exprés: un adolescente, Alan Strang, ha desarrollado una obsesión sexual y religiosa hacia los caballos que lo lleva a cegar a varios. Un psiquiatra, el Dr. Dysart, intenta comprender su mente y las raíces de su comportamiento, enfrentándose a preguntas sobre la fe, la pasión o la normalidad. La obra combina tensión psicológica, conflictos morales y reflexiones sobre la libertad y la represión. «Cuando vi Equus en Nueva York, el momento en que los actores aparecen desnudos parecía casi irrelevante. Era tan coherente con la trama, estaba tan justificado, que no llamaba la atención», dice la actriz.
Exposición total
Pero España era different, y desnudarse sobre un escenario, todo un reto. «Al terminar el primer ensayo general me eché a llorar. Manolo me decía: ‘Pero mujer, que lo hemos visto en Nueva York y no te ha causado ninguna impresión…’. Pero claro, una cosa es verlo y otra, hacerlo. Además, nuestro escenario era como un ring de boxeo, había público por todos los lados, lo que hacía que te sintieras aún más desprotegida. Los actores nos sentábamos entre el público durante la función. Cuando nos tocaba, subíamos por unas escaleritas y hacíamos la escena».
A lo anterior había que sumarle el hecho de que María José Goyanes estaba recién parida, con el vello púbico rasurado y el cuerpo aún sin recuperar del todo. «Estaba acomplejada porque aunque ya estaba muy recuperada, mi pecho aún no era mi pecho. Y encima yo seguía muy sensible, como todas las mujeres tras un parto, cuando lloras con que te soplen».
En esas condiciones llegó el temido ensayo general con censura. «Por regla general venían dos censores, pero esta vez aparecieron cuatro. Así que pensamos: ‘Pues ya podemos irnos a casa. Nos la van a tumbar'». Pero, para sorpresa de todos, los censores firmaron el cartón de conformidad, lo que daba vía libre a la pieza: «Al acabar la obra nos reunieron y nos dijeron que les había parecido espléndida, que estaban impactados y emocionados».
El Ministerio de Información y Turismo a través de su Delegación Provincial en Madrid expedía el 7 de octubre de 1975 su dictamen, donde se hacían tres observaciones respecto a la representación: que los actores se debían ceñir al libreto aprobado por la Dirección General de Teatro y Espectáculos; que los decorados, vestuario, interpretación y situaciones escénicas debían ser los mismos que los vistos en el ensayo general, y que se sugería a los actores permanecer desnudos durante el menor tiempo posible y con la limpieza observada en los ensayos.
Los censores se fueron y en La Comedia corrió el champán.
Pero la alegría duraría muy poco.
Donde la censura dijo digo…
«A las ocho y media de la mañana siguiente sonó el teléfono y era el subdirector general de Teatro en el Ministerio de Cultura, Mario Antolín, por suerte un hombre de teatro. El ministro le había dicho que los cuatro censores habían sido suspendidos de empleo y sueldo, que para nada podíamos estrenar la obra y que devolviéramos el cartón de censura. Y Manolo dijo: ‘Yo no lo suelto aunque me lleven a la cárcel'». La reacción fue inmediata: la policía cerró el teatro. Diez días duró el forcejeo entre las partes, ya que Manuel Collado no estaba dispuesto a ceder respecto a la escena del desnudo. «Las conversaciones de Mario Antolín con el ministro seguían. En determinado momento nos sugirieron que yo saliese en combinación, pero eso era absurdo: ¿cómo iba a llevar combinación una chica joven que iba en vaqueros y camiseta? Después de mucho tira y afloja se alcanzó un acuerdo: que él (Juan Ribó) saldría en calzoncillos y yo en braguitas».

La obra pudo estrenarse finalmente, para alivio de la compañía. Pero entonces empezó para María José Goyanes una pesadilla 360 grados. «El primer día se representaba para la profesión. Cuando me quité la camiseta me aplaudieron y me gritaron ‘¡valiente!’, porque todo el mundo sabía por lo que acabábamos de pasar… Pero a partir de ahí… el asunto se convirtió en un escándalo nacional. Al día siguiente ya fue gente a gritarme puta. Los de la ultraderecha compraban tres asientos aquí, dos allá, uno arriba, otro en un palco… Unas 15 personas iban cada día a la representación simplemente a llamarme puta. O a tirarme bombas fétidas. Este día se armó una increíble que acabó en una pelea entre el público».
Y así transcurrían día tras días las funciones, con gente que acudía al teatro casi como un acto político y gente que iba a reventar la obra. Sin olvidar a los que iban a ver teta, aunque sólo fuese minuto y medio, que no eran pocos. En resumen: cada día, el teatro lleno.
Amenazas, abusos y cartas bomba
Las agresiones no se limitaron al contexto de la representación, donde las amenazas de bomba se sucedían a diario. Goyanes se sentía atrapada:»Yo juraba en arameo constantemente porque en esta situación no podía dejar la función. Hubiese sido darles la razón. La revista Fuerza Nueva me sacó en portada con el titular ‘Su marido la exhibe en cueros’. Dentro me llamaban de todo menos bonita. Recibía cartas llenas de insultos [muchas de las cuales aún conserva]. La que más me dolió fue una firmada por 400 mujeres de Carabanchel. Eso me mató. Estuve llorando tres días. Manolo la rompió y le pidió al gerente que no volvieran a darme ninguna carta que llegase a mi nombre».
Gracias a esto, probablemente, María José Goyanes y yo podemos estar hablando hoy. Porque un buen día llegó al teatro una carta peculiar. En un sobre cuadrado y de un grosor anómalo. «Llamaron a la policía y resultó ser una carta bomba», cuenta. También llegaban amenazas: «Me llamaban por teléfono a casa y me decían ‘hija de puta, te vamos a matar’. O me prometían que iban a hacer lo que Mussolini a sus enemigos, darme aceite de ricino y colgarme por los pies en pelota picada en la plaza de Santa Ana para que me viera la gente cagada entera. O me amenazaban con un atentado donde solo moriríamos mi hijo y yo; que sabían por dónde lo paseaba. Nunca más fui sola, claro. Incluso una vez que no pudo acompañarme mi hermano desde el teatro a mi casa, me acompañó la policía. Y me metieron mano en el coche (ojo, que el resto de mis experiencias con la policía han sido muy buenas). Hasta Fraga Iribarne, que todavía era embajador en Reino Unido, me mandó un telegrama donde sentía profundamente el acoso que estaba sufriendo».
Que su marido fuese también socio y su director en el montaje no ayudaba: «Teníamos unas broncas morrocotudas. Y le dije: ‘Esto ha sido una trampa mortal para mí. Me está afectando en todo’. Entre otras cosas, me iba a casa llorando todos los días porque no podía bañar a mi hijo. Cuando llegaba ya estaba dormido y me llevaba la cunita a mi cuarto para estar con él, aunque fuese dormido».
-Y todo por unas tetas.
-Por unas minitetas. ¿Sabes? Por eso creo que debo contar esta historia. Los más jóvenes piensan que las libertades actuales, entre ellas enseñar las tetas en la playa o ir solo con sujetador por la calle, son lo normal, como si esos derechos hubiesen estado aquí siempre. Ya no queda recuerdo de lo que pasó durante el franquismo, ni consciencia de la amenaza que supone el regreso de la ultraderecha. Y creo que los jóvenes de hoy deben saber que a mí por enseñar una teta casi me matan en 1975″.
Se refiere Goyanes con preocupación, entre otras cosas, a los frecuentes desencuentros entre Vox y las artes escénicas, cuajados de quejas y prohibiciones, como la del Orlando de Virginia Woolf en Valdemorillo en 2023 o sus intentos de censura a la versión de La villana de Getafe de Lope de Vega que se vio en la localidad homónima el mismo año.
«A los actores nadie nos hace ni caso, pero de alguna manera seguimos siendo una especie de grano en el culo para muchos», concluye Goyanes. Ella lo fue, y mucho, en aquel agitado otoño de 1975 que culminó con la muerte de Franco. Hoy sigue dando guerra sobre las tablas con Galdós enamorado, en el Teatro Bellas Artes de Madrid, con Emilio Gutiérrez Caba y Marta Gutiérrez Abad. «Todavía disfruto muchísimo actuando», acaba.
Fuente: https://www.elmundo.es/yodona/actualidad/2025/11/16/69160d2ce4d4d8d57a8b4574.html