Tras su exitosa ‘Carnicero’, libro del año para La Lectura, la escritora estadounidense sigue incomodando al lector con ‘El señor Fox’, una novela detectivesca protagonizada por un pedófilo que se sirve de su encanto para manipular a todo el mundo. «No sé si es siempre bueno conocer la verdad»

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Andrés Seoane / La Lectura
«Nunca hubo un tiempo en que yo no estuviese enamorada del señor Fox. Nunca hubo un tiempo en el que el señor Fox no fuese mi vida». Quien escribe estas palabras es Eunice, de 13 años, una de las niñas abusadas por el seductor y perverso Francis Harlan Fox, profesor caristmático y encantador que es al mismo tiempo un pederasta depredador que utiliza su cargo para poder acceder a sus víctimas, a sus «pequeñas gatitas», como se refiere a las víctimas.
«Quería escribir sobre una comunidad académica que permite que un depredador actúe con total impunidad, sin necesariamente querer saberlo, una especie de negación. Algo que siento que es típico de la vida actual. Tenemos políticos en altos cargos a quienes la comunidad permite permanecer en el poder, aun cuando se sabe que tal vez sean malvados o deshonestos», explica a La Lectura, sonriente y serena a través de la pantalla, la escritora Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938), prolífica maestra de la exploración de esos rincones oscuros de la sociedad en los que evitamos posar la mirada o que nuestra ceguera nos impide ver.
Frágil, casi transparente, se enciende al hablar de moral, miedo y violencia. «El problema del abuso y la explotación infantil es muy relevante en Estados Unidos debido al infame caso Epstein y otros similares. Quería escribir sobre un depredador y cómo logra salirse con la suya», insiste la autora quien, por primera vez en sus casi 60 novelas -además de otras 80 obras de ensayo, teatro, poesía, relatos…-, incluye una trama detectivesta. «La idea surgió mientras hacía senderismo por un pantano cercano a mi casa. A menudo camino y veo en el cielo a los buitres americanos, muy hermosos, volando en círculos con una especie de indolencia. Pensé: ¿Y si siguiera su rastro y encontrara el cadáver de una persona?«.
Justamente así son las primeras páginas de El señor Fox (Alfaguara), una novela hipnótica y absorbente, escrita con precisión implacable y plagada de mentiras, abusos y venganza, que plantea interrogantes sobre el entorno que ha propiciado la aparición de un individuo así y, a la vez, ha sido incapaz de reconocerlo.
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PREGUNTA: Al contrario que el Quentin de su novela ‘Zombie’ [un personaje basado en Jeffrey Dahmer], Francis Fox es, además de un misógino prepotente, un hábil seductor, ¿cómo fue meterse en su mente?
Respuesta: Escribir desde la perspectiva de Quentin, explorar el profundo desprecio por el cuerpo de la mujer de aquel asesino en serie, fue un experimento interesante. Aquí quise ir más allá y bucear en la psicología de alguien que es terrorífico, pero no es del todo un villano. No quería un personaje completamente monstruoso, pues los depredadores sexuales suelen ser muy encantadores. Fox es de esas personas que, si las conocieras, te caerían bien y también es un porfesor comprometido y eficaz que consigue que Eunice, una de sus víctimas, aprenda a escribir y publique una novela corta. Pero debajo se oculta el pedófilo que abusa de sus alumnas, que las tortura, las atormenta y las lleva al límite. Y mostar todo eso fue muy inquietante, pero interesante.
P: Describe con detalle los encuentros de Fox con varias niñas, ¿por qué enfrentar al lector a estas escenas espeluznantes y cómo afronta su escritura?
R: Bueno, no sé cómo responder a eso… Creo que la literatura tiene la responsabilidad de afrontar lo que la sociedad preferiría ignorar. Rechazar los aspectos más oscuros de la vida sería falsificar la realidad, así que como novelista, siempre siento que tengo que interpretar, siempre dramatizo las escenas. Para mí, resumirlas no sería escribir de verdad. Desde el inicio se cree que esta persona es un depredador, pero si no lo ves, si no sabes lo que está pasando, es como una simple noticia de periódico. Siento que la única literatura y el cine que me interesan son las situaciones humanas dramatizadas. Si en la novela sólo se hablara de Francis Fox, pero nunca lo viéramos hacer nada, no sabríamos si la gente exagera o no. Esa es una de las capacidades de una novela: ofrecer diferentes perspectivas. Por otro lado, también quería mostrar la ingenuidad de la gente, sobre todo de las mujeres. Todas, adultas y niñas, se enamoraron de esta persona, pues él era encantador y sabía cómo manipularlas, las escuchaba, les sonreía. Mostrar eso, conforntado con lo repulsivo de sus actos era mi ambición.
P: Se lo pregunto porque ya ‘Carnicero‘ (mejor novela extranjera de 2024 para ‘La Lectura’) era muy explícita, pero usted convertía escenas truculentas en un ejercicio estético. ¿Puede haber belleza en lo terrible? ¿Es ese, acaso, el papel del lenguaje?
R: Sí, desde luego. La gran literatura siempre es bella en su lenguaje, aunque narre cosas horribles. Un ejemplo perfecto es Shakespeare. El rey Lear es una obra devastadora y aterradora, pero con un lenguaje hermoso, muy elevado, profundo y complejo. Y una obra que me gusta mucho, Los hermanos Karamázov, mezcla también de forma natural el crimen y el castigo, lo bello y lo cruel. Igual que Guerra y paz… Quiero decir, la mayoría de las novelas importantes ofrecen una visión completa de la vida, así que es inevitable que combinen belleza y fealdad, lo hermoso y lo grotesco. A eso es a lo que yo aspiro. Y eso se puede hacer con la palabra también. Hay escritores como Samuel Beckett, que en realidad nunca escriben sobre un mundo real, un mundo histórico, ni sobre la naturaleza, sino principalmente sobre personas hablando. Pero hay una especie de belleza austera en la prosa de Beckett.
P: Los actos de Fox son horribles y repulsivos, pero a la vez el lector no puede dejar de leer… ¿Por qué nos fascina la maldad, lo perverso?
R: Vivimos en una época violenta y, desde luego, la historia es violenta, pero creo que hoy en día la mayoría de la gente no experimenta la violencia directamente. Si fuera así, si viviéramos en un país en guerra, seguro que apartaríamos la cara, pero como eso no ocurre pienso que buscamos en la ficción, en la literatura o el cine, un sentido de justicia contra la violencia, contra el mal. En este libro, casi desde el comienzo, sabemos que Fox será castigado, así que el arte a veces puede brindarnos una paz mental que no encontramos en la vida. En la realidad, la mayoría de los depredadores nunca son capturados, pues los delitos de violación y abuso sexual no se denuncian con frecuencia. La gente siente tanta vergüenza y está tan devastada que no quiere contárselo a la policía y lo oculta. Así que creo que esa fascinación no nace tanto del morbo como de esa necesidad de justicia que puede brindarnos la ficción.

Joyce Carol Oates en su casa de Princeton, Nueva Jersey.Oded Balilty / AP Photo
«Buscamos en la ficción, en la literatura o el cine, un sentido de justicia contra la violencia y el mal que no hallamos en la realidad»
P: La obra tiene mucha trama detectivesca, pero, como dice, casi desde el comienzo sabemos quién es el muerto, ¿cómo fue dosificar el suspense, mantener cierto misterio?
R: Me apetecía mucho una trama de misterio de ese estilo, de investigación, pero el libro abraca más cosas. Durante un tiempo, unas ciento y pico páginas, no sabemos si el cadáver hallado es realmente suyo. Podría ser que Fox hubiera puesto a otra persona en el coche y lo hubiera conducido por el barranco, así que el detective no está seguro. Pero cuando se confirma, la novela cambia y se vuelve otra cosa. Sigue habiendo investigación, la reconstrucción de la compleja y artera vida de Fox, pero también de sus víctimas. Yo simpatizo mucho con el detective. Él intenta proteger a la comunidad, especialmente a las niñas. No quiere revelar que se trata de un caso de abuso infantil, porque todas ellas serían humilladas, algunas podrían sufrir una crisis nerviosa… Él no quiere arruinar la vida de las familias del pueblo. En este sentido, la novela es una reflexión sobre la ambivalencia de la verdad en casos así. Buscamos la verdad, pero ¿es la verdad, la verdad absoluta, siempre beneficiosa para una comunidad? No lo sé, en algún casoso quizá sea excesiva. Es una pregunta, claro, porque yo no tengo la respuesta.
P: Un aspecto alarmante de la novela es precisamente la impunidad social de Fox, la ceguera de la comunidad ante sus actos y su incapacidad para condenarlo. ¿De verdad somos tan ciegos como sociedad ante sucesos y personajes como él?
R: Bueno, en Estados Unidos, sí, desde luego (risas). Él es un adulador, así que halaga a la gente y por eso no quieren juzgarlo. Fox y otros se incriminan repetidamente, y resulta estremecedor cómo incluso quienes se sienten más horrorizados por sus actos encubren con avidez sus crímenes. Para mí, eso lo convierte en una persona muy realista. De hecho, me inspiré en parte en una persona real para crear al señor Fox, un profesor de secundaria que hace unos veinte años se supo que se había comportado mal. Finalmente lo cancelaron, como se dice ahora, pero nunca recibió un castigo severo. Incluso después de saberse todo, a las chicas que eran sus alumnas les caía muy bien.
P: Eso que dice es también muy inquietante. Hacia el final del libro el detective, Horace Zwender, se pregunta qué tendría que hacer Fox para que se tambaleara la fe de la gente en él, para que finalmente lo acusaran. ¿Cuál es la respuesta?
R: Tristemente, nada o casi nada. Cuando hay un depredador en la comunidad, a menudo se le protege, incluso después de muerto. Fox y otros se incriminan repetidamente, y resulta estremecedor cómo incluso quienes se sienten más horrorizados por sus actos, quienes lo sufren, incluso, encubren con avidez sus crímenes. Como cuenta la novela, las chicas sigan queriéndolo a pesar de que las ha lastimado. No se dan cuenta de que es un depredador, creen que las ama. Creo que sería muy difícil ser padre, porque, en cierto modo, las chicas más buenas, las más dulces, son las víctimas propicias, porque no son escépticas ni cínicas. Una de las niñas niñas le dice a su madre: «Nunca hubo un momento en que no quisiera al señor Fox, pero a ti no te quiero. Te odio». Pero ella ni siquiera conoce al señor Fox. Es un estafador de tomo y lomo que no la ama en absoluto, para quien esas niñas son algo pasajero, un ideal perverso. Esa capacidad de hipnotizar a la gente y tener ese tipo de carisma oscuro es, en mi opinión, algo muy interesante para explorar para un escritor.
«La mayoría de grandes novelas ofrecen una visión completa de la vida, así que es inevitable que combinen belleza y fealdad, lo hermoso y lo grotesco. A eso es a lo que yo aspiro»
P: Habla de ese «carisma oscuro» que hace que la gente disculpe su corrupción, sus crímenes. ¿Es lo que nos ocurre hoy en día con muchos políticos?
R: Sin duda, absolutamente. Al crear el personaje pensaba también en esos líderes políticos carismáticos que resulta bastante evidente que son corruptos, incluso criminales, y aun así la gente los adora. Y no sólo políticos. En Estados Unidos tenemos muchas figuras públicas que no ocultan su deshonestidad y que, de hecho, cometen delitos. Aun así, hay quienes los siguen y, si son políticos, votan porque representan una postura política como el racismo o la discriminación, o lo que sea. En este país existe un fuerte temor hacia los inmigrantes. Por lo tanto, cualquiera que sea antiinmigrante puede obtener mucho apoyo en este momento. Muchos pensamos que es ridículo y un engaño, pero no estamos en el poder.
P: Hablando de las víctimas, la novela establece en varios momentos guiños e incluso un diálogo con ‘Lolita’, ¿en qué aspectos le inspiró y por qué su libro sí da voz a las víctimas?
R: Era una referencia obvia, todo el mundo ha leído Lolita que, como sabes, Nabokov escribió inspirándose en un hecho real. La utilizo como contrapunto, pues Fox detesta Lolita que considera un libro «pornográfico e indefendible». Para mí es más bien un ejempo de lo mucho que disfrutaba Nabokov del idioma inglés, de sus matices y expresividad. Sin embargo, su punto de vista no me gusta. Al contrario que en Lolita, donde Dolores Haze no habla, en mis novelas la perspectiva casi siempre es la de las mujeres y niñas, el de quienes sufren, así que, obviamente, cuando escribo sobre la victimización de una niña, incluyo su punto de vista. Siempre lo hago. No suelo escribir desde la perspectiva del agresor. Normalmente es la chica o la mujer, después de la violencia, cuando está rehaciendo su vida. Pero, claro, en esta novela, tengo que centrarme en los hechos y luego en la perspectiva de los personajes. Así pues, las chicas que son sus víctimas lo miran, y luego las mujeres que se enamoran de él, que también son víctimas, lo miran. Al final de la novela, nos enteramos de que se va a crear un premio especial de poesía que llevará el nombre del señor Fox, y se dicen todo tipo de maravillas sobre él, lo cual es típico de una comunidad que tiene que ocultar, ya sabes, los pecados de su persona más popular.
P: Otro mito estadounidense del libro es Edgar Allan Poe, de quien Fox adora los aspectos más controvertidos de su vida y obra, relativos a mujeres y niñas, ¿por qué incluirlo de este modo?
R: Fox se considera poeta, intenta serlo, y Poe es uno de nuestros grandes poetas del siglo XIX, así que, obviamente, es muy importante para él. Sin embargo, como dices, se centra más en su historia, en que se casó con su prima de 13 años cuando él tenía unos 26. Yo, sin embargo, no juzgo a Poe. No tengo ni idea de cómo fue ese matrimonio. Probablemente fue un matrimonio muy platónico, pues no creo que Poe estuviera especialmente interesado en las mujeres. No era una persona muy sexual. Jamás escribe una sola escena de amor realista, ni una sola vez. Las mujeres en Poe son como fantasmas, suelen estar muertas, no son reales. Y Virginia, su joven prima, era muy, muy infantil, una niña pequeña quecon tuberculosis. Por qué se casó con ella, no lo sé, pero no creo que fuera un matrimonio normal. Lo importante es que a Fox, que es un esteta, un hombre culto y prepotente, le sirve como justificación de sus apetitos, igual que otras referencias como las ninfas sexualizadas de Balthus o La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata. Son detalles que enriquecen su complejidad.
«EEUU tiene una larga historia de aparentar ser un país moral, de fingir que es una democracia. Hoy todo eso se ha derrumbado y el mundo ya es consciente de nuestras miserias y vergüenzas»
P: Buena parte de sus obras están teñidas por la exploración de la violencia. ¿Qué revela la violencia de nosotros, del ser humano?
R: Más que los hechos violentos en sí, siempre me han atraído los fundamentos psicológicos de la violencia por lo que revela sobre la vulnerabilidad, el poder, el miedo y la condición humana. Estados Unidos, en particular, tiene una mitología sobre la violencia profundamente arraigada que me fascina y me perturba. Por eso, normalmente escribo sobre las secuelas de la violencia. Hacia el final de la novela, se descubre qué le sucedió a Fox y esa sí es una escena violenta, pero en el resto del libro no hay, ya sabes, tiroteos ni apuñalamientos ni nada por el estilo. Carnicero fue diferente porque hoy diríamos que lo que hizo aquel médico fue una verdadera carnicería. Pero él no lo veía así, pensaba que estaba haciendo experimentos buenos para la humanidad. El caso es que, como te decía antes, vivimos en un mundo violento, así que no es difícil ser consciente de los elementos siniestros de nuestra sociedad, que están presentes en todas partes. La ficción es un espejo de la vida, a veces distorsionada, a veces cruda y sin mediación. No hay ficción tan horrorosa como la vida, por lo que si quieres narrar la realidad no puedes eludir la violencia.
P: En este sentido, ¿podría ser Fox, ese monstruo psicótico y torturador, una metáfora de Estados Unidos, una personificación de su país?
R: Oh, sí, creo que tienes toda la razón. [Oates se tapa la boca con las manos y se ríe]. Es una metáfora, sí, como Moby Dick lo fue de ese siglo XIX en el que los hombres salían a cazar, matar y traer el botín. Estados Unidos tiene una larga historia de aparentar ser un país bueno y moral, de fingir que es una democracia y que cualquiera puede llegar a ser multimillonario. Ese famoso Sueño Americano encarnado en Hollywood, en esas chicas de Iowa que iban allí pensando que van a ser como Marilyn Monroe. Todo eso se ha derrumbado. Y creo que el resto del mundo lo ve, que ya es consciente de nuestras miserias y vergüenzas. Hoy en día vivimos en una cultura donde un charlatán con mucha labia puede ser querido, aunque se sepa que es un criminal, un hipócrita y un embustero.
P: Ha abordado en sus obras debates controvertidos en EEUU como el conflicto racial, el papel de la mujer en la sociedad o el aborto, ¿cómo ve hoy esos temas y cómo puede influir la literatura en ellos?
R: Bueno, creo que es una pregunta difícil de responder, porque todo es muy volátil. Ya sabes, ahora mismo tenemos un presidente demagogo en Estados Unidos, pero podría irse la semana que viene. Es decir, podría sufrir un derrame cerebral, por ejemplo. Así que todo depende de una situación muy cambiante, de cosas que escapan a nuestro control. Cuando escribí muchas de esas obras, la división en la sociedad no era tan fuerte como ahora. Había radicales que defendían posturas anacrónicas con volencia, pero ahora que la derecha ha ganado es innegable que ha habido una regresión en todos esos temas. No obstante, el escritor es a un tiempo tesigo y partícipe de la realidad y debe condensar el mundo en un elenco de personajes, como máximo diez o doce, que reflejen todo. Por eso no suele haber nada histórico ni político en mis novelas, la ficción no debe predicar, sino iluminar, explorar lo que muchos querrían evitar. La literatura no puede cambiar el mundo directamente, pero puede cambiar a las personas, y las personas cambian el mundo. Sólo nos queda esperar un cambio… y que sea para bien.

El señor Fox
Joyce Carol Oates Traducción de Ismael Belda. Alfaguara. 720 páginas. 26,90 € Ebook: 11,99 €
Fuente: https://www.elmundo.es/la-lectura/2025/11/12/69146e2221efa0936d8b457e.html