Cada año, alrededor de 10 millones de personas en todo el mundo contraen tuberculosis, una enfermedad que ha acompañado a la humanidad desde sus inicios

Daniel Pellicer Roig / National Geographic
Biotecnólogo especializado en biomedicina y enfermedades raras
Era, sin duda, un castigo divino. La tos persistente, a menudo acompaña con sangre y con una gran cantidad de moco, era una señal inequívoca de que habías cometido el mal, y por tanto, tenías que pasar por esa penuria y purgar tus pecados. Daba igual si la afrenta era contra cualquiera de los dioses de las distintas culturas, era, sin duda, un castigo y era universal. Junto con la tos, la pérdida de peso y los dolores en los órganos de conocida como tisis, consunción, o posteriormente la tuberculosis, solían, además, acabar en muerte, concluyendo el tormento con el descanso final.
Pero antes de que los humanos dejasen plasmado que creían en dioses, la tuberculosis ya estaba allí. De hecho, se han encontrado restos procedentes del paleolítico que sugieren que la enfermedad saltó de algún animal a humanos hace aproximadamente 70 000 años en África. A partir de ese punto de partida, se ha podido recrear el camino de algunas de las cepas bacterianas mientras la enfermedad se expandía hacia el Sueste Asiático y, posteriormente, a Europa, y Oriente Próximo.
La tuberculosis, una enfermedad que sigue muy presente
Según la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica, la incidencia de la tuberculosis en España ha seguido una tendencia creciente en los últimos años. En la actualidad, se registran alrededor de 4000 nuevos casos al año, lo que supone una incidencia de 8,2 casos por cada 100 000 habitantes. Aunque se trata de una enfermedad que puede afectar a cualquier persona, es especialmente cruenta en poblaciones vulnerables, como población migrante, en situación de exclusión social o personas inmunocomprometidas.
Por ello, aunque se trate de una enfermedad cuyos primeros indicios registrados sean de la antigüedad, sigue estando muy presente en los centros de salud de todo el mundo. Afortunadamente, los medios para combatir a esta enfermedad también han aumentado con los años y el conocimiento acerca de cómo el microorganismo es capaz de infectar los pulmones y causar tanto daño también es bien conocido por ciencias biomédicas.

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Cómo funciona la tuberculosis
Mycobacterium tuberculosis, el patógeno causante de la tuberculosis es un tipo de bacteria Gram positiva e inmóvil. Fue descubierta por el patólogo Robert Koch en 1882, motivo por el cual también se la empezó conociendo como el «bacilo de Koch». Es una bacteria patógena intracelular obligada, es decir, que necesita una célula viva para reproducirse y una gran cantidad de oxígeno, motivo por el cual suele infectar los pulmones de los mamíferos.
Esta bacteria está rodeada por una gruesa pared celular que la vuelve especialmente peligrosa. Dicha barrera cerosa protege a Mycobacterium contra la desecación y contra otros daños potenciales, como químicos o antibióticos. Además, esta barrera también la protege contra el sistema inmunitario humano durante la infección.
Cómo se expande la tuberculosis
La tuberculosis se transmite de persona a persona a través de las gotículas que se expulsan al hablar, respirar, toser o estornudar. Estas gotículas, que pueden mantenerse en el aire durante varios minutos pueden contener en su interior a la bacteria y, cuando la otra personas respira, llegar a entrar en el sistema respiratorio. Una vez dentro, los macrófagos del sistema inmunitario que se encuentran patrullando los pulmones para eliminar cualquier anomalía, detectan a la bacteria y la ingieren para destruirla. Pero aquí es cuando entra en acción la pared celular de la bacteria, y lo que en un principio iba a ser destruido empieza, poco a poco, a tomar el control.

Imagen obtenida de «Secuelas y complicaciones de la tuberculosis pulmonar. Hallazgos por radiografía simple y TC».
Cuando un macrófago ingiere un patógeno o un resto de suciedad que llega a los pulmones, lo primero que hace es activar sus lisosomas, que serían lo equivalente al estómago de los mamíferos. Estos lisosomas son unas vesículas a las que pueden unirse otras que contienen en su interior enzimas y compuestos para digerir bacterias. Pero cuando ese patógeno es M. tuberculosis el lisosoma pasa de ser un aliado a una parte del problema.
La pared celular de Mycobacterium contiene sustancias que disminuyen la acidez del interior del lisosoma, por lo que se vuelve un entorno perfecto para la proliferación de la bacteria. Además, impide que las vesículas con las enzimas digestivas se unan al lisosoma, y solo deja pasar a aquellos que contienen sustancias que la bacteria puede utilizar como nutrientes. El macrófago, al darse cuenta de que algo no va bien intenta activar su apoptosis, un mecanismo de suicidio celular, con el que evitar que el daño se expanda, pero la tuberculosis va un paso por delante y «hackea» el sistema para mantener con vida al macrófago y poder reproducirse.

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Sergio Parra
Combatiendo al antiguo enemigo
En la antigüedad, infectarse con tuberculosis solía suponer la firma de una sentencia de muerte. Los tratamientos que había eran puramente basados en la superstición e iban desde tomar leche de mujer en India, hasta que posara las manos sobre ti el Rey de Francia en Europa. Afortunadamente, los médicos de la actualidad poseen tratamientos efectivos contra Mycobacterium, aunque preocupa la aparición de resistencias.
Por ello, cada vez hay más campañas de concienciación para mostrar que la tuberculosis es un antiguo enemigo que no se ha ido, sólo está oculto. El objetivo que se ha marcado la Organización Mundial de la Salud es que la incidencia de la tuberculosis disminuya un 90 % para 2035 y las muertes por esta enfermedad en un 95 %. Pero estos números sólo se conseguirán estando alerta y sabiendo qué hacer en caso de contagio.
Como la tuberculosis se trasmite mediante gotículas, el uso de mascarillas, la buena ventilación, y mantener las distancias de seguridad sirven como barrera para evitar el contagio. De manera similar a otras enfermedades trasmitidas por aire, los enfermos también pueden reducir su capacidad de contagio usando ellos mismos mascarillas o cubriéndose la boca al toser con un pañuelo y no compartiendo toallas u otros objetos de higiene personal. De este modo, el antes conocido como castigo divino no pasará a los demás, aunque remarcar que, por supuesto, no se trata de un castigo de ningún tipo, sino más bien de la mala suerte de haberse cruzado con Mycobacterium; un enemigo que lleva al acecho más tiempo del que recogen los escritos.