Los Periodistas

Opinión | Sheinbaum: dos Méxicos

A tu memoria, mamá,
por su cumpleaños.
En tu honor vivo.

Hemos escuchado el mensaje de la presidenta Claudia Sheinbaum alusivo a su informe. No hubo novedad, dijo lo que ha venido diciendo desde hace meses y omitiendo temas que no le interesan. Sus números: los homicidios dolosos a la baja, inversión e ingresos al alza, crecimiento anual de 1.2, el dólar a 19 pesos, inflación de 3.5 %, presupuesto “histórico” para programas sociales y 13 millones salientes de la pobreza. No mencionó a los 133 mil desaparecidos ni las guerras del narco en Sinaloa.

Reiteró que con ella llegan “todas las mujeres”, pero ni una palabra de aliento a las madres buscadoras ni a la familia de la profesora Irma Hernández, asesinada en Veracruz por pandillas del crimen organizado en julio pasado. Siguió la misma estrategia de la caída de la Línea 12 del Metro en la Ciudad de México: No aludir al tema, no sea que se manche o que resulte salpicada. Es lo que ha hecho con temas espinosos, que contrastan con la euforia oficialista. Sólo existe lo que se dice.

Habló, y con razón, de la relación bilateral con los Estados Unidos (EUA). Aunque varios analistas le reconocen la “cabeza fría” para hablar con un presidente norteamericano obcecado y exaltado, no deja de haber varias lecturas al respecto. Si de “capotear” se trata, López Obrador también lo hizo. El expresidente detuvo y entretuvo el flujo migratorio a los EUA. Ahora, Sheinbaum le ofrece algo más: algunos narcos. Pero, según el presidente Trump, “tiene miedo” de enfrentarlos. Vox populi.

La “soberanía” y el “pueblo” fueron las nociones con las que la mandataria trazó su imagen del país sobre el cual informó. Básicamente, se trata de una imagen idílica donde, ahora sí, el “pueblo” —gracias a la 4T—, recupera su “soberanía” y la ejerce ante el “gigante” del norte, con dignidad, firmeza y claridad. Claro, muchos se preguntan si tal “soberanía” se ejerce también sobre los grupos del crimen organizado, particularmente donde éstos imponen normas y cobran impuestos al pueblo.

Hay, al menos, dos Méxicos: Sobre el que informó la presidenta y el que gobiernan los grupos del crimen organizado. En el primero, el crimen decrece hasta en un 25 %, según los datos de la presidenta, y los más de 24 mil victimados en once meses de su gobierno es una cifra, ¿nimia?; en el segundo los crímenes, desapariciones, fosos clandestinos son incontables. Lo cierto es que el pueblo, la gente, la sociedad, registra, desde la irrupción de la 4T, más de 200 mil muertes violentas. Peor que en una guerra actual.

Pues, bien, frente a las víctimas, frente a sus familias que las lloran, frente a la vulnerabilidad de las posibles víctimas, no se da ese compromiso número 3, de ser un gobierno “Cercano y sensible a la gente”; tampoco se ve esa cercanía ni esa sensibilidad con los niños y niñas enfermos de cáncer ni con sus familias que tienen que peregrinar y, en muchos casos, sufrir las pérdidas humanas. El acceso a la salud es otro tema empalagoso para el oficialismo. Las medicinas son otro tema resbaloso.

Sigamos con la seguridad. Según el Informe presentado en la web del gobierno, la Estrategia Nacional de Seguridad busca atender a las causas que generan violencia y, así, construir la paz. En el párrafo segundo de ese apartado se señala que, con tal propósito y de acuerdo al artículo 21 constitucional, “la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) cuenta con la facultad de investigar delitos bajo la conducción y mando del ministerio público a fin de evitar que los delitos queden impunes” (pp. 64ss). ¿Cómo se atenderán las causas con los mismos procedimientos?

En la reforma del Poder Judicial, que busca garantizar la justicia, no se tocaron los ministerios públicos “ni con el pétalo de una rosa”. Es ahí donde suele darse la corrupción, por no hablar de las fiscalías. Ya vimos cómo el fiscal general quiso usar a la fiscalía para llevar a cabo una venganza familiar. La atención a las causas, para quien redactó el Informe se traduce en ofertar “servicios y programas sociales, así como actividades culturales, deportivas y recreativas.” O realizar Tianguis del Bienestar. Uno se pregunta, ante las balas del crimen organizado, ¿es suficiente esa oferta?

Bueno, son dos mundos. Incluso, en el mismo Zócalo de la capital, se pudo ver al pueblo que transita cotidianamente en el Centro Histórico. Con extrañeza, esos miembros del pueblo vieron desfilar los autos de lujo de los invitados al evento de Palacio Nacional. Extrañeza, no cercanía, suscitaba un evento de tal naturaleza. Desde luego, el “pueblo” invocado en el discurso presidencial no era el que miraba el desfile de las personalidades al ingresar al recinto palaciego. Dos mundos separados, ajenos.

Lo más relevante del día, más allá de las lecturas de la nueva liturgia política, fue el bautizo de “histórico”. El que la primera mujer presidenta informara sobre los asuntos de la administración pública federal, ya es de suyo “histórico”; y que continúe y se profundice la “Cuarta transformación” también lo es. Y el día es “histórico” también porque ha brotado un auténtico Estado de derecho, una genuina democracia, donde las libertades están garantizadas, claro, dentro de la hegemonía de un solo poder.

Ese poder es el del primer México, el que, gracias a una mayoría artificial, el oficialismo pudo demoler una incipiente, imperfecta y débil democracia para implantar una burda, grotesca y grosera “democracia”, donde el pueblo elige, pero no se le respeta (como el hecho de que 54 % de votos saltó a una representación del 75 % en el Congreso y al 45% se le redujo al 25 %, gracias a los “felipes” del Tribunal Electoral). O donde el “pueblo” elige al Poder Judicial, pero el 87 % de ese pueblo se abstiene. Vientos nuevos corren, pero con polvos viejos.

El otro México es el silenciado —quizá también silencioso—, el de las madres buscadoras, el de los niños y niñas con cáncer, el de sus familias rotas, el de los desaparecidos, el de las fosas. Es donde manda el que tiene las armas, el que extorsiona, el que compite con el Estado y genera mercado, pero somete a la sociedad, a la comunidad, al pueblo que también es real y verdadero. El pueblo que sufre no sólo la indiferencia de quienes deberían de protegerlos, sino el asedio de los criminales.

Ese hecho debería recordarnos que un pueblo dividido, rasgado, lacerado, no marcha a ninguna parte. Como en la parábola del buen samaritano, hay hombres y mujeres malheridos a la vera del camino, ¿vamos a pasar de largo fingiendo que no los vemos, o que no tenemos tiempo, o que, mejor, no podemos distraernos de nuestros puros y nobles pensamientos? ¿O, venciendo nuestros prejuicios, miramos a nuestros compatriotas heridos y curamos sus heridas, los subimos a nuestras monturas y los llevamos a un albergue donde terminen de sanar? El México olvidado está ahí y espera que lo miremos.


+ OPINIÓN : Las opiniones expresadas son responsabilidad del autor

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