Sabio, políglota, traductor de lenguas muertas y uno de los mayores expertos mundiales en cristianismo primitivo, Antonio Piñero publica la historia definitiva de la gnosis, el movimiento secreto y deslumbrante que disputó el trono de la nueva religión en la Antigüedad tardía y no ha dejado de aparecer y desaparecer hasta hoy

Daniel Arjona / PAPEL
Madrid
Esta historia no contó con un Miguel Ángel, un Dante o un Milton que la cantaran y dejaran resonando cóncavamente en la memoria humana. Tampoco pobló los techos de la Capilla Sixtina. Sin embargo, al emerger de las tinieblas del principio de nuestra era con su desfile de grotescas figuras míticas, el lector reparará en su carácter tan perturbadoramente familiar. O como advirtió Han Jonas, uno de sus primeros exégetas: «Aquellas enseñanzas que en la hora febril de la transición desafiaron, provocaron e intentaron deformar la nueva fe han sido olvidadas, su memoria escrita enterrada en los tomos de sus refutadores o en las arenas de los países de la Antigüedad. Nuestro arte, nuestra literatura y muchas cosas más serían diferentes si el mensaje gnóstico hubiese pervivido».
Los fascinantes gnósticos que disputaron la primacía del cristianismo primitivo acabaron derrotados por lo que por azar vino a llamarse ortodoxia, sus evangelios fueron expurgados del canon, sus enseñanzas recibieron los más furibundos anatemas de padres de la Iglesia como Ireneo de Lyon o Hipólito de Roma (lo que, paradójicamente, permitió conservarlas). Pero la fuerza de sus abstrusas ideas sobre el origen del Universo, el demiurgo malvado o la chispa de divinidad que esconde el corazón humano y que solo mediante el conocimiento (la gnosis) podrá ser reintegrada en lo Absoluto han cautivado a generaciones. Y seguirán haciéndolo gracias a una obra sin parangón en los estudios internacionales que acaba de publicar uno de nuestros grandes sabios.
Nos referimos a Gnósis: conocimiento de lo oculto (Trotta), de Antonio Piñero (Chipiona, 1941). Piñero es licenciado en Filosofía y Filología Bíblica Trilingüe y uno de los mayores expertos mundiales en los orígenes del cristianismo primitivo, autor de una traducción anotada del Nuevo Testamento y de toda clase de estudios sobre el Jesús histórico. Así, cuando le preguntamos al incansable e hiperactivo erudito de 84 años por su personal relación con la gnosis judía y cristiana, Piñero aclara que todo comenzó de manera fortuita en 1983, cuando Carlos García Gual le encomendó no solo la revisión, sino también la reordenación de dos volúmenes sobre los gnósticos de José Montserrat para el mítico sello Gredos.
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Años más tarde, volvió a sumergirse en el tema al organizar un equipo para editar todos los textos de Nag Hammadi, el lugar en el desierto egipcio de un increíble hallazgo en 1945 gracias al cual, por primera vez, los gnósticos nos hablaban con su propia voz. Fue entonces cuando constató que las introducciones a la gnosis disponibles en español eran tan breves como poco efectivas. «Un día hice la prueba. Le dije a mi mujer María Ángeles, que es licenciada en francés e inglés y una persona culta que se leyera una de esas introducciones a la gnosis cuyo autor no diré. Leyó las 32 páginas y le dije: ‘A ver, explícame qué es la gnosis’. ¡Y balbuceaba! No se había enterado de gran cosa».
La experiencia le impulsó a escribir su propio libro, concebido como lo que los ingleses llaman un companion, una guía de textos seleccionados y comentados para acompañar al lector. Aunque lo define como «un título no técnico, sino didáctico», Piñero subraya la enorme dificultad del proyecto: «Reorganizar toda la gnosis, escoger los textos, explicarlos, dividirlos en 122 capítulos, relacionarlos unos con otros… en fin, me ha llevado dos años de trabajo».
¿La gnosis es religión o filosofía? Piñero la describe, más bien, como «una teología revelada». El gnóstico es alguien que recibe una revelación directa de Dios sobre unos textos que ya son considerados sagrados, como los sufíes con el Corán, los cabalistas judíos con la Torá o a los sabios hindúes con los Upanishads. El propósito de esta iluminación divina es que «el gnóstico entienda esos textos mejor que los demás». La razón de esta capacidad superior no es meramente intelectual: «Él no es como nosotros, hombres corrientes. Además de cuerpo y alma, tiene un espíritu consustancial con el de Dios».
La extrema complejidad y el derroche de imaginación de las cosmologías gnósticas, con su corte divina o Pleroma y sus 365 cielos superpuestos, encandiló a Borges o a Ciorán y los Basílides, Valentiniano, Carpócrates y otros «infames heresiarcas» infectaron los sueños de Quevedo. Antonio Piñero explica que no se trata de una creatividad surgida de la nada. Tan complejo sistema es, en realidad, «una copia ilustrada y repensada de señores que han leído a Pitágoras, o a sus discípulos, y, sobre todo, a Platón». La influencia del filósofo griego es tan capital que, para los gnósticos, «Platón es un revelador, es san Platón».

El gnosticismo brota entre los judíos de Alejandría o de Cilicia, «una atmósfera intelectual que impregnó incluso a figuras como Pablo de Tarso». A pesar de que no se conserva ningún escrito de los primeros gnósticos, que solo son conocidos por citas de sus adversarios, Piñero resume cuál era su principal ocupación: «Preguntarse por el origen del mundo y del hombre mediante una exégesis del Génesis».
La gnosis nace de una «angustia» existencial, de una «nostalgia de los orígenes». «¿Tú nunca te has encontrado en tu vida con tipos muy pensativos, heréticos y que se creen que tienen algo de divino por dentro?». Individuos que «no se sienten bien en este mundo» precisamente porque perciben que su espíritu, aprisionado en su carne, es demasiado elevado, y anhelan «volver al sitio de donde provienen». Esta profunda sensación de desarraigo es, en esencia, el motor de la búsqueda gnóstica.
Los gnósticos se consideraban «una especie de aristocracia intelectual» destinada en exclusiva a la salvación, pero no por mérito, sino por elección divina. «Realmente, el gnóstico cree que ha nacido así porque Dios lo ha escogido en un acto de pura voluntad divina, porque le da la gana, sin explicación ninguna».
Podemos seguir la huella de los gnósticos en los evangelios apócrifos (ese Simón el Mago que compite con san Pedro por resucitar una sardina) pero también en los canónicos. En la Epístola a los Corintios, observamos a Pablo discutir con «una suerte de gnósticos que se llaman neumáticos, es decir, poseedores del espíritu».
«Una religión para seres espirituales que desprecia al 99% de la humanidad no lo tiene fácil para prosperar»Antonio Piñero
Sin embargo, Piñero introduce un matiz crucial: los miembros de esta élite espiritual «pueden ser superiores y no saberlo al principio. Necesitan una llamada». Esa llamada proviene de una figura salvadora, como Jesús, que despierta al gnóstico de su letargo material, un estado que compara a estar «dormido o ebrio». Es en ese momento de despertar cuando el individuo se formula las preguntas esenciales que definen la gnosis: «¿Quién soy yo verdaderamente? ¿De dónde provengo? ¿Qué tengo que hacer para volver allí de donde viene mi espíritu?».
Al explorar el origen del «odio a la carnalidad» en la gnosis y cómo puede derivar en prácticas tan opuestas como el ascetismo y el libertinaje, Piñero parte de la base del dualismo gnóstico. «La carne es materia, la materia es totalmente opuesta al espíritu» Para el gnóstico, el universo material no es una creación divina, sino el resultado de «un catastrófico error». La conclusión es inevitable: «La materia en sí es mala, todo el universo es malo y mi parte material, también es mala».
La reacción más común y lógica ante esta realidad, según Piñero, es el ascetismo. El gnóstico decide «formular un no rotundo a mi cuerpo», lo que lleva a que «la mayoría de los gnósticos, salvo algunos, sean ascetas y eremitas».
Sin embargo, existe una segunda vía, minoritaria, que reinterpreta la relación con el cuerpo. Algunos grupos, como los cibionitas, parten de la idea de que «lo perfecto no es el individuo sino la pareja». La clave de esta visión es que el espíritu humano es considerado femenino y solo alcanzará la perfección tras la muerte, cuando se una con su contraparte celestial. «El gnóstico dice: ‘Yo tengo mi pareja, pero mi pareja es un ángel’».
Esta distinción entre la pareja carnal y la espiritual es fundamental para entender la postura gnóstica ante el sexo. Piñero coincide en que la cópula es problemática «cuando consideras el sexo como pareja puramente carnal», ya que el interés del gnóstico se centra en la «pareja espiritual». Para ilustrarlo, cita el Evangelio de Felipe, popularizado por la «horrible novela» de Dan Brown. Lo que no significa que algún gnóstico pueda llegar pensar que si la pareja es perfecta hay que hacer de la cópula un símbolo, y por tanto del hedonismo. Cuanto más copulemos, mejor. Pero estos son muy pocos.
¿Pudo el gnosticismo convertirse en la corriente hegemónica del cristianismo? ¿Cuán cerca quedó de la victoria? Piñero considera que «podría haberlo sido teóricamente», pero contenía las semillas de su propia derrota. Su principal debilidad era su elitismo intrínseco: «Una religión para seres espirituales que desprecia al 99% de la humanidad no lo tiene fácil para prosperar». Además, su naturaleza híbrida la hacía inestable: era «demasiado filosófica para ser religión, y como filosofía resultaba demasiado religiosa».
«Era demasiado filosófico para ser religión, y demasiado religioso para ser filosofía»
Este carácter exclusivo provocó un choque frontal con la jerarquía eclesiástica. Piñero explica que el gnóstico «se sentía muy superior a cualquier obispo» y no reconocía jerarquías, pues su avance espiritual se medía por «sucesivos bautizos celestes» y no por una estructura terrenal. Esta actitud minaba la autoridad de los obispos y el principio fundamental que la Iglesia estaba consolidando a finales del siglo II: «El libro básico, la Biblia, no lo puedes interpretar como te dé a ti la gana, como hacen los gnósticos. Lo puede interpretar solo el jefe de la iglesia». Pese a su declive en el siglo V, Piñero destaca su sorprendente resiliencia, de forma que reapareció siglos más tarde con los bogomilos y, sobre todo, los cátaros.
En los años 60 del siglo XX, a medida que iban descifrándose los códices de Nag Hammadi, el manantial inagotable de la gnosis halló un cauce propicio entre los círculos progresistas americanos que se aplicaban en la lectura del Evangelio de Tomás, como refleja Susan Sontag en sus Diarios. Pero Piñero se muestra cauto. Considera que movimientos como la teosofía o el New Age son «una evolución muy acomodada a nuestro tiempo del espíritu de la gnosis», pero no una réplica. El obstáculo es insalvable, pues nuestra cosmovisión es radicalmente distinta: «Tal como sea tu idea del mundo, así será tu Dios. Un gnóstico del siglo II y un teósofo del XXI no pueden compartir el mismo concepto de divinidad».
¿Y qué rastro hay de la gnosis, como defiende John Gray, en las nuevas religiones tecnológicas como el transhumanismo, su repudio por la materia y su anhelo de «salvación por el conocimiento»? Piñero ve un eco, pero también una diferencia fundamental. El intento de volcar la conciencia a un ordenador o a un espacio cuántico sigue siendo algo material. «No sales de la materia, que es lo que interesa al gnóstico», apunta. Estos movimientos «se quedan a medias». En cualquier caso, su libro, concluye, puede servir precisamente para «contrastar las ideas más o menos gnósticas actuales con las de la gnosis antigua», permitiendo al lector juzgar si son «verdaderos herederos de la gnosis o solo recreadores» de un sistema de pensamiento que «no es sencillo, no es una novela de aventuras».
Fuente: https://www.elmundo.es/papel/historias/2025/07/13/6872867f21efa0c5748b4588.html