Los Periodistas

Sobremesas en crisis

#ElRinconDeZalacain | “Las comidas familiares parecen reuniones de zombis, cada uno concentrado en su móvil”: Le Breton

Por Jesús Manuel Hernández

Desde hace varias décadas, el aventurero Zalacaín ha venido fomentando comidas largas con un grupo de amigas y amigos, a veces se reduce la asistencia y otras se incrementa, los más asiduos conocen el protocolo y se disciplinan, por así decirlo, pero las nuevas o los nuevos, se topan con un problema… la sobremesa, casi siempre es larga.

Costumbres ancestrales de los pueblos mesoamericanos coincidieron también con las llegadas de España, principalmente, donde la comida del medio día no solo es un tiempo para consumir alimentos, se traduce en una reunión, originalmente familiar, salpicada de anécdotas, vivencias, charlas, historias del pasado, donde se permitía el conocimiento de familiares ausentes.

Zalacaín había experimentado muchas sobremesas largas, larguísimas a veces, con sus amigos en Madrid, pero curiosamente esa costumbre nunca la ha podido tener en otros países, incluso en algunas ciudades del Norte de México la sobremesa es muy corta, o nula.

Pero los poblanos, tenemos esa costumbre muy arraigada. Y hay o hubo, verdaderos especialistas en convocarlas.

No se trataba solo de sentarse a comer. Empezaba desde la convocatoria. Algún amigo era especialista en mandar a hacer invitaciones garigoleadas, con acento en imágenes del vino o de la comida, personalizadas. El texto participaba del deseo de recibir al invitado en su casa a partir de tal hora y a veces daba un adelanto del menú, platos y vinos y por supuesto los digestivos, y hasta los puros en algunas ocasiones.

La sobremesa era el broche de oro de una reunión iniciada antes de las 2 de la tarde con recepción en un espacio diferente a donde sería la comida.

Vinos espumosos y algunos canapés muy ligeros, eran servidos para “abrir el paladar” de los invitados. Esto podría durar 60 o 90 minutos, después se trasladaban al comedor, donde los lugares también habían sido personalizados. El anfitrión procuraba así ubicar a quienes tenían temas en común y por supuesto a su derecha y a su izquierda las personas con quienes él, quería tener o más atenciones o charlar, o, casi siempre, comentar los vinos.

Después de la comida, se pasaba a otro espacio de la casa del anfitrión, donde habían sido colocadas sobre una mesa de servicio las bebidas digestivas, también aparecían platones con frutos secos, algún chocolate amargo, ceniceros para los puros o cigarros y la sobremesa se inauguraba con alguna anécdota, un chiste, o una historia de familia.

Cabe destacar, pensaba Zalacaín, un asunto: No había celulares.

En algunas ocasiones las sobremesas se prolongaban hasta la hora de “reanimar” la reunión con la llegada de algún trío, o de la repentina aparición de una buena dosis de chilaquiles o tacos al pastor, árabes, o antojitos poblanos y fluían las bebidas espumosas, los cánticos, la poesía…

Curiosamente no había televisiones en aquellas comidas-sobremesas.

Y Zalacaín seguía reflexionando.

Antes la gente charlaba, platicaba, cuando llegó la televisión al desayunador, comedor, antecomedor, o como quiera llamársele, las charlas familiares se fueron espaciando, los comensales veían a los cómicos, las telenovelas, o la película, y comentaban sobre los programas, pero se perdió la comunicación personal.

Zalacaín había recibido unas líneas alusivas al último libro de David Le Breton y de ahí le llegaron los recuerdos de la sobremesa.

Escribe Le Bretón: “Nos adentramos en una sociedad fantasmal donde, incluso en las calles, los ojos están clavados en las pantallas en un gesto de adoración perpetua, ya no abiertos al mundo que nos rodea… Nunca hemos comunicado tanto, pero nunca hemos hablado tan poco entre nosotros… Las comidas familiares parecen reuniones de zombis, cada uno concentrado en su móvil”.

Vaya golpe a la realidad, hoy día en los desayunos, comidas, cenas, bares, cafés, el diálogo entre personas ha sido desplazado por los teléfonos celulares, el dispositivo, todo lo posible de conectar por internet a miles de kilómetros, pero nos desconecta con el “otro”.

Zalacaín tomó una decisión, volvería a provocar las sobremesas pidiendo a sus invitados, darle prioridad al contacto personal, no al celular.

Y entonces saltó a la cabeza aquél primer párrafo de la poesía de Manuel Gutiérrez Nájera:

“En dulce charla de sobremesa,
mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces el duque Job…”

O como dijera Oscar Wilde: “Matar es una estupidez. Nunca debe hacerse nada de lo que no se pueda hablar en la sobremesa”.

Efectivamente pensó Zalacaín, una de las condiciones de una buena sobremesa es no convocar a temas prohibidos por la moral y las buenas costumbres, se diría en el siglo pasado, cuando por cierto las señoras tenían una sobremesa y los señores la propia.

Por suerte las nuevas costumbres dejaron fuera esta actitud, y por supuesto una buena sobremesa de la postmodernidad, necesita, requiere, demanda, la presencia de las mujeres y de la poesía.

Pero esa, esa es otra historia.

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YouTube El Rincón de Zalacaín

* Autor de “Orígenes de la Cocina Poblana” Editorial Planeta.

elrincondezalacain@gmail.com

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