Fue su sombra. Mucho más que su secretario personal. Su confidente. Su bastón en los momentos más negros. Luis Cárdenas estuvo al lado de Gala durante tres décadas, siempre en un discretísimo segundo plano. Cuando se cumplen dos años de la muerte del genial escritor y poeta, rompe su silencio para dar la voz de alarma: «Ya no se habla de él»

Chema Rodríguez / Crónica
«Yo misma había llegado a convencerme de que mi matrimonio no era perfecto».
Antonio (Gala) está de pie, andando y desandando sus propios pasos, mientras dicta, dispara, palabras. Tal es la velocidad a la que salen de sus labios tras leerlas en la pequeña libreta, con letra como de hormiga escrita con Pilot 0,5. En un rincón, Luis (Cárdenas) trata de seguir el dictado con un ordenador que desborda la pequeña mesa. Se esfuerza por no perder el hilo y por contener los nervios que se le anudan al estómago.
Hace calor, es una tarde de septiembre de 1992 y la voz del escritor es lo único que se escucha en el silencio de La Baltasara, el vergel de Alhaurín el Grande en el que Gala tiene su refugio.
La escena, los nervios, Gala paseando por su estudio y aquellas trece palabras con las que comienza La pasión turca son como un tatuaje en la memoria de quien fue algo más que el secretario del escritor cordobés (nació, por accidente en Brazatortas, provincia de Ciudad Real, pero Córdoba fue su patria sentimental). Más de tres décadas han pasado de aquel dictado con el que Luis Cárdenas se estrenaba como escriba de Gala, y en la planta superior de La Baltasara parece que el tiempo se ha detenido en aquella tarde, en aquel instante.
Casi se puede oír la voz de Gala, que se levanta de su mesa y da vueltas por el estudio, donde la luz entra a raudales iluminando los bolígrafos de colores con los que escribía y corregía sus textos, el sofá en el que descansaba o las obras de arte que cuelgan de sus paredes.
«De la primera noche que pasé aquí guardo un recuerdo que hoy me hace sonreír», dicta acompasando su voz al ritmo de sus pasos...
Aparte de la ausencia de Gala (sin embargo, tan presente), los postes y las cuerdas que rodean los muebles recuerdan que aquí ya no vive el genio, que la finca que compró en 1987 para escapar de Madrid, primero por temporadas y, luego, por años, es ahora un museo en el que se preserva su legado y se atesoran sus recuerdos.
Los secretos de Gala, sin embargo, no están entre los muros encalados. Los guarda, con celo, Cárdenas. «Me moriré siendo su secretario», sentencia mientras recorre la que fue su casa durante tantos años. «Secretario, de secretos, los que guardo», añade.
Pero, además de secretos, durante más de treinta años ha guardado silencio. No concedía entrevistas, ni hablaba con la prensa. «Lo que yo podía decir, lo contaba mejor él».
Cuando se cumplen dos años de la muerte del genio, su secretario personal (y mucho más) rompe, ahora sí, su voto de silencio porque Gala «ya no está detrás con el bastón» y porque, así, «se sigue hablando de él». Porque, advierte Cárdenas, llegará un día en el que nadie se acuerde de su «jefe». Preservar su legado y su memoria es ahora, dice, su misión. Porque, alerta, su recuerdo «está en peligro». «Es lógico, ya no se habla de él, no sale en la televisión…», dice.
Más de treinta años al lado de Antonio Gala dan para escribir un libro, aunque Luis ni se lo ha planteado. «Aprendí mucho de él», afirma orgulloso y agradecido quien fue algo más que secretario y mucho más que un compañero. «No sabría definir mi relación con él, que lo haga la gente», apunta.
Pero no siempre fue fácil. Aquella tarde calurosa de septiembre de 1992 se planteó seriamente marcharse, dejar un trabajo en el que apenas llevaba seis meses y para el que no se sentía preparado. Llegó a planteárselo al propio Gala, pero éste despachó, tajante, sus dudas y ya nunca más volvieron a aparecer.
Fue en marzo de ese mismo año, rememora, cuando conoció a quien siempre ha llamado, desde entonces, «mi jefe». Trabajaba por entonces en la librería Machado, en Madrid, y le enviaron a la caseta que montaba en la Feria del Libro y a la que Gala fue a firmar autógrafos. «Yo sabía quién era, pero él no sabía quién era yo».
«Solo con conocerlo dio la vuelta a mi vida como a un calcetín». Las palabras siguen llenando el silencio del estudio de Gala…
«¿Por qué hablas tan alto?». Ésas fueron las primeras palabras que le dirigió el que sería su «jefe» durante más de 30 años y al que tuteó desde el primer minuto. «Le comenté que daba clases de Astronomía y él me preguntó que si le iba a dar clases a él», cuenta Cárdenas, que antes de recalar entre las estanterías de la librería Machado impartido lecciones sobre astros y constelaciones.
Al sábado siguiente, tras una llamada recordándole la oferta, se vieron en su casa madrileña, en la esquina de las calles Macarena y Triana. «Empezamos a hablar, él más que yo y, al lunes siguiente, ya estaba trabajando», rememora. Tenía 32 años.
La Baltasara fue su hogar durante años. Primero solo los veranos (y algunas navidades) y, luego, a partir de la marcha de Madrid de Gala, en el año 2015, su hogar permanente, de lunes a sábado (los domingos descansaba).
En el pequeño comedor de la casa solariega, blanca de cal y rodeada de glicinias, tenía su sitio frente a la chimenea. De espaldas al fuego, señala como si los años no hubiesen pasado, se sentaba el «jefe». En la sala de estar contigua se acomodaban a ver la televisión. Gala en el sofá, él en un sillón. «Me partía de risa, no callaba nunca», explica.
Gala, el «jefe»:«Era duro trabajar con él»
Los días en La Baltasara se repetían uno tras otro. Si Gala estaba escribiendo alguna de sus novelas —aquí las escribió todas menos El manuscrito carmesí—, las tardes eran de trabajo en el estudio de la planta superior. Gala, libreta en mano, dictando a su secretario, y éste intentando coger al vuelo cada palabra, cazándolas desde su minúsculo rincón. Aunque algunas escapaban y Cárdenas, confiesa, secuestraba a ratos y en secreto la libreta de su jefe y descifraba, con el código que le iba dando la experiencia, aquella letra de hormiga para rellenar los blancos.
«Trabajaba muchas horas, incluso los sábados después de comer». Hasta que se plantó, a los cinco años de aquel encuentro en la Feria del Libro de Madrid. «Era muy duro trabajar con él», apostilla.
La jornada comenzaba con los ladridos de los perros de Gala. Casi hasta el final de su vida estuvo acompañado de sus mascotas, que el escritor quiso que reposaran, una vez muertos, en la misma finca donde él encontró la serenidad de sus últimos años. Olé, Troylo, Toisón, Zagal, Zahora, Zegrí, Rampín y Ariel fueron los otros compañeros fieles del escritor y sus tumbas ocupan hoy un lugar de privilegio en La Baltasara, bajo el enorme eucalipto que daba sombra a los paseos de Gala por los 30.000 metros cuadrados de su paraíso malagueño en la tierra.
Cada mañana se repetía el ritual. Gala era muy de rituales.
Solía desayunar en la cama, rodeado de sus vírgenes y de sus santos, huérfanos desde que se fue a vivir a Córdoba, en 2018. Leía los periódicos, EL MUNDO «siempre», y daba su paseo matinal. Largo o corto, según las ganas y las fuerzas porque cuando Gala se retiró a La Baltasara ya no estaba en su mejor momento físico.
No siempre fue fácil, pero la balanza en la que Cárdenas pesa su vida junto a Gala se inclina más hacia lo que aprendió y disfrutó que hacia lo que sufrió. Porque también sufrió.
Y Luis pelea por atrapar el hilo que brota del genio: «Cuando se ha conocido el cielo y el infierno, este mundo —giré mi mano señalando todo el salón— es una aburrida tontería».
Aprendió, entre otras cosas, los secretos de las palabras porque Gala era, por encima de todo, destaca, «un maestro del lenguaje» que utilizaba «como nadie». «Podías estar más o menos de acuerdo con el tema», pero «era increíble cómo escribía».

Lo dice quien, de partida, no tenía vínculo alguno con la literatura. Luis Cárdenas, de hecho, es licenciado en Biología, una carrera que terminó en Oviedo, donde su familia, originaria de Jaén, se había establecido y acabó en Madrid porque allí hizo el servicio militar. «Hice de todo y acabé dando clases de Astronomía aunque, al principio, no tenía ni idea».
Llegó a darle una clase sobre las constelaciones a Gala usando un telescopio que Terenci Moix le regaló, pero lo que le interesaba al escritor no estaba en ninguna galaxia lejana.
Cárdenas recuerda, mientras pasa junto al cenador en el que celebraban la noche de San Juan, los viajes que hicieron juntos («si él iba en primera clase, yo iba en primera»), las cenas en reservados («nunca me exigió traje ni corbata») y los personajes a los que conoció («Concha Velasco me cogió mucho cariño»).
«Me moriré siendo el secretario de Antonio Gala», sentencia quien fue mucho más que eso. «Era su mano derecha y su mano izquierda», detalla. Y su cocinero cuando el servicio libraba, su chófer… Ni siquiera él mismo se atreve a definir su relación con el escritor. «Que la defina la gente», reta.
Eso sí, niega, sin que medie pregunta alguna, que su relación fuera más allá. «Nunca me acosté con él y me lo siguen diciendo. Debía ser que no era su tipo porque nunca me hizo la más mínima insinuación», dice a carcajadas.
«Y es que las palabras no pueden expresar los sentimientos. Y el del amor, menos aún: cuando se cuenta, se falsea, y los consejos que se suscitan son falseados también». Gala sigue poniendo voz a los pensamientos de Desideria mientras cae la tarde en La Baltasara.
Se divirtió mucho. Su vida fue apasionante al modo que lo fueron las de muchos de los personajes que salieron de los bolígrafos Pilot de Gala, que aún esperan que el maestro los empuñe. Pero también hubo, recuerda, momentos tristes, dolorosos.
Los peores, dice sin titubear, aquellos en los que el cáncer de colon casi le apaga a Gala el brillo de su mirada, que tuvo hasta el último día. «Estuvo a punto de tirar la toalla», desvela quien le sostuvo aquellos días de quimioterapia y sufrimiento. «Aquello fue un punto de inflexión, se dio cuenta de lo que tenía a su lado», agrega.
Cárdenas fue testigo de excepción de la brillantez del Gala escritor, del Gala poeta —«el gran desconocido»— y de su decrepitud, de los mordiscos que le fue dando la edad y una salud quebrantada. Eso fue lo que les separó, en 2018, cuando dejó para siempre La Baltasara y se trasladó a la celda rectoral del antiguo Convento del Corpus Christi, en Córdoba, su última parada en la tierra.
La pandemia lo enclaustró aún más y «se le sobreprotegió». «Le quisieron aislar, tenían miedo de que se contagiase» y aquello le pasó factura. «Fue muy duro», apunta.
Su fiel secretario, que lo fue hasta el último minuto (y lo será hasta que muera), le visitaba allí. Cuando Gala ya no era Gala, evoca emocionado, aún era capaz de sacarle una sonrisa. Con una caricia en la mejilla y un piropo.
Cárdenas vela desde entonces por la memoria de su jefe, por que se siga hablando de Antonio Gala, por que su nombre siga apareciendo en portadas de libros, en librerías como aquella en la que le encontró. No está dispuesto, advierte, a que el nombre de Gala se borre de la memoria colectiva y, promete, tiene munición para librar la guerra contra el tiempo. Material inédito, sobre todo poesía, que nunca vio la luz y que él atesora y cuida con el mimo con el que cuidó al genio en vida.
Parte de ese material acaba de aparecer publicado en La Andalucía de Gala (editorial Almuzara), pero hay más. Muchísimo más.
Porque aunque el legado que de verdad le importaba a Gala no está en riesgo, la fundación para jóvenes escritores que creó en Córdoba y a la que dejó todos sus bienes, su otra herencia sí está peligro, la de aquellas palabras que aún resuenan en La Baltasara pero que van desvaneciéndose, desdibujándose en la memoria colectiva mientras su fiel secretario pelea contra el tiempo y el olvido
Fuente: https://www.elmundo.es/cronica/2025/05/28/682df815fc6c83cc558b45b0.html