{"id":38155,"date":"2022-10-01T06:23:19","date_gmt":"2022-10-01T11:23:19","guid":{"rendered":"http:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/?p=38155"},"modified":"2022-10-01T07:45:04","modified_gmt":"2022-10-01T12:45:04","slug":"avance-editorial-la-insurgencia-mas-caotica-y-sangrienta","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/avance-editorial-la-insurgencia-mas-caotica-y-sangrienta\/","title":{"rendered":"AVANCE EDITORIAL | La insurgencia m\u00e1s ca\u00f3tica y sangrienta | El Correo"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-medium-font-size\">Arturo P\u00e9rez-Reverte relata en &#8216;Revoluci\u00f3n&#8217; la aventura de un ingeniero espa\u00f1ol junto a los hombres de Villa. La novela llegar\u00e1 el martes a las librer\u00edas<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-full is-style-default\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" width=\"984\" height=\"608\" src=\"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2022\/10\/web-relato-reverte-kSXE-U1802287170095HI-984x608@RC.jpeg\" alt=\"\" class=\"wp-image-38156\" srcset=\"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2022\/10\/web-relato-reverte-kSXE-U1802287170095HI-984x608@RC.jpeg 984w, https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2022\/10\/web-relato-reverte-kSXE-U1802287170095HI-984x608@RC-300x185.jpeg 300w, https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2022\/10\/web-relato-reverte-kSXE-U1802287170095HI-984x608@RC-768x475.jpeg 768w\" sizes=\"(max-width: 984px) 100vw, 984px\" \/><figcaption>ILUSTRACI\u00d3N TOM\u00c1S ONDARRA<\/figcaption><\/figure>\n\n\n\n<p class=\"has-vivid-cyan-blue-color has-text-color has-medium-font-size\">ARTURO P\u00c9REZ-REVERTE \/ EL CORREO<\/p>\n\n\n\n<p>\u00c9sta es la historia de un hombre, una revoluci\u00f3n y un tesoro. La revoluci\u00f3n fue la de M\u00e9xico, en tiempos de Emiliano Zapata y Francisco Villa. El tesoro fueron quince mil monedas de oro de a veinte pesos de las denominadas maximilianos, robadas en un banco de Ciudad Ju\u00e1rez el 8 de mayo de 1911. El hombre se llamaba Mart\u00edn Garret Ortiz, y todo empez\u00f3 para \u00e9l la ma\u00f1ana de ese mismo d\u00eda, cuando oy\u00f3 un disparo lejano. Pam, hizo, seguido de un eco que fue apag\u00e1ndose en la calle. Y despu\u00e9s sonaron otros dos seguidos: pam, pam.<\/p>\n\n\n\n<p>Dej\u00f3 sobre la mesa el libro que estaba leyendo -&#8216;La energ\u00eda el\u00e9ctrica en la moderna explotaci\u00f3n minera&#8217;- y se asom\u00f3 al mirador apartando los visillos. Parec\u00edan tiros de fusil disparados a dos o tres manzanas de all\u00ed. A un par de cuadras, como dec\u00edan los mexicanos. Al cabo de un momento sonaron otros, esta vez m\u00e1s cerca. Sobre los tejados de las casas bajas y chatas se levant\u00f3 una columna de humo primero gris y luego negro que la ausencia de viento manten\u00eda vertical en el azul cegador de la ma\u00f1ana. Ahora el tiroteo era m\u00e1s nutrido, torn\u00e1ndose un chisporrotear de estampidos: pam, crac, crac, pam, crac, pam. As\u00ed sonaba, y el eco volv\u00eda a multiplicar el ruido. Era un crepitar intenso, semejante al arder de madera seca, que parec\u00eda extenderse por todas partes.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya empez\u00f3, se dijo, excitado. Ya los tenemos ah\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Era Mart\u00edn Garret un joven curioso, todav\u00eda en esa edad -veinticuatro a\u00f1os cumplidos dos meses atr\u00e1s- en la que uno cree hallarse a salvo de los imprevistos del azar y de las balas perdidas que zumban en las calles. Pero, sobre todo, se aburr\u00eda en su habitaci\u00f3n del hotel Monte Carlo esperando la reapertura de las minas Piedra Chiquita, cerradas por la inseguridad pol\u00edtica en el norte del pa\u00eds. As\u00ed que la novedad pudo m\u00e1s que la prudencia. Se aboton\u00f3 el chaleco y ajust\u00f3 la corbata, cogi\u00f3 sombrero y chaqueta e introdujo en \u00e9sta un peque\u00f1o rev\u00f3lver Orbea niquelado con cinco cartuchos de calibre 38 en el tambor. Aquel peso en el bolsillo derecho inspiraba cierta seguridad. Despu\u00e9s baj\u00f3 de dos en dos pelda\u00f1os las escaleras, pas\u00f3 junto al asustado conserje, que asomaba apenas los bigotes tras el mostrador del vest\u00edbulo, y sali\u00f3 a la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>Quer\u00eda mirar, verlo todo con sus propios ojos \u00e1vidos. Desde que lleg\u00f3 de Espa\u00f1a, el joven ingeniero de minas hab\u00eda seguido la evoluci\u00f3n de los acontecimientos a trav\u00e9s de los peri\u00f3dicos nacionales y estadounidenses. Todos hablaban de la inminencia del conflicto, de la inestabilidad del presidente Porfirio D\u00edaz, de c\u00f3mo los descontentos se un\u00edan en torno al opositor Francisco Madero. En los \u00faltimos meses se hab\u00edan sucedido tensiones pol\u00edticas, hechos ominosos, incidentes que inclu\u00edan cada vez m\u00e1s sangre. Incluso verdaderos combates. Las partidas de bandidos, peque\u00f1os rancheros o campesinos desesperados se agrupaban ahora en brigadas con organizaci\u00f3n casi militar, bajo cabecillas que reclamaban justicia y pan para el pueblo, sumido en la miseria por hacendados arrogantes y por un gabinete presidencial ajeno a la raz\u00f3n. Para cualquier mexicano de las clases medias y bajas, la palabra gobierno era sin\u00f3nimo de enemigo. Por eso los insurrectos quer\u00edan Ciudad Ju\u00e1rez, principal paso fronterizo con los Estados Unidos. Se hab\u00edan acercado en los d\u00edas anteriores, ocupando posiciones en torno a la ciudad. Acumulando fuerzas. Ahora empezaba la verdadera lucha y quiz\u00e1 la revoluci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">Para cualquier mexicano de las clases medias y bajas, la palabra gobierno era sin\u00f3nimo de enemigo<\/h2>\n\n\n\n<p>Yac\u00eda un hombre muerto al extremo de la calle desierta, frente al sal\u00f3n de billares Ambos Mundos. Estaba tirado boca arriba y seguramente alguien lo arrastr\u00f3 hasta all\u00ed despu\u00e9s de que le dieran un balazo, buscando ponerlo a cubierto, pues hab\u00eda un largo reguero de sangre medio coagulada en la tierra de la calle sin asfaltar. Mart\u00edn nunca hab\u00eda visto a nadie muerto de forma violenta, ni siquiera en las minas; as\u00ed que se qued\u00f3 un momento mir\u00e1ndolo. Le llamaba la atenci\u00f3n el desorden de la ropa, los bolsillos vueltos del rev\u00e9s, los pies s\u00f3lo con calcetines -hab\u00edan desaparecido los zapatos- y el rostro contra\u00eddo encarando el cielo, abiertos los ojos que velaba una fina capa de polvo depositada en ellos. Sobre la boca entreabierta revoloteaban moscas, zumbando entre ella y el agujero pardusco que el muerto ten\u00eda en el pecho. Era un hombre de edad indefinida, entre los treinta y los cincuenta a\u00f1os, con ropa de ciudad. No parec\u00eda un combatiente, sino una v\u00edctima del azar, tal vez de alguna bala perdida. Entonces Mart\u00edn intuy\u00f3 por qu\u00e9 lo hab\u00edan arrastrado hasta ponerlo al amparo de los edificios cercanos y bajos. No con intenci\u00f3n de atenderlo, pues seguramente ya estaba muerto, sino para despojar con calma el cad\u00e1ver.<\/p>\n\n\n\n<p>Camin\u00f3 un poco m\u00e1s, hasta la esquina y luego adelante, procurando hacerlo pegado a las paredes. Las calles permanec\u00edan desiertas. Fuera de su vista continuaba el tiroteo, muy violento ahora, que parec\u00eda multiplicarse en varios lugares. Anduvo gui\u00e1ndose por el ruido de los disparos m\u00e1s pr\u00f3ximos. Su intensidad era mayor por la parte noroeste, hacia el r\u00edo Bravo y los puentes que cruzaban la frontera al lado estadounidense de El Paso, Texas.<\/p>\n\n\n\n<p>Sinti\u00f3 sed. La tensi\u00f3n le secaba la boca. Las casas disminu\u00edan en altura en aquella zona de la ciudad y el sol pegaba fuerte: cada vez m\u00e1s arriba, dejaba pocos espacios de sombra. Se afloj\u00f3 el nudo de la corbata, sec\u00f3 el sudor de la frente y la badana del sombrero con el pa\u00f1uelo y mir\u00f3 alrededor. Ni un alma. Nunca hab\u00eda imaginado que la guerra despoblase tanto el paisaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Al otro lado de la calle, el r\u00f3tulo El As de Copas pintado en una fachada indicaba una cantina. La sed segu\u00eda tortur\u00e1ndolo, as\u00ed que hizo un r\u00e1pido c\u00e1lculo de pros y contras. Tras decidirse, ech\u00f3 a correr para alcanzar el lugar; treinta metros que se hicieron largos, pero nadie le dispar\u00f3, aunque los tiros sonaban no demasiado lejos. La puerta de la cantina estaba cerrada. Llam\u00f3 varias veces sin resultado, hasta que al fin se entreabri\u00f3 un palmo y un rostro cence\u00f1o y bigotudo apareci\u00f3 en la rendija.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; D\u00e9jeme entrar -dijo Mart\u00edn-. Tengo sed.<\/p>\n\n\n\n<p>Una duda silenciosa, dentro. Sobre el bigote, dos ojos muy negros lo observaban con recelo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Llevo dinero -insisti\u00f3 el joven-. Pagar\u00e9 por lo que beba.<\/p>\n\n\n\n<p>Tras una corta vacilaci\u00f3n le franquearon la entrada. El interior estaba en penumbra a causa de los postigos echados: la luz penetraba por una claraboya alta, iluminando malamente una habitaci\u00f3n con mesas y sillas desvencijadas, un mostrador y varios bultos inm\u00f3viles, sentados. A medida que sus ojos deslumbrados se acostumbraron, Mart\u00edn pudo distinguir los detalles. Hab\u00eda all\u00ed media docena de hombres y todos lo contemplaban con curiosidad.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfQu\u00e9 le sirvo, se\u00f1or?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Agua.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfNada m\u00e1s? -lo mir\u00f3 el cantinero, extra\u00f1ado-. \u00bfNo quiere sotol, o tequila?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Despu\u00e9s. Ahora deme agua, por favor.<\/p>\n\n\n\n<p>Bebi\u00f3 con ansia hasta vaciar la jarra. Uno de los hombres se levant\u00f3 y anduvo hasta el mostrador, recarg\u00e1ndose en \u00e9l frente al cantinero. Era peque\u00f1o, panzudo bajo la chaqueta de dril entreabierta, y un bigote frondoso le ensombrec\u00eda la boca. Estudiaba despacio a Mart\u00edn, que se hab\u00eda quitado el sombrero al entrar y se enjugaba el sudor de la cara con el pa\u00f1uelo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfEspa\u00f1ol? -pregunt\u00f3.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; S\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Se le nota lo gachup\u00edn en el habla.<\/p>\n\n\n\n<p>Asinti\u00f3 Mart\u00edn, inseguro de si eso era bueno o malo. A menudo se asociaba a los hacendados espa\u00f1oles con los afectos al r\u00e9gimen de Porfirio D\u00edaz.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Cada quien es de donde es -dijo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Claro.<\/p>\n\n\n\n<p>Sin preguntar m\u00e1s, el cantinero le hab\u00eda puesto delante a Mart\u00edn un vaso de tequila. Se lo llev\u00f3 a la boca, bebi\u00f3 un sorbo y el alcohol ardiente le hizo crispar la cara. Tequila transparente como el agua y fuerte como el diablo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; No es d\u00eda para andarse paseando -opin\u00f3 el panzudo.<\/p>\n\n\n\n<p>Segu\u00eda mir\u00e1ndolo con curiosidad. Afuera sonaban, apagados, los tiros lejanos.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfSon los rebeldes? -inquiri\u00f3 Mart\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Una sonrisa sin humor le torci\u00f3 al otro el bigotazo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Lo de rebeldes, se\u00f1or, seg\u00fan y c\u00f3mo&#8230; Lo que son es maderistas que se fajan a plomazos con los mochos. Y viceversa.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfLos mochos?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Los soldados, o sea. Los pelones.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Los llaman as\u00ed por el pelo al rape -quiso aclarar el cantinero.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Meros desgraciados contra desgraciados&#8230; Obligados por quienes mandan a buscar en el otro mundo lo que aqu\u00ed no tienen.<\/p>\n\n\n\n<p>El bigotudo panz\u00f3n hablaba bien, educado. Se ve\u00eda hombre de cierta instrucci\u00f3n. Indic\u00f3 la puerta de la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Yo que usted, se\u00f1or, me terminaba tranquilo el tequila. Si asoma ah\u00ed afuera lo pueden perjudicar.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfQu\u00e9 est\u00e1 pasando?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Se brega en varios lugares, y tambi\u00e9n en la estaci\u00f3n -se\u00f1al\u00f3 el mexicano a los que estaban sentados-. Aqu\u00ed los muchachos se lo pueden decir mejor que yo. Est\u00e1 cerca y de all\u00ed vienen.<\/p>\n\n\n\n<p>Se fij\u00f3 Mart\u00edn en los cuatro: ropa de mezclilla azul manchada de grasa, gorras mugrientas, bigotes en rostros sucios de carbonilla. Ferroviarios. O ferrocarrileros, como dec\u00edan en el norte. Dirigi\u00f3 un adem\u00e1n al cantinero.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Tengo mucho gusto en invitarlos a un trago, si me lo aceptan.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Pa luego es tarde -dijo uno.<\/p>\n\n\n\n<p>Se levantaron despacio, con dignidad, y se acercaron al mostrador. El cantinero les fue llenando los vasos.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Los maderistas nos cayeron al alba por el poniente y por el sur -dijo el ferroviario que hab\u00eda hablado antes-. Empezaron de a poquito y fueron llegando m\u00e1s, con todo y caballer\u00eda, hasta que se agarraron macizo -indic\u00f3 a sus compa\u00f1eros-. Nosotros tuvimos que pelarnos de la estaci\u00f3n, porque all\u00ed se daban bien en la madre.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfQui\u00e9n est\u00e1 ganando?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Ah, pos eso a\u00fan no se sabe. De un lado dicen que viene don Francisco Madero con los se\u00f1ores Orozco y Villa, que son reduros. Y del otro, a los federales los manda el general don Juan Navarro, que ya son palabras pesadas.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; El Tigre de Cerro Prieto -apunt\u00f3 el bigotudo panz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>No sonaba a elogio. Hac\u00eda pensar en paredones picados de tiros y hombres colgados de los \u00e1rboles como racimos de fruta.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image is-style-default\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/static1.elcorreo.com\/www\/multimedia\/202210\/01\/media\/cortadas\/libro-reverte-kW0--460x637@RC.jpg\" alt=\"\"\/><\/figure>\n\n\n\n<h4 class=\"wp-block-heading\">EL LIBRO:<\/h4>\n\n\n\n<ul class=\"wp-block-list\"><li>&#8216;Revoluci\u00f3n&#8217;&nbsp;de Arturo P\u00e9rez-Reverte. Ed.: Alfaguara. 464 p\u00e1gs. Precio: 22,90 euros (ebook, 10,99).<\/li><\/ul>\n\n\n\n<p>&#8211; As\u00ed que cuando esto acabe -remat\u00f3 otro de los ferroviarios-, van a sobrar sombreros.<\/p>\n\n\n\n<p>Bebieron todos, aplicados. Fuera, el tiroteo resbalaba hacia el silencio y volv\u00eda a crepitar intenso al cabo de un momento, como el vaiv\u00e9n de una ola en las rocas. Encarg\u00f3 Mart\u00edn otra ronda y nadie dijo no.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Oiga, amigo&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>Con el ce\u00f1o fruncido y un vaso en la mano, el panz\u00f3n observaba a Mart\u00edn. Lo mir\u00f3 \u00e9ste.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; D\u00edgame.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfPreguntar es ofender?<\/p>\n\n\n\n<p>-En absoluto.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfQu\u00e9 se le perdi\u00f3 hoy por estos rumbos?<\/p>\n\n\n\n<p>Titube\u00f3 el joven, algo desconcertado.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Trabajo en unas minas, cerca de aqu\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Le lanz\u00f3 el otro una ojeada s\u00fabita, desconfiada, como la de quien de pronto ventea a un enemigo. Vaci\u00f3 el vaso de un trago y volvi\u00f3 a mirarlo, reparando ahora en el lado derecho de la chaqueta, m\u00e1s pesado que el izquierdo. Despu\u00e9s lo estudi\u00f3 despacio de arriba abajo, midi\u00e9ndole el estatus.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfAdministrador?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Ingeniero.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Ah -se relaj\u00f3 el mexicano.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Siento curiosidad. Nunca he visto una revoluci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Pos dicen que por la curiosidad se muri\u00f3 el gato, \u00bfno? -dijo uno de los ferroviarios-. Mejor se nos queda aqu\u00ed tantito, hasta que afloje.<\/p>\n\n\n\n<p>Lo pens\u00f3 Mart\u00edn. Su empe\u00f1o segu\u00eda pesando m\u00e1s que la prudencia. Puso unas monedas sobre el mostrador.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; En realidad, deber\u00eda&#8230;<\/p>\n\n\n\n<p>No acab\u00f3 la frase. Sonaban golpes en la puerta: repetidos, violentos, amenazadores. No eran de gente que pidiera permiso para entrar, sino de la que exig\u00eda paso franco. Por las bravas.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00a1Abran, jijos de la chingada!&#8230; \u00a1O entramos echando bala!<\/p>\n\n\n\n<p>Entraron con la luz de afuera relumbrando en las carabinas y en el metal de los cartuchos metidos en carrilleras cruzadas sobre camisas de algod\u00f3n blanco, cazadoras amarillas y chaquetillas charras. Eran una docena y ven\u00edan cansados, violentos, oliendo a sudor y tierra. Algunos calzaban botas con espuelas que resonaban en las tablas del suelo. Bajo los sombreros de ala ancha tra\u00edan los ojos enrojecidos y los bigotes agrisados por humo de p\u00f3lvora.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Todos a la pared -orden\u00f3 el que mandaba.<\/p>\n\n\n\n<p>Obedeci\u00f3 Mart\u00edn con los otros. S\u00f3lo el cantinero permaneci\u00f3 tras el mostrador, seguro de que iban a requerirlo all\u00ed. Resignado, sac\u00f3 otro c\u00e1ntaro de agua y dos botellas y aline\u00f3 unos vasos delante. No parec\u00eda la primera vez que la revoluci\u00f3n se colaba en El As de Copas.<\/p>\n\n\n\n<p>A Mart\u00edn lo registraron como al resto. Un momento despu\u00e9s, su billetera y el Orbea de calibre 38 estaban en manos del que parec\u00eda el jefe.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfY esto, amigo?<\/p>\n\n\n\n<p>Le mostraba el rev\u00f3lver en la palma de la mano, estudiando a Mart\u00edn con ir\u00f3nica desconfianza. Encogi\u00f3 \u00e9ste los hombros.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Es un arma de mi propiedad&#8230; Nunca se sabe.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Nunca se sabe, \u00bfqu\u00e9?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Lo que uno va a encontrar en la calle.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Es buena gente -intervino el panz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>No se volvi\u00f3 a atenderlo el otro, que ce\u00f1\u00eda pantal\u00f3n a rayas descolorido y chaquetilla corta. Llevaba una enorme pistola al costado, en un cinto lleno de balas, y una cruz de pesadas carrilleras sobre el pecho. Hab\u00eda dejado la carabina 30\/30 sobre el mostrador, y bajo el ala ancha del sombrero norte\u00f1o sus ojos negros y duros segu\u00edan mirando fijamente a Mart\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfC\u00f3mo de g\u00fcena?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Se pag\u00f3 unas copas con mucho gusto -apunt\u00f3 el otro-. Es ingeniero.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfEspa\u00f1ol?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; S\u00ed, pero de Espa\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p>Asinti\u00f3 el maderista mientras se quitaba el sombrero para enjugar el sudor con una manga. Ten\u00eda el pelo y el bigote, que le cubr\u00eda por completo el labio superior, salpicados de canas prematuras, y una cicatriz como de machetazo de la sien a la mand\u00edbula derecha que a\u00fan se ve\u00eda viol\u00e1cea, fresca, casi reciente.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Pos tiene suerte de serlo. Si fuera espa\u00f1ol de aqu\u00ed, a lo mejor ya estar\u00eda colgando de una reata.<\/p>\n\n\n\n<p>Sus hombres se hab\u00edan acercado al mostrador mezclados con los ferroviarios. Hab\u00edan dejado en el suelo dos morrales que tra\u00edan, y tambi\u00e9n una caja grande, abierta, con asas de cuerda y pintada de rojo. El cantinero les hab\u00eda puesto delante un atado de cigarros La Paloma, que se encend\u00edan unos a otros. Echaban humo y todos parec\u00edan m\u00e1s relajados.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfY qu\u00e9 hace su merc\u00e9 de cantinas con la que est\u00e1 cayendo? -quiso saber el jefe.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Sal\u00ed a ver qu\u00e9 pasa -se permiti\u00f3 Mart\u00edn un amago de sonrisa-. Vivo en el hotel Monte Carlo, a cuatro cuadras.<\/p>\n\n\n\n<p>Segu\u00eda serio el otro.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfEs un hotel elegante?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; No es malo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; De all\u00ed ac\u00e1 hay mucha bala que va y viene. Se arriesga a que lo tuerzan gacho.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfPerd\u00f3n?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; A que le den su agua. Un plomazo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Por eso me met\u00ed aqu\u00ed dentro.<\/p>\n\n\n\n<p>Todav\u00eda lo contempl\u00f3 el maderista un poco m\u00e1s, dubitativo. Al fin, con una mano le devolvi\u00f3 la billetera mientras con la otra se guardaba el rev\u00f3lver en un bolsillo. Uno de los suyos le acerc\u00f3 un vaso de agua, que apur\u00f3 en sorbos cortos. Despu\u00e9s dio una seca palmada.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Aprev\u00e9nganse, muchachos, que nos vamos.<\/p>\n\n\n\n<p>Acabaron los otros sus tragos, dejando los vasos sobre el mostrador, y empezaron a salir sin que nadie hiciese adem\u00e1n de pagar nada. El cantinero parec\u00eda acoger la cosa con resignaci\u00f3n: una botella de tequila y otra de sotol no eran un precio alto por que lo dejaran en paz. Cogi\u00f3 el jefe su carabina, y entonces se\u00f1al\u00f3 Mart\u00edn la caja pintada de rojo, sobre la que ca\u00eda la ceniza del cigarro de uno de los maderistas.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfPuedo decirle algo, se\u00f1or?<\/p>\n\n\n\n<p>Se detuvo el otro, mir\u00e1ndolo displicente.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Pa eso nos dio Dios la lengua, amigo, pa decir cosas&#8230; Luego la responsabilid\u00e1 ya es de cada uno.<\/p>\n\n\n\n<p>Volvi\u00f3 Mart\u00edn a se\u00f1alar la caja.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfEso es dinamita?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfY qu\u00e9, si lo es?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Pues que si yo fuera ustedes, no andar\u00eda fumando cerca. Los cartuchos son viejos y parecen sudados.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfY?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Lo que sudan es nitroglicerina. Se arriesgan a volar por los aires.<\/p>\n\n\n\n<p>Parpade\u00f3 el maderista.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00dajole&#8230; \u00bfUst\u00e9 sabe de eso?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Ya les dije que es ingeniero -intervino el panz\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Hizo el otro una mueca despectiva.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Mi gente -se\u00f1al\u00f3 sus caras sonrientes y feroces- no se raja pa bailar con la pelona.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Tampoco es cosa de ponerlo f\u00e1cil -replic\u00f3 Mart\u00edn-. \u00bfNo cree?<\/p>\n\n\n\n<p>El mexicano pareci\u00f3 pensarlo. Luego se volvi\u00f3 de nuevo a los suyos.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Ya oyeron. Avienten esos cigarros, no vayan a mandarnos a la fregada.<\/p>\n\n\n\n<p>Salieron todos. Al cabo de un momento, el jefe apareci\u00f3 otra vez en la puerta. Miraba a Mart\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfUst\u00e9 sabe de explosivos y esas cosas?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Un poco -admiti\u00f3 \u00e9l-. Es parte de mi trabajo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfIngeniero de qu\u00e9, me dijo?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; De minas.<\/p>\n\n\n\n<p>Se pas\u00f3 el otro, pensativo, la u\u00f1a de un pulgar por el bigote.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; \u00bfSabr\u00eda c\u00f3mo manejar la dinamita pa romper algo sin romperlo todo?<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; No comprendo.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Pa volar un sitio, pero s\u00f3lo tantito&#8230; Lo necesario.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Depende de qu\u00e9 se trate, pero supongo que podr\u00eda.<\/p>\n\n\n\n<p>Una amplia sonrisa ilumin\u00f3 la cara del mexicano.<\/p>\n\n\n\n<p>&#8211; Pos me late que nos va a acompa\u00f1ar, amigo. Si no le importa.<\/p>\n\n\n\n<p>A Mart\u00edn se le hizo un vac\u00edo en el est\u00f3mago. Mir\u00f3 confuso al maderista, pero la expresi\u00f3n del otro no admit\u00eda r\u00e9plica. As\u00ed que se puso el sombrero, sali\u00f3 detr\u00e1s de \u00e9l y caminaron con los dem\u00e1s por el lado derecho de la calle. No se atrevi\u00f3 a preguntar a d\u00f3nde se dirig\u00edan, y nadie se lo dijo.<\/p>\n\n\n\n<p>Fuente: https:\/\/www.elcorreo.com\/culturas\/revolucion-caotica-sangrienta-nueva-novela-perez-reverte-20221001170628-ntrc.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.elcorreo.com%2F<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Arturo P\u00e9rez-Reverte relata en &#8216;Revoluci\u00f3n&#8217; la aventura de un ingeniero espa\u00f1ol junto a los hombres de Villa. 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