{"id":132313,"date":"2026-10-12T12:32:50","date_gmt":"2026-10-12T18:32:50","guid":{"rendered":"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/?p=132313"},"modified":"2026-10-12T12:32:52","modified_gmt":"2026-10-12T18:32:52","slug":"soy-cristobal-colon-y-acabo-de-llegar-a-america-historia-ng","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/soy-cristobal-colon-y-acabo-de-llegar-a-america-historia-ng\/","title":{"rendered":"Soy Crist\u00f3bal Col\u00f3n y acabo de llegar a Am\u00e9rica | Historia NG"},"content":{"rendered":"\n<h2 class=\"wp-block-heading has-background has-medium-font-size\" style=\"background-color:#00d1c3\">Despu\u00e9s de cinco semanas de traves\u00eda por el Atl\u00e1ntico, al fin hemos encontrado tierra despu\u00e9s de una traves\u00eda dura mucho m\u00e1s larga de lo que pensaba.<\/h2>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-full\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" width=\"550\" height=\"674\" src=\"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2026\/10\/captura-de-pantalla-2025-10-10-a-las-15-37_fd32cfa0_58_251010154037_550x674.jpeg\" alt=\"\" class=\"wp-image-132314\" srcset=\"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2026\/10\/captura-de-pantalla-2025-10-10-a-las-15-37_fd32cfa0_58_251010154037_550x674.jpeg 550w, https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2026\/10\/captura-de-pantalla-2025-10-10-a-las-15-37_fd32cfa0_58_251010154037_550x674-245x300.jpeg 245w\" sizes=\"(max-width: 550px) 100vw, 550px\" \/><figcaption class=\"wp-element-caption\">Primer desembarco de Crist\u00f3bal Col\u00f3n en Am\u00e9rica, Di\u00f3scoro Te\u00f3filo Puebla y Tol\u00edn, 1862. Museo del Prado, Madrid.<br>Cordon Press<\/figcaption><\/figure>\n\n\n\n<p class=\"has-medium-font-size\"><strong><a href=\"https:\/\/historia.nationalgeographic.com.es\/autores\/alex-sala_1248\">\u00c0lex Sala<\/a> \/ Historia National Geographic<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-small-font-size\">Periodista especializado en Arte e Historia del Arte<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-drop-cap\">\u00abTierra, tierra!\u201d Pasaban dos horas de la medianoche del viernes 12 de octubre, cuando <strong>Rodrigo de Triana<\/strong>, encaramado a la cofa del palo mayor de la carabela <em>Pinta<\/em>, nos sobresalt\u00f3 a todos con sus gritos. Hac\u00eda mucho tiempo que todos dese\u00e1bamos escuchar esas palabras.\u00a0La buena nueva de Rodrigo torn\u00f3 todo el cansancio\u00a0y la decepci\u00f3n acumulados\u00a0en alegr\u00eda y emoci\u00f3n. Los marineros, muchos de ellos con l\u00e1grimas en los ojos, hincaron una rodilla en cubierta y con la cabeza gacha <strong>comenzaron a entonar un <em>Te deum<\/em> para agradecer a Dios que esta audaz traves\u00eda terminara felizmente.\u00a0<\/strong><\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/content-historia.nationalgeographic.com.es\/medio\/2024\/10\/07\/inspiracion-de-cristobal-colon-por-jose-maria-obregon_d70ab959_241007160627_800x800.webp\" alt=\"Inspiraci\u00f3n de Crist\u00f3bal Col\u00f3n, por Jos\u00e9 Mar\u00eda Obreg\u00f3n\"\/><\/figure>\n\n\n\n<p>Art\u00edculo recomendado<\/p>\n\n\n\n<p>La misi\u00f3n divina de Col\u00f3n <a href=\"https:\/\/historia.nationalgeographic.com.es\/a\/cristobal-colon-el-navegante-visionario_19424\">Leer art\u00edculo<\/a><\/p>\n\n\n\n<p><a href=\"https:\/\/historia.nationalgeographic.com.es\/a\/cristobal-colon-el-navegante-visionario_19424\"><\/a><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p>Poca gente confiaba en el \u00e9xito de este viaje: cruzar el oc\u00e9ano desde Europa hasta las costas de Asia rodeando la esfera terrestre hacia poniente, eludiendo el camino que bordea \u00c1frica, <strong>una empresa temeraria que nadie antes se hab\u00eda atrevido a plantear.&nbsp;<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Al amanecer del 3 de agosto, part\u00edan del puerto de Palos de la Frontera dos veloces carabelas, la <em>Pinta<\/em> y la <em>Ni\u00f1a<\/em>, capitaneadas por&nbsp;Mart\u00edn Alonso y Vicente Y\u00e1\u00f1ez&nbsp;Pinz\u00f3n, y una nao un poco mayor y m\u00e1s lenta, la <em>Santa Mar\u00eda<\/em>, que yo mismo comandaba. Repartidos <strong>entre las tres embarcaciones, iba un centenar de hombres, experimentados marineros de Palos<\/strong>, pero tambi\u00e9n alg\u00fan c\u00e1ntabro y vasco y un par de italianos y portugueses, enrolados bajo la promesa de obtener las fabulosas riquezas de las f\u00e9rtiles tierras de Catay y Cipango, descritas por Marco Polo. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>En pocos d\u00edas arribamos a las islas Canarias, donde atracamos nuestras naves durante <strong>un mes mientras repar\u00e1bamos la <em>Pinta<\/em><\/strong>, que hab\u00eda roto el tim\u00f3n al poco de partir de Palos. Al zarpar de la Gomera hacia el oc\u00e9ano ignoto, el 6 de septiembre, todos los que all\u00ed quedaban nos ten\u00edan, seguro, por muertos, a m\u00ed y <strong>a los hombres que me acompa\u00f1aban. &nbsp;<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Una vez dejamos atr\u00e1s las islas Canarias, el entusiasmo inicial de tan heterog\u00e9nea <strong>tripulaci\u00f3n imaginando las inmensas riquezas que les esperaban<\/strong> en Asia dio paso al pesimismo y las tensiones que imperan en alta mar. Nadie, salvo el capit\u00e1n, goza en un barco de un aposento privado. La mariner\u00eda debe compartir espacio en cubierta, durmiendo al raso las noches de buen tiempo y buscando un refugio los d\u00edas de tormenta. La comida est\u00e1 racionada y muchas veces, se almuerza al anochecer, bajo la luz de la luna o las estrellas, para no ver el estado del trago que uno se lleva a la boca.<\/p>\n\n\n\n<p>La falta de higiene, puesto que el agua dulce es solo para beber, imponen un exasperante ambiente maloliente al que se suman <strong>los hedores repulsivos de la galer\u00eda de letrinas abiertas <\/strong>en las que todos hacen sus necesidades a la vista de los dem\u00e1s. Incluso los viajes sin complicaciones ponen a prueba la resistencia del m\u00e1s experimentado de los marineros.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Durante cuatro interminables y mon\u00f3tonas semanas desplegamos y recogimos velas para aprovechar los vientos alisios que nos empujaban en l\u00ednea recta hacia poniente y las condiciones meteorol\u00f3gicas eran \u00f3ptimas. Aun as\u00ed, <strong>nunca divis\u00e1bamos m\u00e1s que la lejana l\u00ednea azul del horizonte<\/strong> hasta donde alcanzaba la vista. El tiempo pasaba muy lentamente y las horas a bordo se hac\u00edan interminables. El hambre y la sed, el sol abrasador durante el d\u00eda \u2013o la fr\u00eda brisa marina al caer la noche\u2013, hicieron mella en todos nosotros. La monoton\u00eda lleva al tedio, el tedio engendra el desasosiego y, al cabo de tanto tiempo, aparece el terror a perecer sepultado en el fondo del oc\u00e9ano.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Aunque todos los hombres enrolados son experimentados marineros, ninguno hab\u00eda estado antes m\u00e1s de una quincena de d\u00edas sin pisar tierra, y varias veces deb\u00ed convencerlos para no dar media vuelta, pues <strong>tem\u00edan que nunca llegar\u00edamos a nuestro destino<\/strong> y que nos quedar\u00edamos sin viento favorable para regresar a nuestros hogares.&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Ning\u00fan marinero en su sano juicio se habr\u00eda internado en el oc\u00e9ano m\u00e1s de 800 leguas y aunque yo esperaba encontrar islas y tierras intermedias mucho antes, mis c\u00e1lculos eran que <strong>deber\u00edamos cruzar no menos de mil quinientas leguas<\/strong> antes de llegar a Asia. Desde que salimos de las Canarias llev\u00e9 una doble contabilidad, la real, que solo yo conoc\u00eda, y la que anunciaba en p\u00fablico, que era menor, para que no cundiera la desesperaci\u00f3n entre la tripulaci\u00f3n. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>A pesar de todos mis c\u00e1lculos, nuestro viaje se alarg\u00f3 m\u00e1s de lo que yo cre\u00eda. A partir de octubre encontramos todo tipo de juncos, ca\u00f1as o tablas flotando sobre el mar y <strong>aves que parec\u00edan anunciar la proximidad de una costa que nunca alcanz\u00e1bamos a otear.<\/strong> El 10 de octubre, los hombres de la Santa Mar\u00eda&nbsp;llegaron a amenazarme con arrojarme por la borda si no aprovech\u00e1bamos los vientos de poniente que se hab\u00edan levantado para girar la proa a la Pen\u00ednsula Ib\u00e9rica. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Yo me esforc\u00e9 por persuadirlos de que nuestra meta y sus riquezas estaban ya cerca, <strong>pero nada de ello los hac\u00eda entrar en raz\u00f3n<\/strong>. Fue entonces cuando me vi obligado a confesar a los hermanos Pinz\u00f3n el secreto de la doble contabilidad y que est\u00e1bamos mucho m\u00e1s lejos de nuestra patria de lo que todos cre\u00edan. De acuerdo con ellos, convenimos que si <strong>en tres d\u00edas no hab\u00edamos avistado la tierra, dar\u00edamos media vuelta y regresar\u00edamos a casa.<\/strong>&nbsp;&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Al poco de hacer este trato, ca\u00edda ya la noche del jueves 11, bajo una luna gibosa, casi plena, que iluminaba todo desde lo alto del firmamento, me pareci\u00f3 ver como una lumbre, que se alzaba a lo lejos, pero como fuese que a nadie pareci\u00f3 eso ser indicio de tierra, <strong>me retir\u00e9 a mis aposentos en el castillo de popa.<\/strong>&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Mecido por las olas del atl\u00e1ntico, pas\u00e9 las siguientes horas en un duermevela preocupado porque venciera el plazo que me hab\u00eda sido dado sin avistar las costas de Catay, <strong>hasta que el alboroto generado por los gritos de Rodrigo de Triana en alegr\u00eda y emoci\u00f3n.&nbsp;<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Al alba, soltamos los bateles amarrados a la popa de las naos y nos dirigimos a tierra firme, la primera que pisamos en cinco semanas. All\u00ed, con dos estandartes de la Cruz Verde decorados con una F y una Y y una corona encima de cada letra, <strong>tom\u00e9 posesi\u00f3n de aquella isla en nombre del rey y la reina cat\u00f3licos, Isabel y Fernando mis se\u00f1ores. &nbsp;<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Esta islita, a la que primero llegamos, es la que sus naturales llaman Guanahani, y que yo <strong>he bautizado como San Salvador<\/strong>, en honor a Nuestro Se\u00f1or Todopoderoso y a la merced que nos ha hecho con este viaje. Sus habitantes, los lucayos \u2013<strong>hombres de las islas en la lengua de los indios<\/strong>\u2013 nos observan con sorpresa y admiraci\u00f3n, y no son por lo que creo los habitantes de Catay.<\/p>\n\n\n\n<p>Deben formar parte de <strong>las Siete Mil islas que Marco Polo sit\u00faa en el extremo oriental de Asia<\/strong>, situadas varias etapas antes de llegar a los fabulosos imperios de Cipango y del Gran Khan. Ahora, gracias a la providencia divina, tomar\u00e9 en nombre propio y de los Reyes Cat\u00f3licos, que en adelante ser\u00e1n los se\u00f1ores de todas estas tierras, todav\u00eda desconocidas para Europa.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>Fuente: <a href=\"https:\/\/historia.nationalgeographic.com.es\/a\/soy-cristobla-colon-y-acabo-llegar-a-america_24705\">https:\/\/historia.nationalgeographic.com.es\/a\/soy-cristobla-colon-y-acabo-llegar-a-america_24705<\/a><\/p>\n\n\n\n<p><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Despu\u00e9s de cinco semanas de traves\u00eda por el Atl\u00e1ntico, al fin hemos encontrado tierra despu\u00e9s de una traves\u00eda dura mucho 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