{"id":121257,"date":"2026-04-28T04:59:54","date_gmt":"2026-04-28T10:59:54","guid":{"rendered":"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/?p=121257"},"modified":"2026-04-28T04:59:55","modified_gmt":"2026-04-28T10:59:55","slug":"el-idolo-dorado-de-trump-y-la-etica-del-monumento-ethic","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/el-idolo-dorado-de-trump-y-la-etica-del-monumento-ethic\/","title":{"rendered":"El \u00eddolo dorado de Trump y la \u00e9tica del monumento | ethic"},"content":{"rendered":"\n<h3 class=\"wp-block-heading\">La autoridad verdaderamente estable no necesita anunciarse en oro. Solo el poder que teme su propia contingencia intenta petrificar su imagen, endurecer la admiraci\u00f3n en metal antes de que pueda evaporarse.<\/h3>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-large\"><img fetchpriority=\"high\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"614\" src=\"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/monumento-1024x614.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-121258\" srcset=\"https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/monumento-1024x614.jpg 1024w, https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/monumento-300x180.jpg 300w, https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/monumento-768x461.jpg 768w, https:\/\/losperiodistas.com.mx\/portal\/wp-content\/uploads\/2026\/04\/monumento.jpg 1500w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/figure>\n\n\n\n<p><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-medium-font-size\"><strong><a href=\"https:\/\/ethic.es\/articulistas\/luis-duno-gottberg\">Luis Duno-Gottberg<\/a> \/ ethic<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Cada generaci\u00f3n hereda las estatuas de la anterior y debe decidir si las honra, las reinterpreta o las derriba. Estos momentos de reevaluaci\u00f3n no son simplemente disputas sobre el espacio p\u00fablico o el relato hist\u00f3rico. Revelan una tensi\u00f3n \u00e9tica m\u00e1s profunda en torno a la naturaleza del&nbsp;<a href=\"https:\/\/ethic.es\/trump-transparencia-narcisista-poder\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">poder<\/a>, la inestabilidad de la gloria y lo que Emmanuel Levinas llam\u00f3 nuestra responsabilidad ante el Otro: ese rostro humano que el monumento, fijado en piedra o metal, ignora silenciosamente.<\/p>\n\n\n\n<p>La noticia de que una&nbsp;<a href=\"https:\/\/www.nytimes.com\/es\/2026\/02\/04\/espanol\/negocios\/don-colossus-estatua-trump.html\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">inmensa estatua dorada<\/a>&nbsp;de Donald Trump fue comisionada, disputada y finalmente empa\u00f1ada por acusaciones de impagos a sus creadores posee la coherencia interna de una par\u00e1bola involuntaria: es una manifestaci\u00f3n perfecta de la colosal vulgaridad del homenajeado.<\/p>\n\n\n\n<p>Esa estatua posee tambi\u00e9n una genealog\u00eda peregrina: mitad \u00eddolo veterotestamentario, mitad espect\u00e1culo de Las Vegas. Se inscribe en la tradici\u00f3n de hombres poderosos que buscan perpetuarse en forma material, empe\u00f1ados (a veces con desesperaci\u00f3n apenas disimulada) en que la historia los admire seg\u00fan sus propios t\u00e9rminos, bajo su propia luz dorada.<\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"has-ast-global-color-4-background-color has-background has-medium-font-size\"><strong>Erigir un monumento a uno mismo es argumentar que la autoridad de uno no es contingente sino necesaria<\/strong><\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p>Estos monumentos nunca son meramente decorativos, ni siquiera meramente pol\u00edticos.&nbsp;<strong>Son reclamos ontol\u00f3gicos.<\/strong>&nbsp;De legitimidad que se pretende natural. De permanencia que se anhela eterna. Del futuro como extensi\u00f3n inevitable del presente. Erigir un monumento a uno mismo es argumentar, sin palabras, pero con todo el peso del bronce o del oro, que la&nbsp;<a href=\"https:\/\/ethic.es\/mueca-autoritaria\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">autoridad<\/a>&nbsp;de uno no es contingente sino necesaria, que el tiempo mismo debe curvarse, reverente, alrededor de una sola figura.<\/p>\n\n\n\n<p>La historia, sin embargo, nos ofrece una contra narrativa obstinada. Cuanto m\u00e1s agresivamente el poder intenta monumentalizarse, m\u00e1s fr\u00e1gil (m\u00e1s mortal) se revela. Lo que se erige para imponer reverencia termina, con una regularidad casi c\u00f3mica si no fuera tan tr\u00e1gica, como sitio de rid\u00edculo, furia, o simple borrado. La estatua que una vez exigi\u00f3 asombro se convierte, inexorablemente, en una lecci\u00f3n de&nbsp;<em>hybris<\/em>.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">El monumento como m\u00e1quina epistemol\u00f3gica<\/h2>\n\n\n\n<p>Los monumentos no son solo proyectos de vanidad; son, en el sentido m\u00e1s profundo, intervenciones epistemol\u00f3gicas. Intentan manufacturar no solo el presente sino la realidad misma, o al menos nuestra percepci\u00f3n de ella. Sabemos que el poder opera no mediante la coerci\u00f3n directa, sino a trav\u00e9s de la organizaci\u00f3n del espacio, la visibilidad y el espect\u00e1culo; transformando la arquitectura en una tecnolog\u00eda de control. El monumento es una de esas tecnolog\u00edas: moldea lo que puede ser visto, pensado, imaginado.<\/p>\n\n\n\n<p>Cuando Augusto sembr\u00f3 el mundo romano con estatuas de su semblante juvenil y sereno, un rostro que permanec\u00eda intacto en el m\u00e1rmol mientras la carne envejec\u00eda fuera de \u00e9l, no estaba tanto registrando su apariencia como invent\u00e1ndola y fij\u00e1ndola contra el tiempo. La repetici\u00f3n val\u00eda m\u00e1s que la semejanza. A lo largo del&nbsp;<a href=\"https:\/\/ethic.es\/por-que-caen-los-imperios\/\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">imperio<\/a>, los ciudadanos se encontraban una y otra vez con el mismo cuerpo apacible, la misma autoridad sin fisuras, la misma promesa muda de un orden eterno, en foros y templos por igual, hasta que toda otra posibilidad comenzaba a desvanecerse en lo impensable.<\/p>\n\n\n\n<p>Los&nbsp;<strong>aut\u00f3cratas<\/strong>&nbsp;modernos perfeccionaron esta l\u00f3gica con una sistematicidad que Augusto apenas habr\u00eda podido imaginar. Stalin y Mao no se limitaron a tolerar la imaginer\u00eda monumental de s\u00ed mismos, sino que la exigieron con la urgencia de quien comprende que el&nbsp;<strong>poder totalitario<\/strong>&nbsp;necesita no solo obediencia externa, sino tambi\u00e9n una forma de ocupaci\u00f3n interior. Estatuas, retratos gigantes y pancartas transformaron las ciudades en verdaderas galer\u00edas del l\u00edder. Esta presencia constante satur\u00f3 la vida cotidiana y convirti\u00f3 la obediencia pol\u00edtica en un h\u00e1bito visual, casi reflejo. El rostro del dirigente termin\u00f3 por funcionar como un dispositivo de condicionamiento ambiental, omnipresente e ineludible, que induc\u00eda a los ciudadanos a experimentar el r\u00e9gimen como natural, inevitable y permanente, en lugar de reconocerlo como lo que era, una construcci\u00f3n hist\u00f3rica y revocable.<\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"has-ast-global-color-4-background-color has-background has-medium-font-size\"><strong>El rostro del dirigente termin\u00f3 por funcionar como un dispositivo de condicionamiento ambiental, omnipresente e ineludible<\/strong><\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p>Los fascismos del siglo veinte llevaron esta l\u00f3gica a su expresi\u00f3n m\u00e1s brutal y \u00abest\u00e9ticamente coherente\u00bb. Mussolini cubri\u00f3 Italia con su perfil de mand\u00edbula p\u00e9trea y transform\u00f3 cada plaza p\u00fablica en un escenario para el culto al&nbsp;<em>Duce<\/em>. El EUR, su distrito monumental en Roma, ese conjunto de edificios racionalistas y arcos imperiales aspiraba a convertirse en la capital de un imperio destinado a perdurar mil a\u00f1os. Fue una fantas\u00eda de m\u00e1rmol que apenas sobrevivi\u00f3 dos d\u00e9cadas antes de transformarse en un archivo de ambiciones desmesuradas. Franco, por su parte, sembr\u00f3 Espa\u00f1a de monumentos al Movimiento Nacional, cuyo punto culminante fue el&nbsp;<a href=\"https:\/\/ethic.es\/2017\/05\/arquitectura-arma-dictadores\/\">Valle de los Ca\u00eddos<\/a>, quiz\u00e1 la manifestaci\u00f3n m\u00e1s extrema de esa pulsi\u00f3n monumental.<\/p>\n\n\n\n<p>Tales monumentos no representan simplemente el poder. Lo normalizan. Reducen el espacio imaginativo en el que podr\u00eda surgir el disenso. El monumento susurra, incesantemente, en el lenguaje silencioso de la piedra: este orden es permanente; esta figura es inevitable; la resistencia no es solo in\u00fatil: es irracional, antinatural, impensable.<\/p>\n\n\n\n<p>La estatua dorada de Trump se inscribe en este linaje, aunque traducida al lenguaje del&nbsp;<strong>capitalismo tard\u00edo<\/strong>, en una est\u00e9tica que combina el gesto autoritario con la l\u00f3gica del espect\u00e1culo. No aspira a la contenci\u00f3n augustea ni a la austeridad fascista. Su forma es la del exceso, reluciente y desmesurada, inconfundiblemente marcada por la cultura de la marca y la ostentaci\u00f3n. No busca integrarse en el espacio c\u00edvico, como las antiguas estatuas ecuestres, sino imponerse a la mirada, reclamarla con una insistencia que no deja lugar a la indiferencia.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">La paradoja del exceso y la \u00e9tica de la finitud<\/h2>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed emerge una paradoja que los&nbsp;<a href=\"https:\/\/ethic.es\/que-pensaban-los-filosofos-existencialistas\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\">fil\u00f3sofos existencialistas<\/a>&nbsp;habr\u00edan reconocido inmediatamente: el exceso monumental rara vez se\u00f1ala confianza. M\u00e1s a menudo, traiciona una ansiedad profunda sobre la propia mortalidad, sobre la contingencia radical de toda existencia humana.&nbsp;<strong>Martin Heidegger<\/strong>&nbsp;escribi\u00f3 sobre el Ser-para-la-muerte, esa conciencia de nuestra finitud que define la existencia aut\u00e9ntica. El monumento representar\u00eda entonces la m\u00e1xima expresi\u00f3n de la&nbsp;<a href=\"https:\/\/ethic.es\/receta-heidegger-existencia-autentica\">inautenticidad<\/a>: el intento de escapar de la temporalidad, de negar que somos, fundamentalmente, seres mortales; polvo que vuelve al polvo, sin importar cu\u00e1nto oro acumulemos en el camino.<\/p>\n\n\n\n<p>La autoridad verdaderamente estable no necesita anunciarse en oro. Solo el poder que teme su propia contingencia (que intuye, quiz\u00e1s, su propia ilegitimidad) intenta petrificar su imagen, endurecer la admiraci\u00f3n en metal antes de que pueda evaporarse. Por eso la automonumentalizaci\u00f3n se acelera tan a menudo durante per\u00edodos no de triunfo sino de declive, de crisis, de contestaci\u00f3n. Es un acto compensatorio, casi desesperado.<\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"has-ast-global-color-4-background-color has-background has-medium-font-size\"><strong>El exceso monumental rara vez se\u00f1ala confianza<\/strong><\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p>El culto a la personalidad de Stalin alcanz\u00f3 su apogeo hist\u00e9rico en medio de las purgas que vaciaron el estado sovi\u00e9tico, cuando el terror alcanzaba niveles delirantes. Las estatuas de Saddam Hussein se multiplicaron como hongos mientras las sanciones erosionaban la legitimidad de Irak y su propio r\u00e9gimen se pudr\u00eda desde dentro. Los retratos gigantes de Ceau\u0219escu se volvieron omnipresentes justo antes de que su r\u00e9gimen colapsara casi de la noche a la ma\u00f1ana, en una revoluci\u00f3n que terminar\u00eda con su ejecuci\u00f3n sumaria en la Navidad de 1989.<\/p>\n\n\n\n<p>Hitler tambi\u00e9n entendi\u00f3, con una claridad casi te\u00f3rica, el poder del monumento como compensaci\u00f3n por la inseguridad hist\u00f3rica. Su arquitecto&nbsp;<strong>Albert Speer<\/strong>&nbsp;dise\u00f1\u00f3 estructuras megal\u00f3manas destinadas a impresionar incluso en ruinas: la famosa&nbsp;<strong>\u00abteor\u00eda del valor de las ruinas\u00bb,<\/strong>&nbsp;(<em>Ruinenwerttheorie<\/em>) que imaginaba c\u00f3mo la grandeza nazi ser\u00eda recordada en milenios futuros, cuando estas estructuras, colapsadas pero a\u00fan reconocibles, ser\u00edan tan impresionantes como los acueductos romanos. Era una fantas\u00eda de inmortalidad arquitect\u00f3nica que solo revel\u00f3 la profunda inseguridad sobre la permanencia del Reich.<\/p>\n\n\n\n<p>En cambio, la mayor\u00eda fueron demolidas antes de completarse, o destruidas en bombardeos aliados, dejando solo fragmentos pat\u00e9ticos que testimonian no la gloria sino la megaloman\u00eda, no la eternidad sino la mortalidad m\u00e1s absoluta.<\/p>\n\n\n\n<blockquote class=\"wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow\">\n<p class=\"has-ast-global-color-4-background-color has-background has-medium-font-size\"><strong>Hitler tambi\u00e9n entendi\u00f3, con una claridad casi te\u00f3rica, el poder del monumento como compensaci\u00f3n por la inseguridad hist\u00f3rica<\/strong><\/p>\n<\/blockquote>\n\n\n\n<p>Los monumentos son, en este sentido, apuestas contra el tiempo; apuestas desesperadas de que las generaciones futuras heredar\u00e1n no solo la estructura f\u00edsica del poder sino las asunciones morales, el marco interpretativo completo que lo justific\u00f3. La historia, implacable y poco sentimental, rara vez es amable con tales apuestas. El tiempo, resulta, tiene su propia voluntad, su propia manera de reinterpretar las piedras.<\/p>\n\n\n\n<p>La estatua de Trump llega no en un momento de consolidaci\u00f3n sino de contestaci\u00f3n m\u00e1xima: en medio de batallas legales que parecen no tener fin, fractura pol\u00edtica que amenaza con volverse permanente, y un argumento cultural a\u00fan sin resolver (quiz\u00e1s irresoluble) sobre lo que signific\u00f3 su presidencia, sobre c\u00f3mo ser\u00e1 recordada, sobre qu\u00e9 representa. La chapilla de oro es menos una celebraci\u00f3n triunfal que una defensa preventiva, un intento de fijar el significado antes de que la historia tenga oportunidad de hacerlo por su cuenta.<\/p>\n\n\n\n<h2 class=\"wp-block-heading\">La ca\u00edda del \u00eddolo y la justicia de la memoria<\/h2>\n\n\n\n<p>Cuando los reg\u00edmenes caen (o simplemente pierden su autoridad moral, esa legitimidad intangible sin la cual el poder desnudo es apenas sostenible), los monumentos no envejecen silenciosamente hacia la irrelevancia hist\u00f3rica. Se convierten en objetivos, en s\u00edmbolos que deben ser derribados para que algo nuevo pueda nacer. Su destrucci\u00f3n rara vez es accidental o meramente vand\u00e1lica. Es, en cambio, profundamente ritualizada: un acto pol\u00edtico que tambi\u00e9n es moral, pedag\u00f3gico, casi religioso en su solemnidad.<\/p>\n\n\n\n<p>El derribo de la estatua de&nbsp;<strong>Saddam Hussein<\/strong>&nbsp;en la plaza Firdos de Bagdad, en 2003, tuvo menos relevancia por sus implicaciones militares inmediatas, en un momento en que la guerra apenas comenzaba, que por su dimensi\u00f3n simb\u00f3lica. La imagen que durante a\u00f1os hab\u00eda impuesto sumisi\u00f3n fue arrastrada por las calles, pisoteada y p\u00fablicamente degradada ante la mirada de un mundo que observaba en tiempo real. Fue un gesto de justicia simb\u00f3lica que buscaba revertir d\u00e9cadas de terror.<\/p>\n\n\n\n<p>A lo largo de Europa del Este, tras el colapso del&nbsp;<a href=\"https:\/\/ethic.es\/2024\/11\/35-anos-de-la-caida-del-muro-de-berlin\/\">Muro de Berl\u00edn<\/a>&nbsp;en 1989, las estatuas de Stalin y Lenin fueron decapitadas con una furia que no era solo pol\u00edtica sino existencial, derribadas por multitudes que recuperaban el espacio p\u00fablico que les hab\u00eda sido confiscado. A veces con gr\u00faas, a veces con cuerdas y manos desnudas, fueron retiradas de plazas que hab\u00edan dominado durante d\u00e9cadas, dejando pedestales vac\u00edos que hablaban (en su silencio repentino) de liberaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p>Espa\u00f1a vivi\u00f3 (y vive) su propio ajuste de cuentas monumental, aunque m\u00e1s lento, m\u00e1s controvertido, m\u00e1s incompleto. Las estatuas ecuestres de Franco fueron removidas gradualmente de plazas p\u00fablicas en un proceso que tom\u00f3 d\u00e9cadas y que a\u00fan genera debate. El Valle de los Ca\u00eddos fue despojado de su carga hagiogr\u00e1fica franquista cuando, en 2019, los restos del dictador fueron exhumados y reubicados; un acto que dividi\u00f3 al pa\u00eds pero que era, para muchos, una cuesti\u00f3n de justicia hist\u00f3rica elemental. Los escudos fascistas fueron cincelados de edificios p\u00fablicos, aunque a veces se dejaron las marcas del cincel, cicatrices intencionales que recordaban lo que hab\u00eda sido borrado. El proceso fue lento, controvertido, siempre incompleto, pero inexorable. Incluso cuando la piedra permanec\u00eda, su significado fue contestado, reapropiado, vaciado de la autoridad que una vez reclam\u00f3 con tanta violencia.<\/p>\n\n\n\n<p>La&nbsp;<strong>antigua Roma<\/strong>&nbsp;formaliz\u00f3 este instinto moral a trav\u00e9s de la&nbsp;<em>damnatio memoriae<\/em>&nbsp;(literalmente, la condena de la memoria) el borrado sancionado por el Senado de emperadores desgraciados. Los rostros eran cincelados met\u00f3dicamente de las estatuas; los nombres raspados de las inscripciones p\u00fablicas; las monedas retiradas de circulaci\u00f3n. El objetivo no era olvidar (los romanos recordaban perfectamente bien, con toda precisi\u00f3n), sino reclamar autoridad sobre el significado, sobre c\u00f3mo ser\u00eda recordado el pasado. La memoria, como el poder mismo, pertenec\u00eda a los vivos, no a los muertos autodivinizados.<\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed emerge una dimensi\u00f3n \u00e9tica fundamental que el fil\u00f3sofo Paul Ricoeur explor\u00f3 en su obra sobre memoria e historia: no tenemos solo el derecho sino el deber de recordar honestamente, sin las distorsiones que el poder intenta imponer. Los monumentos, especialmente aquellos erigidos por los poderosos para s\u00ed mismos, representan una forma de memoria coercitiva; nos dicen c\u00f3mo debemos recordar, qu\u00e9 debemos admirar. Derribarlos no es borrar la historia sino liberarla, permitir que sea recordada sin la coacci\u00f3n del bronce y del m\u00e1rmol.<\/p>\n\n\n\n<p>La estatua de Trump tambi\u00e9n parece destinada a este arco hist\u00f3rico, a esta trayectoria moral. La pregunta no es si perdurar\u00e1 (pocas cosas humanas perduran en la forma que sus creadores imaginaron) sino c\u00f3mo caer\u00e1, por qu\u00e9 manos, bajo qu\u00e9 justificaci\u00f3n, y qui\u00e9n estar\u00e1 de pie, mirando el pedestal vac\u00edo, cuando finalmente lo haga.<\/p>\n\n\n\n<p>Fuente: <a href=\"https:\/\/ethic.es\/idolo-dorado-trump-etica-monumento\">https:\/\/ethic.es\/idolo-dorado-trump-etica-monumento<\/a><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>La autoridad verdaderamente estable no necesita anunciarse en oro. 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