Por Jesús Manuel Hernández

A siete semanas del proceso electoral más importante de México, según muchos especialistas, y en un escenario de fuerte desgaste de las instituciones y altibajos en la economía, el presidente López Obrador parece dar signos de reconciliación.

Mucho se ha escrito en los medios financieros nacionales y extranjeros sobre la separación, el alejamiento, del sector privado con el inquilino de Palacio Nacional.

Dos de los hombres con más poder de convocatoria empresarial se habían mantenido un tanto alejados, uno más que otro. Y los observadores han hecho repetidos señalamientos sobre la problemática de este alejamiento, de esta separación que ahuyenta a los inversionistas.

Confrontación con el INE y su titular, descalificación de sus decisiones, enojo por la bajada de candidatos de MORENA en Guerrero y Michoacán, activismo desgastante y polarizador que sirvieron de marco para cambiar la ley del outsourcing y la reforma a la Ley Orgánica del Poder Judicial de la Federación, ampliando en dos años la presidencia de Arturo Zaldívar y seis miembros de la Judicatura, una especie de maniobra de López Obrador para “cubrirse” la espalda.

Todo ello sumado a las repetidas críticas a los empresarios e inversionistas extranjeros, españoles principalmente, más la militarización de las fronteras para cumplir con el compromiso ante Joe Biden por aquello de las vacunas que llegan como “anillo al dedo” para tiempos electorales.

Pero López Obrador no ha tenido un acercamiento serio, que dé señales de buenas intenciones con los empresarios mexicanos.

Quizá por eso la divulgación de la fotografía en la cuenta de Twitter del presidente a un lado de Carlos Slim, sin duda uno de los dos más influyentes empresarios mexicanos.

Vestidos con panatlón oscuro, guayaberas de lino, huaraches para el presidente y mocasines para Slim, la foto en blanco y negro pudiera ser una pequeña señal del futuro inmediato.

Según el propio López Obrador desayunó con el ingeniero para revisar y comentar la construcción del tramo 2 del Tren Maya por una de las empresas de Slim, afectada por la cancelación del NAIM.

Es obvio que esos asuntos de construcción corresponderían más a los especialistas, a los técnicos, a los ingenieros que se hacen cargo de la obra, no a Carlos Slim.

Por tanto es válida la especulación de que realmente la reunión habría sido para tratar asuntos del país, enfrentamientos, aclaraciones y quizá una especie de tender puente de plata a los demás inversionistas.

Hay por ahí un agravio que no acaba de tener disculpas presidenciales, la confrontación con José Antonio Fernández, “El Diablo”, quien no deja de ser el empresario con más influencia entre sus pares en el norte del país.

Vaya dilema del presidente, cómo hacer para estar bien con Dios y con el Diablo, con la 4T y con los empresarios. Cómo reconciliar a los ofendidos.

Quizá Slim haya opinado en este desayuno en la quinta de Palenque, el refugio escogido por el presidente para el retiro, sobre cómo resolver la encrucijada de que, como suele decir, “no es lo mismo ser borracho que cantinero”.

O por lo menos, así me lo parece.

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