Por Jesús Manuel Hernández*

Una interesante charla surgió en el entorno de los amigos más jóvenes de Zalacaín, alguno de ellos había pasado una temporada de seis meses en Londres, otro acababa de llegar de Normandía donde estuvo casi un año, y el resto, acostumbraba viajar a Estados Unidos, quien menos, y los otros tenían familia en España.

La mezcla de pensamientos, preferencias, gustos, formaciones no sólo académicas, también en sus capacidades gustativas y sobre todo sus vivencias en torno al “comer”, permitían una charla ágil, salpicada de anécdotas.

Zalacaín quedó gratamente sorprendido pues los jóvenes, pese a la pandemia, tienen muy presente la incursión en la aventura gastronómica.

Apareció el concepto, londinense, del “foodie”, ese aprendiz, aficionado a la comida, alejado del concepto “melindroso” del pasado. El foodie es todo lo contrario.

Se trata de un término acuñado en 1984 precisamente para diferenciar al aficionado del profesional y su avance ha sido notable hasta convertirlo en un generador de opinión, una especie de periodismo de comida, sin ser precisamente un profesional.

El foodie viaja por comer, investiga, aprende de vinos, conoce de recetas, experimenta y sobre todo, asunto muy importante: rechaza la comida chatarra.

Uno de los chicos leyó en su dispositivo móvil una lista de condicionantes para ser considerado “foodie”, y dijo:

“Debes ser un apasionado de la comida, esto significa que estás dispuesto a comer y probarlo todo.

“Aprenderás a cocinar, es vital para todo foodie.

“Tendrás amigos que compartan tu misma pasión.

“Serás uno de los primeros en conocer los nuevos lugares de comida, food truck, eventos gastronómicos, tiendas de comestibles, coffee shop y mercados.

“Organizarás encuentros con amigos afines para cocinar y preparar nuevas recetas.

“Aprenderás a consumir productos locales y por supuesto, apreciarás el valor de las recetas hechas en casa con ese sabor auténtico que nos recuerda a las abuelas.

“Serás sociable, aprenderás a ser tecnológico y por encima de todo, jamás comerás algo sin antes compartirlo con tus seguidores de las redes sociales…”

Y ahí Zalacaín intervino. Ciertamente no es despreciable la aparición del foodie, por el contrario, estimula los nuevos escenarios de la gastronomía profesional, pero en el ánimo de la improvisación, aparecen los fake foodies, son quienes se acercan a los establecimientos para ser “convidados”, invitados por decirlo así, para probar la comida, lejos de ser financiada por el falso foodie, con la promesa de divulgar fotos y opiniones en sus redes sociales.

A partir de eso, decía el aventurero, un falso foodie es mas bien un “gorrón” una gente aprovechada de su fama pero con escaso conocimiento de la realidad respecto de la comida y la bebida.

¿O sea, preguntó otro joven, un foodie no es un gourmand?.

Por supuesto no lo es, no deja de ser importante, es un aventurero, quiere probarlo todo, pero no están sus experiencias en un punto muy fino: los gustos refinados en todo su entorno, ese es el “sibarita”, el individuo capaz de llevar a las nubes cualquiera de los comportamientos mundanos.

Y cuando ese sibarita, lo es en temas de comida y bebidas, modales de la mesa, historia de la comida, entonces puede llamársele un “gourmand”, un gourmet, alguien con un estilo de vida, con una actitud donde florecen y se mezclan muchos temas con un común denominador: el de la gastronomía.

Un gourmet desarrolla el gusto, identifica sabores, es de paladar exquisito, conoce la historia de los platos y por tanto puede opinar sobre su confección y sabe mezclarlos con las bebidas adecuadas.

El gourmand aprecia y define las sutilezas de las sensaciones del gusto, digamos, les dijo Zalacaín, es selectivo, no masivo, no masificado, por tanto rechazará siempre la comida chatarra, en eso quizá se parezca al “foodie”.

Uno de los chicos llegados de Madrid intervino: “para mí, eso de foodie, es más bien una moda londinenses, yo me quedo con el concepto iberoamericano, ‘comidista’”.

Y todos coincidieron en el tema, mejor llamar comidista y no foodie a quien ama la comida, experimenta, no es melindroso y rechaza los establecimientos de estrellas o reconocimientos internacionales, va a los sitios a comer.

Y Zalacaín relató aventuras en el entorno de aquellas vivencias de sibarita y cómo la pandemia le ha alejado de su práctica, pero esa, esa es otra historia.

www.losperiodistas.com.mx

YouTube: El Rincón de Zalacaín

*Autor de “Orígenes de la Cocina Poblana”  Ed. Planeta

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