Titulo Noticias
2019.08.11
Los hermanos Drácula: el empalador brutal y el chico guapo que le amargó la vida
Vlad, fue brutal e iracundo, mientras que Radu prefirió el colaboracionismo/ El Mundo
Los hermanos Drácula: el empalador brutal y el chico guapo que le amargó la vida
Autor: El Mundo
Radu el bello y Vlad Drácula.

LUIS ALEMANY

EL MUNDO

 

 

 

 

 

 

Las familias infelices también se parecen. Primero enferman de añoranza por un pasado idealizado que se perdió en el desamor o en el desclasamiento; después convierten esa añoranza en reproche y, luego, en autodestrucción. Entonces, unos hermanos son pragmáticos y escapan de la melancolía como pueden mientras que otros se atascan en su resentimiento y todos se aborrecen mutuamente, cada uno por su razón. Bueno: también hay hermanos que, en la adversidad, se unen como una piña. Son admirables, pero ésta no es su página.

 
 
 

Vlad Drácula, el verdadero Drácula que reinventó Bram Stoker, también tuvo su paraíso perdido, su cachito de nostalgia que se convirtió en cólera, igual que tuvo un hermano guapo y pragmático al que dirigir su frustración. Alguna aclaración sobre el nombre: Dracul, que significa dragón pero también diablo, fue el apodo que el padre de Vlad se ganó al entrar en la Orden del Dragón, una sociedad de gobernantes de toda Europa comprometidos en la defensa del cristianismo. El derivado "Drácula", empleado por Bram Stoker, no es una licencia: a Vlad hijo lo llamaban Draculae, el hijo del Dragón. A su hermano le tocó un alias mejor: Radu cel Frumos, Radu el bello.

 
 
 

¿Quién era esta gente? Vlad II había sido el príncipe de Valaquia, un estado tapón entre el Imperio Otomano y los reinos cristianos centroeuropeos: Hungría, Polonia, el Sacro Imperio Romano... Su territorio era la llanura del Danubio y, con menos certeza, las montañas de Transilvania, y su tiempo fue el de la caída de Bizancio y el apogeo otomano. Fue un guerrero exitoso pero los años lo obligaron al pragmatismo. Durante su reinado, Valaquia pactó primero con unos y luego con otros y a veces con todos a la vez.

En uno de esos compromisos llegó el drama que cambió las vidas de Vlad hijo y su hermano Radu. Su padre hubo de entregarlos a los otomanos como garantes de su lealtad según un protocolo por el que los rehenes recibirían la educación sofisticadísima de los hijos de los visires. Así, los turcos esperaban convertirlos en políticos aliados en el futuro. Por un lado, los chicos eran privilegiados; por el otro, eran criaturas permanentemente amenazadas de muerte. En el caso de Vlad y Radu, su futuro se volvió aún más frágil cuando Vlad padre y su medio hermano Mircea murieron quemados en una hoguera, víctimas de los húngaros.

 
 
 

Aquí es donde se separan sus caminos. De acuerdo con Dracula, Prince of many faces, la biografía de Radu Florescu y Raymond T. McNally (1989), Vlad se convirtió en un pupilo brutal e iracundo, mientras que Radu prefirió el colaboracionismo. Hablemos de Radu y de su apodo. Las crónicas lo describen como un joven apuesto y de rasgos finos que causaba turbación en el castillo de Egrigoz, su jaula de oro. Mehmed, heredero del sultanato, quiso hacerlo su amante. Radu se resistió al cortejo algún tiempo, no mucho, y se convirtió después en su peón. A su lado, Vlad, un moralista intolerante y patriota, dirigió a Radu su peor desprecio.

Aunque, en realidad, los otomanos también contaban con que Vlad fuera su chico. Por eso, lo liberaron en 1448 y lo equiparon para que recuperase el trono de Valaquia. No sabían la bestia a la que desataban.

 
 
 

Bestia militar y bestia política. La tesis más interesante de Florescu y McNally es que Vlad Drácula fue un líder radicalmente moderno, que actuó con la lógica de Maquiavelo medio siglo antes de tiempo. Incluso, su violencia enloquecida, por odiosa que nos parezca hoy, tenía un sentido pragmático. Drácula empezó por matar a sus primos, a los que los húngaros habían puesto en el trono de Valaquia;después fue a por los boyardos, la aristocracia que saboteaba su proyecto de estado centralizado y moderno y siguió por los comerciantes alemanes que vivían en Transilvania, los católicos, los gitanos, las mujeres adúlteras... Para todos tenía un motivo.

¿Qué le pasaba a Vlad? Según Florescu y McNally, Drácula mezclaba su brutal inteligencia política, la furia por sus agravios familiares y la cultura de la crueldad aprendida de los otomanos, que, entre otras cosas, le enseñaron eso de empalar a sus enemigos. Hablando de empalar: sus biógrafos dejan caer dos veces que la obsesión por las estacas indica que Vlad fue impotente, pero también recuerdan que tuvo tres hijos y reconocen que los estudios piscohistóricos son todos muy problemáticos.

Si algún lector es rumano, puede que proteste. En su país, Drácula es un héroe que logró victorias militares imposibles contra los húngaros y los otomanos. La campaña en la que derrotó a Mehmed, a base de terror y guerra biológica (enviaba a los apestados a infectar a los invasores) fue un milagro que duró poco. Era tan agotadora la tensión que Dracula impuso a sus súbditos que, al final, todos estaban deseando quitarse al héroe de encima. Mehmed, entonces, se acordó del guapo Radu y pactó su conquista del poder con húngaros, alemanes y boyardos.

Así que el pragmatismo pudo lo que no logró el Ejército Otomano. Drácula cayó y Radu reinó, aunque fuese brevemente. Murió de sífilis, mientras su hermano se resignaba a ser una especie de Napoleón en Santa Elena, lujosamente preso en Pest.

Sólo nos queda hablar del Drácula de Bram Stoker. Dos ideas sencillas: uno, Stoker nunca estuvo en Rumanía pero toda la información histórica y geográfica de su novela es correcta. Bravo por él. Y dos: Radu asoma por el libro en una referencia desdeñosa. Lo raro es que nadie haya tomado ese hilo para montarse otra novela.

 

 

 

Fuente: https://www.elmundo.es/cultura/literatura/2019/08/09/5d4c45acfc6c83ad458b4595.html

 
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