La Democracia (Partes III y IV)
2020-07-28
La Democracia (Partes III y IV)
La Democracia
(Partes III y IV)
 
 
 
 
 
 
Por Dr. Juan Pablo Aranda Vargas*
 
 
Que la democracia se caracterice por la disolución de los marcadores de certeza implica una revolución absoluta de la imaginación política. La derrota del pensamiento occidental, cuya mecha se prendió en los mismos hornos donde Hitler fundió su biologicismo radical (sangre, volk, raza) con los ideales de una Ilustración demasiado ingenua (el uso de la razón técnica como llave de progreso infinito), parió una razón pequeña, tremendamente tímida, espantadiza al primer indicio de una idea envalentonada. En lugar de la grandeza de las grandes gestas, o las soteriologías casi imposibles del cristianismo, la posmodernidad arrojó las Investigaciones de Wittgenstein como acta de defunción de Occidente.
 
La disolución de los marcadores de certeza se refiere, pues, al fin de todo parámetro claramente definido, de toda regla y proporción, de toda discriminación capaz de definir, en ética, entre lo bueno y lo malo; en estética, entre lo bello y lo feo; en política (siguiendo a Schmitt) entre el amigo y el enemigo público. La democracia emerge, así, como lugar de discusión, como espacio de la negación absoluta de cualquier intento de definitividad. La democracia, dice Claude Lefort, es aquel régimen político en el cual el lugar de poder—espacio necesariamente simbólico—está irremediablemente vacío.
 
La transmisión periódica del poder, el diálogo permanente, la condición del funcionario público como representante, quien nunca se hace con el poder, sino más bien el poder acaece en el lugar en el que él o ella se encuentran momentáneamente, todo ello no hace sino apuntar a la necesaria definición de la democracia como régimen histórico por excelencia. Porque, así como la definición de la persona humana termina siendo, en el existencialismo Sartreano, confinada a la suma del tiempo vivido por un ser humano—y por ende la respuesta sobre quién fue alguien no puede responderse sino hasta que dicha vida ha terminado—así la democracia como régimen histórico no es, estrictamente, nada aquí-ahora, sino solamente, con Bergson, algo expresado en términos de duración, en tanto proceso y devenir.
 
Ahora bien, si todo en la democracia es devenir—si la democracia encarna la prosa de Serrat: no hay camino, se hace camino al andar—la democracia corre el riesgo permanente de descarrilarse por sendas antidemocráticas. Pues, si todo no es más que un escurrir de argumentos y diálogos y palabras y decisiones intermitentes, entonces nada se opone a que el mecanismo, a fuerza de funcionar mecánicamente, termine por llenar el lugar de poder de una vez por todas, operándose el principio totalitario o, en la mayor de las veces, el autoritarismo populista, los cuales pretenden solidificar un principio (de clase, de raza, de nación, religioso, etc.) como piedra inamovible sobre la cual se funda el edificio social.
 
Contra esta tentación es que nació la doctrina de los derechos humanos; doctrina nacida en 1948 lo mismo que en el Concilio de Nicea. Pues la noción de “derecho humano” es ininteligible sin su fundamento metafísico, a saber, la idea de “persona”, que no puede comprenderse fuera de la tradición cristiana. La creencia—metafísica, trascendental, no falsable—de que el individuo posee una dignidad innata e inalienable sale del espacio judicial (al que, lamentablemente, se ha confinado la cultura de derechos) y se instala en la bisagra que divide el mundo humano de aquel donde habitan los seres celestiales.
 
Los derechos humanos, vistos à la Rorty, como meros acuerdos contingentes que nos resultan útiles a nosotros occidentales, caen inmediatamente por su evidente debilidad. Sólo un concepto robusto de derechos humanos fundado en la persona humana—“persona” deudora de la Persona-prosopon que ilumina el misterio de la Trinidad; persona como relación; persona, finalmente, como imago Dei, que viene a ser el reconocimiento de las estructuras antropológicas ser-para, ser-desde, ser-con—es capaz de mantener una dignidad no sujeta al capricho humano. A eso se refiere, en mi opinión, Joseph Ratzinger, cuando estima que el cristianismo es inseparable de la formación de occidente: la noción de la persona como piedra angular metafísica de la civilización occidental se vuelve inútil excarnada de la tradición que le dio vida.
 
La democracia se debate así entre la absoluta indeterminabilidad producida por la disolución de los marcadores de certeza y la presión centrípeta que tiende a poner la realidad social en la órbita de la persona humana, entendida no como individuo—cerrado, completo, autónomo—sino incompleta, deudora, en búsqueda. Así, parte y todo forman una armonía en la tensión entre libertad-responsabilidad, parte y todo, libertad entendida como sistema, como interrelación. La idea de “persona” no totaliza precisamente porque funge como agente antitotalizador, como fuerza que desactiva cualquier utopía que amenaza con inmanentizarse. Articula la irresoluble tensión entre el uno y su entorno, entre individualidad y comunidad, yo-y-tú.
 
¿Significa esto que debemos apostar por una restauración de la República Cristiana? Nada más alejado de la verdad. El reino no es de otro mundo. La auténtica vocación democrática implica la tensión entre ambos extremos: la democracia debe mantenerse vacía, de forma que ninguna idea ocupe, de manera permanente y definitiva, el lugar de poder, y por supuesto esto incluye al cristianismo, que no puede, sin violar su esencia, volver a ensayar el terriblemente fallido experimento de ser religión de Estado; por otro lado, lo anterior no implica que la democracia deba desconocer su linaje y tradición, esto es, dejar de reconocerse deudora del pensamiento griego y romano antiguos, del pensamiento (qua tradición y no como verdad revelada) judeocristiano, así como de la rica tradición de la modernidad y su Ilustración. Saber de dónde viene una idea no implica su entronización irreflexiva, pero sí implica reconocer, con Alasdair MacIntyre, que la pretensión de utilizar conceptos y categorías vaciándolos de su historia conceptual implica una especie de amnesia que vuelve su uso torpe y hasta irrisorio.
 
Es en la tensión, pues, de las fuerzas democráticas, de su irreverente rechazo a la autoridad y a las definiciones finales y absolutas, así como su respeto y deuda para con la noción de dignidad humana, que nos será posible reconstruir la democracia. Cualquiera que se coloque en el extremo, abrazando el radicalismo—lo que hoy día parece deporte nacional, si no mundial—terminará enquistado, desarrollándose más como enfermedad que como medicina. El cristiano, por su parte, está llamado a convertir sin imponer, recordando más bien el yugo suave y la ternura de un Dios que respeta al ser humano incluso al punto de dejar que se embelese con su propia estupidez: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (Ap 3:20).
 
* Todo pensar puede viciarse, con lo cual acaba devolviendo meras regurgitaciones. Esta columna descansará unos meses para entregarse al estudio. Agradezco a mis lectores.
 
*Dr. Juan Pablo Aranda Vargas.
Profesor Investigador
UPAEP
 
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