Gertrude Bell, un personaje excepcional
2020-07-26
Gertrude Bell, un personaje excepcional
Gertrude Bell,
un personaje excepcional
 
 
 
Por Dr. Herminio S. de la Barquera*
 
 
Estoy seguro que mis cuatro fieles y amables lectores, gente culta y preparada como pocas, habrán escuchado hablar del legendario Thomas Edward Lawrence (1888-1935), mejor conocido como “Lawrence de Arabia”, militar, escritor y arqueólogo inglés, célebre por sus aventuras en la Primera Guerra Mundial y uno de los responsables de haber organizado y movido a los árabes a rebelarse en contra de lo que quedaba del Imperio Otomano.
 
Héroe de novelas y películas, su figura ensombrece injustamente a otro protagonista de primer nivel en los sucesos ocurridos en el Medio Oriente durante los años de dicho conflicto y en la década siguiente. Esta protagonista fue Gertrude Margaret Lowthian Bell (1868-1926). Nacida igualmente en Inglaterra, Gertrude Bell perteneció a ese clan de viajeros y exploradores polifacéticos que igual escribían de historia y de arqueología, y que además de exploradores también eran alpinistas y escritores. Bell fue además asesora y consultora política y miembro importantísimo del servicio británico de inteligencia durante la Primera Guerra Mundial.
 
Debido al enorme conocimiento que fue acumulando a resultas de sus dilatados viajes por las más diversas regiones del Medio Oriente, Gertrude Bell jugó un papel esencial en el orden político instaurado después de la guerra. Ya en 1917 fue distinguida con la “Orden del Imperio Británico”, por sus servicios prestados al Reino Unido durante el conflicto armado; después de terminada la guerra, Bell fue una pieza indispensable en la fundación del actual Irak y en el trazo de las fronteras en la región. También en el ámbito cultural dejó sentir su presencia, pues fundó en 1926 el Museo Arqueológico de Bagdad, que cambió su nombre en 1966 por el que tiene hasta nuestros días: Museo Nacional de Irak. Este museo posee una enorme cantidad de riquezas impresionantes, sobre todo de la cultura mesopotámica, y fue vergonzosamente saqueado durante la Tercera Guerra del Golfo (2003).
 
Bell exploró las dilatadas tierras, muchas aún desconocidas para los occidentales, del desierto árabe y del actual Irak. Llegó a dichas regiones durante el cambio de siglo, antes de que, al estallar la Primera Guerra Mundial, el mundo árabe se convirtiera en un determinante asunto de interés para el Occidente, particularmente para Inglaterra, Francia y Alemania, lo cual se acentuó al terminar el conflicto y al derrumbarse el Imperio Otomano. Las imágenes de esta mujer pelirroja y de ojos verdes, viajando en el desierto en condiciones muy difíciles y peligrosas, en una cultura dominada totalmente por los hombres, en la que la mujer poco o nada tenía que decir, muestran la admiración que despertaba entre sus interlocutores, pues no solamente viajaba y exploraba, sino que llegó a dominar varios de los idiomas y dialectos que se hablaban en el desierto, por lo que la independencia con la que se movía era aún mayor.
 
Esta mujer era realmente impresionante, pues no solamente exploró arqueológicamente ruinas de iglesias bizantinas en Turquía, la ciudad hitita de Karkemish o la antiquísima ciudad de Palmira en Siria, sino que también fue una destacada alpinista. En efecto: en 1902 intentó conquistar la montaña Finsteraarhorn, una de las más elevadas y peligrosas de los Alpes (se trata de una de las más difíciles “cuatromiles”), por la cara noreste, infranqueable hasta entonces, que es la ruta más difícil de todas. Bajo condiciones penosísimas acampó en una saliente, afrontando todas las penurias con una flema muy británica. No logró por muy poco llegar a la cima, y dos años después, esa ruta sería por fin abierta por Gustav Hasler y Fritz Amatter. Por cierto: también escaló en las Montañas Rocosas.
 
Hija de un rico industrial, Gertrude Bell dio muestras, desde muy pequeña, de tener un carácter muy resuelto, por lo que emprendió una aventura que en aquella época era una rareza para las mujeres: estudiar en una universidad. A los veinte años de edad culminó sus estudios en Historia, con honores, en Oxford, pero como era mujer, no se pudo titular. De allí marchó a Teherán, en donde un tío suyo era diplomático ante el gobierno persa, y quedó fascinada desde el principio por el desierto, que nunca antes había visto. Pronto pudo hablar en persa y después también en árabe, y su carácter arrojado y decidido le ayudó a tratar a sus contrapartes en la región con toda soltura, despertando gran admiración. Los rudos beduinos la trataban como si fuera uno más de ellos y se referían a ella como “al-Khatun” (la reina). También se hablaba de ella como “la hija del desierto”, pues viajaba con su séquito, su fina vajilla de porcelana y su bañera. Todo un espectáculo en los desiertos del Oriente.
 
Durante la Gran Guerra, Lawrence de Arabia y Gertrude Bell actuaron como agentes secretos del Imperio británico, ayudando a librar los caminos hacia los campos petroleros árabes y a asegurar las rutas hacia la India. Esto les permitió a los ingleses asegurar un papel hegemónico en los años 20, sucediendo a los turcos en el Medio Oriente. Además, Bell ayudó a trazar las fronteras de muchos de los países de la zona, sobre todo de Irak. Esto se debió a que, después de la derrota del Imperio Otomano en la guerra, los enormes conocimientos geográficos y culturales de Bell ayudaron a Francia y a Inglaterra a asegurar un orden político en el explosivo Oriente, que ambos países se habían repartido.
 
Pronto se dieron cuenta ambos países que sería imposible para ellos mantener estas regiones, por lo que se decidieron a trazar fronteras que asegurasen, de algún modo, mantener algún grado de influencia en la extensa zona. Ya desde 1916, por medio de un pacto secreto, ambas naciones buscaron asegurar su influencia en la zona. Los términos de este acuerdo avergonzaron de tal manera a Lawrence, que, después de la guerra, cambió su nombre y desapareció de la escena política.
 
Gertrude Bell actuó de otra manera: aconsejó a su gobierno encumbrar a Faisal I como primer rey de Irak y, entre 1915 y 1929, jugó un papel decisivo en el trazo de las fronteras del Oriente, por lo que se puede afirmar, sin lugar a dudas, que Bell fue una de las mujeres más poderosas de su tiempo. En la Conferencia de El Cairo, Bell convenció al Ministro de las Colonias, Winston Churchil, de concederle a Irak y después a parte de Jordania una amplia autonomía. En donde parece que sí se equivocó (junto con Lawrence) fue en subestimar a los chiitas y solamente pactar con los sunitas y con los wahabitas, por lo que, al trazar las fronteras entre Irak, Jordania, Palestina, Siria y Arabia Saudí, colocó también las bases de muchos conflictos que siguen sacudiendo a la región.
 
Después de 1923, Bell dejó de ser importante para los ingleses, así que desapareció de la política internacional. Vivió en Bagdad, en donde, ya vimos, fue la fundadora principal del Museo Nacional. En Irak está considerada como una “madre fundadora” de dicho país. Después de una visita corta a Inglaterra, cayó en una profunda depresión al morir su hermano, víctima de tifo. Sola, pues nunca tuvo suerte con los hombres (una vez se enamoró de un jugador empedernido, y luego de un hombre casado que murió en la batalla de Gallipoli), se apartó cada vez más del mundo, además de que su estado físico de salud se deterioraba también. En la mañana del 12 de Julio de 1926, su mucama la encontró muerta en la cama; junto a ella, una botellita de tabletas para dormir, vacía.
 
Los restos de esta admirable mujer reposan en el cementerio anglicano de Bagdad, en su patria adoptiva.
 
*Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
UPAEP
 
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