El regreso del autoritarismo (2ª de dos partes)
2020-05-10
El regreso del autoritarismo (2ª de dos partes)
El regreso
del autoritarismo
(2ª de dos partes)
 
 
 
 
 
Por Dr. Herminio S. de la Barquera A.*
 
 
La semana pasada, en este mismo espacio, comenzamos a analizar las características que distinguen a los regímenes autoritarios, como el que padeció nuestro país durante buena parte de su vida postrevolucionaria. Para entender mejor estas características, nos valimos de la comparación con los regímenes totalitarios, como los que la historia conoció en la URSS o la Alemania nacionalsocialista. Uno de los rasgos más interesantes es el de la presencia, en los totalitarismos, de la llamada “ideología”, un sistema de pensamiento que pretende estar científicamente fundamentado y estructurado (aunque no siempre lo logre) y que se orienta, en sus fines, hacia adelante, hacia metas históricas de gran magnitud.
 
En el caso del autoritarismo, decimos siguiendo nuevamente a Linz, es más conveniente hablar de “mentalidades”, en lugar de “ideologías”. Una mentalidad, afirmaba Linz siguiendo las ideas de Theodor Geiger (un sociólogo alemán, contrario al nacionalsocialismo), es de espíritu “subjetivo”, mientras que las ideologías son de espíritu “objetivo”. Las ideologías son reflexiones, mientras que las mentalidades son predisposiciones psíquicas; las primeras están claramente delimitadas y codificadas, las segundas no. Las mentalidades son, por lo tanto, más pragmáticas en la orientación de las formulaciones políticas, por lo que se remiten a valores más generales y difusos como el patriotismo, el nacionalismo o el orden. Y mientras las ideologías ven hacia adelante y en función de esas metas futuras se organiza el aparato político, en las mentalidades es el pasado el que se cita y el que sirve de orientación y de inspiración.
 
A diferencia, por ejemplo, de las monarquías islámicas, los regímenes autoritarios no solamente se basan en formas de legitimidad tradicionales; tampoco se equiparan a las formas de dominación basadas en el carisma personal de un individuo, que aplican la violencia y la corrupción para favorecer al cabecilla, a su familia, a su grupo o sus “clientes”, cosa que se conoce como “sultanato” (como el caso de Somoza, en Nicaragua, por ejemplo).
 
La represión y el terror desde las instancias del Estado no son características exclusivas de los regímenes autoritarios y totalitarios, si bien estos últimos llegan a extremos más sangrientos y criminales. Como los regímenes autoritarios ven más hacia atrás y no vislumbran una gran meta histórica que alcanzar, tienden a ser menos represivos, pues generalmente se lanzan contra los que consideran que les pueden estorbar, pero no contra quienes puedan aparecer como “neutrales”.
 
Generalmente, los regímenes autoritarios emergen a partir de una crisis o del colapso de sistemas democráticos, o a partir de una transición fallida desde un sistema de dominación no democrático, o bien a partir de un periodo de desestabilización después de la liberación de un pueblo; también pueden surgir a partir de conflictos en sociedades multiétnicas.
 
Así que tenemos entonces tres dimensiones fundamentales en un régimen autoritario: un pluralismo acotado, una despolitización o participación política limitada, y la existencia de una mentalidad. Estos rasgos no se presentan siempre de la misma manera, por lo que podemos hablar de hasta 7 tipos diferentes de regímenes autoritarios. Un tipo, por ejemplo, es el de los regímenes burocrático-militares, como algunos de los que existieron en Sudamérica en los años 60 y 70 del siglo pasado. En ellos no había una movilización corporativa ni instituciones complejas como un partido político que ayude en el reclutamiento de las élites políticas y como canal de participación política. Este tipo de régimen autoritario es el más pragmático de los que conocemos. Casi siempre están dirigidos por militares sin carisma, con una mentalidad burocrática y militar muy pragmática. Generalmente surgen debido al fracaso de sistemas liberal-.democráticos, cuyo sistema de partidos no logró garantizar la estabilidad del gobierno.
 
El caso de México es diferente, pues sí poseía instituciones más complejas no solamente de reclutamiento de las élites políticas, como un partido hegemónico, sino que logró institucionalizar la transmisión del poder sin ningún contratiempo a partir de 1934 hasta que perdió la Presidencia de la República en el 2000. Además, pudo instaurar un sistema corporativo que le permitía ejercer un control más efectivo sobre amplios grupos de la población. Otra diferencia es que el grupo gobernante no estaba compuesto solamente de una pequeña camarilla, sino que logró consolidar a un partido político con presencia nacional para mantener el poder durante décadas.
 
Existían partidos políticos de oposición pero que nunca ganaban (o ganaban esporádicamente cargos menores, como presidencias municipales pequeñas y una que otra diputación). La mentalidad era fundamental: la vista orientada hacia el pasado, hacia los héroes y las hazañas (reales o supuestas) de ayer, la formación de la nación desde la cúpula del poder, la emoción y el sentimiento patrios cultivados desde símbolos impuestos desde arriba, etc.
 
Por eso encontramos aún hasta nuestros días elementos culturales de esas épocas: sindicatos que no promueven al trabajador, sino que lo controlan y que enriquecen a los líderes; partidos políticos con tendencias corporativistas y con pocas costumbres democráticas internas; un federalismo poco efectivo y muy centralizado; una cultura política poco proclive a la defensa de los valores democráticos; una sociedad civil a la que algunos gobernantes ven con desconfianza; un país que se ve el ombligo y que se interesa poco con lo que sucede en el escenario internacional (la llamada cultura política “parroquial”); y costumbres de orígenes fascistas (que se originaron en los años 20) y que ya están profundamente arraigadas en la cultura popular, como la de poner a marchar a los alumnos de las escuelas en las famosas “escoltas”, como se hacía en esos años en la Italia fascista, en la URSS o en las ceremonias nacionalsocialistas. En ningún país democrático de Occidente los alumnos en las escuelas hacen tal cosa, y no por eso son peores ciudadanos que aquí.
 
Un régimen democrático es, por el contrario, simplemente un tipo de régimen en donde los partidos pierden elecciones, es decir, ninguno puede garantizar que ganará siempre y, de hecho, pierden. Un régimen democrático se caracteriza por la participación y la pluralidad. Según esto, Cuba no puede ser catalogada como un régimen democrático, porque el Partido Comunista nunca pierde elecciones; además, si bien hay participación política, no hay pluralidad.
 
Cuando uno escucha hablar al Presidente López, parece que lo que añora es precisamente el México de esas épocas autoritarias, en donde se podía gobernar casi al antojo del gobernante en turno y sin la “molestia” de tener que estar lidiando con partidos de oposición, aunque pequeños, o con una prensa crítica. ¿Qué le dirá su asesor jurídico, Julio Scherer Ibarra, cuando López se lanza contra los periodistas, siendo que su propio padre, Julio Scherer García, fue una de las víctimas más sonadas de la represión contra la prensa de los años 70, ejercida por Echeverría? Y la intentona para controlar él, el Presidente, en sus imperiales manos, el Presupuesto de Egresos de la Federación, solamente está en una pausa, esperando por una mejor oportunidad, pues López sigue pensando que debe controlarlo, como ocurría en los buenos viejos tiempos del PRI.
 
Por lo tanto, la tarea para consolidar una democracia es ardua: no se trata solamente de organizar y llevar a cabo elecciones, sino que se trata, para empezar, de formar demócratas tanto en las élites políticas como en la población; se trata de defender los valores de la democracia, como el respeto a los que piensan diferente y las libertades civiles y políticas; tenemos que pasar de tener un pueblo a tener ciudadanos, es decir, debemos pasar de ser un pueblo de borregos que buscan al líder carismático y genial que salve al país, a convertirnos en ciudadanos responsables y corresponsables que sepamos cuáles son nuestras obligaciones que hay que cumplir y cuáles son los derechos que debemos defender. Y tenemos que pasar de la cultura de la opinión a la cultura del argumento. En todo esto, las universidades juegan un papel fundamental. Quiera el cielo que los que tenemos el privilegio y el honor de trabajar en una universidad estemos a la altura de los enormes retos que el país y el mundo enfrentan ahora. Nos encontramos en una trinchera excelente, que cumplió ayer 47 años de servicio, entrega y generosidad: la UPAEP. ¿Qué mejor lugar que este?
 
*Dr. Herminio S. de la Barquera A.
Decano de Ciencias Sociales
UPAEP
 
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