El irlandés: un uróboro
2019-12-05
El irlandés: un uróboro

 

 

 

El irlandés: un uróboro

 

 

 

 

Por Noé Ixbalanqué Bautista

 

A sus 77 años el maestro Scorsese no deja de sorprender. No solamente por consagrarse como cineasta al revelar uno de los secretos mejor guardados en la vida política norteamericana, sino porque con El irlandés (The Irishman, EU, 2019) se une al reto que algunos cineastas como Alfonso Cuarón le han hecho a la estructura mafiosa de Hollywood que controla la industria cinematográfica. Protagonizado por Robert De Niro al lado de Al Pacino y Joe Pesci, esta cinta es una delicia.

Basado en la novela de Charles Brandt llamada He escuchado que pintas casas (I Heard You Paint Houses) Scorsese nos narra la vida de Frank Sheeran (Robert De Niro), un camionero que a finales de la Segunda Guerra Mundial se convierte en uno de los hombres cercanos al poderoso líder sindical Jimmy Hoffa (Al Pacino) gracias a la intervención de Russell Bufalino (un espléndido Joe Pesci) pero también con ello forma parte de la mafia italoamericana que controla no solamente el sindicato, sino espacios importantes de la política norteamericana. En una atrevida revisión de cinco décadas en la vida de Sheeran conocemos los intestinos de las decisiones políticas de los gobiernos norteamericanos para favorecer los intereses de la mafia, y eso incluye que Sheeran se dedique a “pintar casas”, un eufemismo para nombrar al sicario que deja las paredes llenas de la sangre de sus víctimas.

Coherente con su propia obra donde plasma su universo criminal norteamericano tan lleno de claroscuros, Scorsese se erige en el cronista de la mafia italoamericana, cuya ontología parece ser el alma de la vida política de los Estados Unidos. Sus personajes se mueven de momentos de intrascendencia a momentos de brillantez hasta caer en las profundidades del fracaso humano. Personajes que se van templando en estos vaivenes para reconocerse en las situaciones que los crearon y que ellos mismos crearon, como si fuesen la serpiente uróboro, la que se devora su propia cola, símbolo del esfuerzo eterno, del esfuerzo inútil. Así, Frank Sheeran buscó una vida en el poder, y ese poder lo devoró. Jimmy Hoffa quiso controlar indefinidamente a “su” sindicato y fue el sindicato que lo controló a él hasta desparecerle. Russell Bufalino manejó vidas desde la mafia y fueron esas vidas perdidas las que lo redujeron a la nada.

Ayudado por la tecnología digital de rejuvenecimiento y envejecimiento, y por la espléndida cinefotografía del mexicano Rodrigo Prieto, Scorsese lleva a De Niro, Pacino y Pesci a mostrar su talento actoral sin aspavientos (especialmente Al Pacino) y en el caso de Joe Pesci con un espléndido trabajo minimalista que merece un premio.

Y esto es precisamente lo que caracteriza a Scorsese, su intensa e íntima relación con sus personajes y con sus actores, para ir más allá de situaciones y viñetas de acción. El cine de ficción, el narrativo, lo hace el personaje, no la situación. La situación del universo Scorsese es creada por el personaje ya sea como consecuencia o como causa, más allá de su propio destino. Así Sheeran, Hoffa y Bufalino, convertidos en personajes del universo Scorsese serán el uróboros devorando su propia cola. Tanto esfuerzo para tan poco, y sin embargo tan trascendente a pesar de ellos.

Eso queda claro cuando en el asilo para ancianos, el viejo Frank Sheeran muestra a su enfermera una vieja foto donde vemos a una de sus hijas de niña, “quién es el hombre que está con ella”, pregunta condescendientemente, “es Jimmy Hoffa”, responde Sheeran ante la ignorancia de la joven. Así, las generaciones cambian y con ello la historia, sus actos y su memoria. Frank Sheeran es ahora un simple viejo sin poder… y pensar que estuvo tan cerca del mismo poder. Hizo historia y la historia lo devoró, como un uróboro.

 

 
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